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El ‘annus horribilis’ de Rita Barberá

El ‘caloret’ marcó el inicio de la decadencia política de la exalcaldesa de Valencia

Rita Barberá, durante la rueda de prensa de su último pleno como alcaldesa el pasado 10 de junio. José Jordán / EL PAÍS VÍDEO

A finales de invierno de 2014 Rita Barberá era todavía el tótem del PP valenciano, aunque en el universo de la alcaldesa de Valencia avanzaban las fisuras. En las urnas ya había señales de agotamiento de la que había sido desde 1995, tras su primer mandato con Unión Valenciana, la imbatible máquina electoral del partido en Valencia y la locomotora que tiraba de otros candidatos como Eduardo Zaplana y Francisco Camps.

Su relación con Mariano Rajoy tampoco pasaba por el mejor momento. Era la matriarca de un partido que supuraba casos de corrupción en todas las Administraciones y había forcejeado con Rajoy para mantener a toda costa en el Palau de la Generalitat a su ahijado Camps, asediado por el caso Gürtel. Como consecuencia, a diferencia de lo que ocurrió con Zaplana y Camps, había dejado de ser decisiva en la designación de Alberto Fabra como líder del partido. Pero, aun así, era la figura más sólida del PP en la Comunidad Valenciana.

La Jefa, como se la conoce en el PP, retenía el mito que le atribuía su partido de “alcaldesa de España”, forjado en su ascendencia sobre los presupuestos de una Generalitat que le pagaba la fiesta del desarrollo urbanístico de Valencia y los hitos que la siluetean, así como su habilidad para acaparar logros de la Administración central como propios.

Pero el 23 de febrero de 2015 se tambaleó su leyenda. El acto de la Crida, que anuncia el inicio de la fiesta de las Fallas, siempre había sido para Barberá un escenario propicio, una prolongación del balcón peronista del Ayuntamiento. Sin embargo, esa tarde en las Torres de Serranos, con un discurso inconexo, suspicazmente eufórico y plagado de tropezones lingüísticos en castellano y en valenciano, la alcaldesa naufragó en su propio jugo. Y donde más le dolía: ante el mundo fallero, que había sido su principal sustento.

El episodio del caloret abrió la veda contra Barberá. Ese día empezó la cuenta atrás de su fin. Las redes sociales achicharraron su cartel como una falla en la noche de San José. Aunque pidió perdón al día siguiente, quedó sepultada ante una avalancha de críticas en toda España, no solo políticas, sino cívicas y universitarias. El caloret catalizó malhumores ciudadanos en Valencia, mientras de debajo del glamur de los eventos la crisis afloraba la mugre de las calles de los barrios, el abandono de los jardines y los socavones en el asfalto.

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Rita Barberá, vista por Sciammarella.

Para Barberá se había complicado todo. Las expectativas electorales no le aseguraban la alcaldía y ni siquiera la Generalitat, asfixiada financieramente, podía pagarle la traca final de su mandato. Ante esa expectativa, la mejor salida era no repetir como candidata y cerrar un período de 24 años de inauguraciones y esplendentes mayorías absolutas. Así podía mantener la vitola de animal político invencible.

Sin embargo, Rajoy la requirió para que volviera a encabezar la candidatura al Ayuntamiento de Valencia por séptima vez. Ante el desmoronamiento del partido, en metástasis judicial por los escándalos de corrupción, su presencia en la lista municipal podía amortiguar el hundimiento más que ningún otro candidato.

Barberá aceptó a regañadientes, relatan fuentes del PP. Solo estaba dispuesta a repetir en el caso de que el Gobierno hubiese aprobado una ley de reforma electoral que garantizase la alcaldía al partido que obtuviera el 40% de los votos. Así podía edulcorar su caída y sumar otro mandato en su palmarés de alcaldesa perdurable. Urgió con tanta insistencia al Gobierno para que impulsara la reforma que en Génova, según estas mismas fuentes, tuvieron que pararle los pies: “No te preocupes, Rita, que en Valencia no llegamos ni al 40% de los votos”. Cuando constató que no podía evitarlo, a menos que dejara el partido, recurrió al coraje: “Yo me podía haber ido por la puerta grande, pero no soy una rata que sale huyendo”, alegó en un foro.

Pero sus problemas iban en aumento. En abril de 2015, un mes antes de las elecciones, Compromís presentó la web llamada Ritaleaks, en la que se publicaron cientos de documentos con gastos de difícil justificación del Ayuntamiento de Valencia en años de crisis. Se trataba de viajes, comidas y diferentes actos de representación, algunos de los cuales estaban atribuidos a la alcaldesa.

Barberá había conseguido hasta ese momento mantenerse en la periferia de la mayoría de casos de corrupción, mientras su vicealcalde, Alfonso Grau, tuvo que dimitir a principios de año a causa de su imputación en el caso Nóos por decisiones que difícilmente se podían tomar sin el consentimiento de la alcaldesa.

El caso Imelsa estalló en vísperas electorales con la filtración de las conversaciones grabadas por el exgerente de esta empresa pública, Marcos Benavent. Salpicada por el caso, la exconcejal de Cultura y todavía asesora de Barberá, María José Alcón, tuvo que renunciar a ir en la lista. Las conversaciones de Alcón, esposa de Grau, revelaban favores políticos a un sobrino de la alcaldesa, Quique Sospedra Barberá, vinculado a empresas con las que el Ayuntamiento de Valencia contrató servicios de azafatas en eventos municipales.

El 24 de mayo Barberá perdió en las urnas la mitad de los votos que tenía y obtuvo 10 concejales, uno más que Compromís. Era su acta de defunción como alcaldesa. Su mito se había derrumbado. Mandó a sus representantes legales a recoger el acta de concejal, pero renunció a ella un día antes de la constitución de la nueva Corporación. “Hemos hecho importante a Valencia. La hemos puesto en el mapa”, proclamó en su despedida. Dos meses después, pese a que había dicho que “ni se le pasaba por la cabeza” la idea de optar a una plaza en el Senado, dimitió de diputada en las Cortes Valencianas y se convirtió en senadora territorial.

Alejada del foco mediático, su relativo paréntesis de tranquilidad duraría poco. A finales de enero de 2016 el juez instructor de Imelsa imputó a nueve de los 10 concejales de la lista de Barberá y a personas de su círculo de confianza en el marco de la Operación Taula, que investiga la presunta trama de financiación ilegal y blanqueo. Fuentes del caso apuntan que ella no fue detenida ni imputada por su condición aforada ante el Tribunal Supremo por el cargo de senadora, del que no puede ser destituida a menos que se disuelvan las Cortes Valencianas. Pero el juez ya ha dado el paso preceptivo para su imputación a través del Supremo.

Ahora, la alcaldesa que quiso convertir Valencia en un caladero de yates de lujo y una pista de bólidos como Mónaco, la que quiso empequeñecer al Marqués de Campo, (el alcalde que llevó el agua potable a Valencia y adoquinó sus calles), se esconde en su casa sitiada por las consecuencias del sistema que le sirvió de pedestal. Incluso Grau, el hombre que tuvo toda su confianza, empieza a señalarla, mientras ella recela de lo que pueda hacer la organización sobre la que ha reinado y manda whatsapps con advertencias: “Cuidado con lo que decís”.

Barberá se ha convertido en un lastre demasiado pesado para el PP. El portavoz Pablo Casado acaba de pedirle que reflexione si "aporta algo" al partido al que pertenece porque, en caso contrario "hay vida fuera de la política". Su lápida política está esculpida, solo le falta el pulido judicial.

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