El encanto de Colman, el ‘emperador’ de Vitaldent

El presidente de la red de clínicas dentales se iba ganando la confianza de los franquiciados hasta proponerles los pagos en b, que alcanzaron los 17,5 millones al año

Eran las ocho de la mañana del pasado miércoles cuando la policía llamó a la puerta de la mansión de Ernesto Colman en Pozuelo de Alarcón (Madrid). Abrió el personal de servicio y él recibió a los agentes en el vestíbulo ya como un pincel, en traje, listo para salir de casa. Mientras le informaban de la retahíla de acusaciones que se le imputaban (organización criminal, delitos fiscales, blanqueo de capitales, estafa, falsedad documental...), Colman permanecía tranquilo, colaborador e impasible, en una especie de choque apacible.

Su mujer, la asturiana Macarena Ibáñez, de 34 años, caminaba alrededor de la escena con su hija recién nacida, como si la cosa no fuera con ella. El secretario judicial sacó la orden de registro y los agentes comenzaron a buscar pruebas por la casa. En una caja fuerte, encontraron 400.000 euros y una colección de relojes de lujo, pero eso no era nada al lado de la fortuna que había llegado a amasar: más de 120 fincas urbanas y viviendas de lujo, un pueblo entero abandonado en el Valle de Arán, una empresa de alquiler de aeronaves, negocios de caballos purasangre, 36 coches de alta gama... A lo largo de los años este protésico dental uruguayo de 55, que llegó a Madrid a finales de los ochenta con mil dólares en el bolsillo, construyó un imperio dental llamado Vitaldent cimentado sobre grandes cantidades de dinero negro.

Un empresa en venta con muchos pufos

Justo cuando la marca, con 450 clínicas en España y Europa, iba a cumplir 25 años y Colman planeaba venderla con todos sus pufos dentro —según fuentes de la investigación—, los agentes de la Brigada Central de Blanqueo de Capitales, la que ha destapado los principales casos de corrupción —incluido Gürtel—, hacían caer su lucrativo castillo de naipes empresarial, “antes de que sus marrones se los comieran otros”. Colman y su círculo de confianza estaban hundidos de la noche a la mañana.

De los 13 detenidos aquel día, la juez mandó a seis a prisión. Se trata del propio Colman, de su mano derecha, el italiano Bartolomé Conte, responsable de la expansión en Italia; de su abogado y testaferro Nicolás Sissini, un argentino a cuyo nombre ponían las sociedades patrimoniales con las que lavaba el dinero, según el auto. También ha ingresado en la cárcel la que comenzó siendo su secretaria, Yolanda Copete, y terminó como directora de la marca y como persona de su total y máxima confianza. Una especie de “chica para todo” de 37 años, según fuentes de la investigación. Por último, la juez puso entre rejas a los hermanos Javier y Oscar Arteaga, que comenzaron como franquiciados y terminaron copiando el modelo de Colman con 22 clínicas Vitaldent en su poder.

Si algo caracteriza a Colman, un hombre hecho a sí mismo, es “su capacidad de persuasión, su don de gentes, su arrolladora inteligencia emocional”, aseguran fuentes del caso. Esa es la clave de su éxito, su encanto. “Se ganaba a la gente y cuando lograba su confianza les proponía los pagos en negro, por eso no son todas las clínicas las afectadas, algunos no entraron por el aro y denunciaron”, explican fuentes del caso. Los que sí lo hicieron se descontaban el IVA (21%) de esa parte de las ganancias y Colman se embolsaba el dinero directamente.

Manifestación de odontólogos

P.O.D.

Un grupo de odontólogos de Vitaldent defendió ayer su “profesionalidad” y la calidad de su servicio con una concentración convocada en una de las sedes de la cadena en Madrid.

“Somos colegiados como el resto. Tenemos la misma formación”, sostienen. Y aseguran que Vitaldent les salvó de la crisis cuando peligraba la continuidad de su carrera profesional ante la imposibilidad de montar sus propias clínicas.

Las leoninas exigencias del canon que establecía en los contratos con los franquiciados llevaron a algunos a denunciarle: “En plena crisis, les terminó asfixiando”, aseguran fuentes de la investigación. Les cobraba en b el 10% de lo facturado. A los de sus propias clínicas, en cambio, una cantidad fija de 10.000 euros. Sus fieles se turnaban para recoger las remesas de dinero. Inicialmente lo almacenó en cajas de seguridad de bancos y, posteriormente, comenzó a enviarlo a Holanda, con facturaciones falsas en empresas de ese país donde la legislación fiscal es más laxa. Y desde allí a cuentas suizas y luxemburguesas.

Llegó a obtener 17,5 millones de euros al año en b, que reinvertía en España mediante empresas patrimoniales y la adquisición de bienes inmuebles. Siempre con una perfecta sonrisa.