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ANÁLISIS

Pablo cogió su megáfono

Iglesias tiene entre sus manos el porvenir de Sánchez y el de Rajoy

Pablo Iglesias este miércoles en el Congreso. PIERRE-PHILIPPE MARCOU AFP Atlas

No era arbitraria la indumentaria de Iglesias en la tribuna. Abjuró del traje de la casta en beneficio de una camisa ensabanada que parecía representar su virginidad y su pureza entre tantos depredadores ensangrentados. Por eso revistió su debut del proverbial adanismo. Iglesias reivindicaba el altar de la política a salvo del pecado original, razón suficiente para vincular al PP con el franquismo y al PSOE con las fosas de cal.

Más complicado resultaba encontrar al cándido Rivera un linaje diabólico, pero Iglesias resolvió el ardid atribuyéndole el papel de César Borgia en El príncipe de Maquiavelo. Y despojándolo, al mismo tiempo, de toda valentía y de coraje, una marioneta en manos del Ibex, un siervo del poder establecido. Pasaba revista Iglesias no como si estuviéramos en el Congreso, sino en la tribuna del juicio final, naturalmente porque la corrupción de los adversarios permitía al líder de Podemos recrear su papel inmaculado y mesiánico. Fue el motivo por el que se dejó en el perchero el disfraz de socialdemócrata danés. A cambio, se trajo el megáfono y recuperó su gloria mitinera, puño en alto, para delatar el sabotaje de las fuerzas ocultas. Oligarcas. Banqueros. Políticos despiadados. La troika. Los mercados. El capitalismo.

No fue tanto una transformación como una regresión, hasta el extremo de que Iglesias se erigió a sí mismo en portavoz y adalid del 15-M. Estuvo fuera del Congreso hace nada para acordonar a la casta. Y ahora está dentro, como artífice de una implosión benefactora que le impide apoyar la investidura de Pedro Sánchez. Y no tanto por beligerancia personal como porque al PSOE se le han caído dos siglas, “la S y la O”, explicaba Iglesias con vehemencia.

Ahora el objetivo es la P, disputarle a los socialistas la hegemonía de la izquierda. Iglesias recuperó su antigua hostilidad verbal y escénica para identificar a su enemigo con mayor precisión que nunca. Y no es Rajoy, sino Pedro Sánchez, cuya obstinación en la investidura pretende demostrar a Iglesias que renegar del cambio inminente significa prolongar la vida del líder popular, concederle la oportunidad de arraigarse en La Moncloa.

Es la paradoja de estas sesiones. Iglesias tiene entre sus manos el porvenir de Sánchez y el de Rajoy, aunque la estrategia incendiaria de esta sesión establece como argumento prioritario el sacrificio del líder socialista, más aún cuando el acuerdo preliminar con Ciudadanos le proporciona una coartada absoluta, sea por el modelo de Estado, sea por las discrepancias en política económica.

Pablo Iglesias, político mutante, ha recurrido a su imagen original. El tipo enfadado. El orador agresivo. El héroe libertario. El portavoz de los desfavorecidos. Parecía haber emprendido un proceso de normalización y de ortodoxia, llegándose a poner una corbata roja y construyéndose una imagen afable, sonriente, pero el púlpito del Congreso ha debido parecerle la proa del barco de Ulises oteando, mordiendo, la orilla de Ítaca.

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