Selecciona Edición
Iniciar sesión
OPINIÓN

Disenso entrecruzado

Lo que se escenificó el miércoles son las inmensas fracturas de la sociedad española

Los diputados elegidos antes de Navidad se reúnen a las puertas de la primavera para representar su falta de entendimiento y dejar entrever que no habrá Gobierno hasta ya casi en el otoño. Como los malos estudiantes de antes, parece que han decidido dejarlo para septiembre. No importaría demasiado si nos encontráramos en situación de política normal; bajo las actuales condiciones europeas, mundiales y nacionales es un verdadero disparate.

Lo malo es que aquello que se escenificó el miércoles son las inmensas fracturas que dividen a la sociedad española y la falta de voluntad para suturarlas. Un país sin proyecto colectivo, rasgado por divisiones territoriales e ideológicas, y donde sus portavoces se esforzaron por acentuarlas con un inusitado deleite.

Puede que fuera puro narcisismo de partido o de sus líderes, pero la imagen que se transmitió en la terapia de grupo a la que asistimos es la de un país al borde de la bancarrota política. ¿Cómo vamos a proceder a un cambio constitucional cuando ni siquiera somos capaces de formar Gobierno?

Y, sin embargo, la cosa no era tan difícil. En definitiva, aquello que presentaron Sánchez y Rivera fue la creación de un espacio sobre el que poder tejer un acuerdo. Podría ampliarse o restringirse más por aquí o por allá, pero no cabe duda de que constituía el perímetro sobre el que trazar eso que Rawls llamaría un “consenso entrecruzado” (overlapping consensus). Aquel que alcanzarían grupos divididos por todo tipo de diferencias como la base a partir de la cual poder encauzar un proyecto en común. El filósofo lo pensaba como la condición necesaria para los fundamentos constitucionales; aquí lo podemos acercar a la formación de Gobierno. No es creíble que no haya una mayoría que no pueda alcanzar puntos de encuentro. Aunque sólo sea para apretar el botón de start.

Sin Gobierno no hay legislatura; o sea, vida política normal. Y sin esta es imposible imaginar una sensata solución de nuestros muchos problemas. Alguien deberá echarse a andar para activar la maquinaria. Tampoco hace falta entrar explícitamente en el consenso, basta con abstenerse. Si luego florecen los desacuerdos siempre se puede seguir negociando. Estamos condenados a hacerlo si el objetivo último es la reforma constitucional.

Ahora mismo los disensos operan como pura expresividad vacía, como extraordinario alimento para los tuiteros y columnistas; mas no como la política que importa, la que decide y transforma la realidad; la que no se regocija con la exhibición de los conflictos del pasado, sino que busca sumar voluntades para el futuro. Quedan dos meses, ¡una eternidad! Esperemos que el espectáculo del miércoles haya cumplido ya su función catártica de expresar las grandes diferencias que separan a los partidos y dé paso después al entrecruzado mágico que necesitamos.

Más información