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La ‘quinta de Casado’ pide paso

Las nuevas caras del PP estallan hartas de la corrupción y rompen con lo peor del pasado

De izquierda a derecha, las caras nuevas del PP, Casado, Levy, Maroto y Martínez-Maillo, pelean por un micrófono con Moragas y Arenas en la conferencia política del partido de julio de 2015.

Reapareció la histórica exalcaldesa tras más de un mes escondida y Rita Barberá enumeró su lista de amigos y fieles en el PP y sentenció toda una ruptura generacional pendiente. Luego, además, reclamó a los jóvenes y nuevos vicesecretarios mediáticos el “sosiego, tranquilidad y templanza” que ella había mostrado ante otros casos polémicos. Es decir, lo que se hacía antes. Pero va a ser que no. Las nuevas caras y voces del PP se sienten asqueados y achicharrados por la corrupción de dirigentes a los que les cuesta llamar compañeros. No tienen las ataduras históricas de Mariano Rajoy, al que se muestran leales, pero piensan en su futuro y en salvar al PP.

Cuando Pablo Casado (35 años), Andrea Levy (31), Javier Maroto (44) y hasta Fernando Martínez Maillo (46), cuatro de los actuales cinco vicesecretarios nacionales del PP, acuden a muchos medios de comunicación en su maratón de citas televisivas y radiofónicas para inculcar algún mensaje de su partido se sienten normalmente acosados solo por preguntas sobre corrupción. Desde que Casado fue nominado portavoz oficial en junio del año pasado ha comparecido 20 veces para justificar argumentos imposibles ante distintos escándalos sobre dirigentes del PP que en muchos casos ni conocía.

Durante muchos de estos meses, los nuevos portavoces del PP cumplieron sus funciones sin rechistar. Sabían para qué les habían nombrado. Terminaban la reunión semanal con Rajoy y la cúpula del partido de los lunes, escuchaban las estrategias, compartían o proponían actos de la llamada agenda social del PP y Casado le preguntaba de manera más retórica que real a la secretaria general, Dolores de Cospedal, si quería salir ante la prensa. Era más una deferencia que un ofrecimiento

El papel de Cospedal

Cospedal, que es la teórica número dos del PP desde 2008, ofreció dos ruedas de prensa en la sede central del partido en todo 2015. Cuando Rajoy hizo la reestructuración en junio pasado, tras el fracaso de las elecciones autonómicas y municipales, Cospedal hizo una ronda de reuniones con los nuevos dirigentes nombrados en el siguiente escalón de mando y ya está. Con el que mantiene encuentros más periódicos es con el vicesecretario de Organización, Fernando Martínez Maillo, el número tres y encargado de gestionar todos los marrones internos.

Maillo se ha convertido así en el que hace la llamada a la histórica Celia Villalobos para intentar que renuncie a ir en las listas, sin éxito, o el que elimina a la atleta Marta Domínguez de la candidatura de Madrid ante las acusaciones de dopaje e improvisa sustituta en horas.

Maillo fue el que acudió el pasado 22 de enero a una junta directiva regional del partido en Madrid, en la que también estuvo Levy, y en la que se les informó de que el número dos de Aguirre, Ignacio González, no estaba porque se encontraba de viaje en el extranjero. González había entregado una semana antes a Aguirre su dimisión, que entró en el registro del PP en vísperas de esa cita. La dirección nacional no se enteró de esa renuncia hasta un mes después cuando Aguirre lo reveló en público tras su dimisión. No sucedió nada. Los propios vicesecretarios admiten que ese desaire sería impensable en la época de anteriores secretarios generales como Francisco Álvarez Cascos.

Pero ni Maillo ni Casado ni Maroto ni Levy pueden ni quieren apechugar con casos tan duros y difíciles como los de las rebeldes Esperanza Aguirre (64) o Rita Barberá (67). No se sienten ni con la autoridad ni con la proximidad para hacerlo. Ni lo intentan. Los problemas de esa quinta quedan para Rajoy, al que tanto Aguirre como Barberá han calificado estos días como su “amigo Mariano” entre otras razones porque llevan compartiendo militancia, victorias y derrotas casi 30 años.

Mariano Rajoy (60) tiene una peculiar deuda personal, moral, política y sentimental con ese tipo de figuras históricas del PP. Porque se siente una de ellas y porque siempre le ha costado un mundo prescindir de colaboradores y amigos con los que ha compartido décadas. Comprende que ese tipo de condescendencias le ha perjudicado enormemente, por ejemplo, en el caso Bárcenas por su relación especial con Ana Mato, afectada por la implicación de su exmarido, Jesús Sepúlveda, y con el extesorero, Luis Bárcenas, con los que quedaba a cenar en encuentros muy reducidos.

Los nuevos portavoces populares no se sienten herederos de esas lealtades. Cuando el vaso de su aguante con la corrupción desbordó, Maroto, Levy y Casado se sucedieron públicamente a pedir una “purga” interna cayera quien cayera. Se confesaron abochornados y aseguraron incluso que no se sentían representados por esos supuestos compañeros. Reclamaron a través de los medios a Aguirre y Barberá que dieran explicaciones. Y les recomendaron que se apartaran para mayor comodidad del partido. Pero no las llamaron directamente. Eso lo hizo Rajoy, que les mostró comprensión y escuchó sus declaraciones de inocencia.

Estrategia del doble juego

Ese doble juego es una estrategia perfectamente calculada y planificada. Desde el entorno de Rajoy más próximo se les ha hecho llegar por teléfono y en comidas privadas a los impulsivos vicesecretarios que el líder les entiende y hasta les anima a seguir su batalla en las televisiones, las tertulias y las ruedas de prensa, incluso con sus fuertes desmarques hacia los dirigentes más históricos. Solo les ha pedido “no herir los sentimientos de esas personas”. Duros y tajantes, pero con control sobre todo de determinadas expresiones.

El lunes pasado, tras varias semanas ausente por el postoperatorio de un problema nasal, reapareció en la sala de prensa del PP el portavoz oficial Pablo Casado tras otro comité ejecutivo sin ningún debate. La reunión de la cúpula apenas duró 50 minutos y la rueda de prensa una hora. Las preguntas sobre corrupción no cesaron. Casado estalló y se sinceró hastiado, un punto impotente, como si su labor no sirviera de nada. Hubo un momento en el que llegó a confesar que se sentía “directamente perjudicado”. No le hizo falta explicar de qué.