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ANÁLISIS

Pedro Sánchez, el ‘formateur’

Dudo que fuera la previsión constitucional, pero por la vía de los hechos Pedro Sánchez queda asimilado a una figura propia de otras monarquías constitucionales como Bélgica o Países Bajos

La decisión de Felipe VI de proponer como candidato a Pedro Sánchez ha puesto fin a la situación de aparente vacío legal en la que nos encontrábamos. Sin embargo, hay que recordar que la propuesta del Rey se trata de un acto tasado y refrendado por el Presidente del Congreso. No estamos en una república semipresidencial como Portugal y no hay ninguna previsión por la que la iniciativa política corresponda a la fuerza más votada. Si en la ronda de contactos anterior Pedro Sánchez hubiera dicho al monarca que disponía de suficientes apoyos, sin duda habría recibido el mandato en primer lugar.

La parálisis de estas semanas ha tenido que ver con el cálculo político de los dos principales partidos. De un lado, por la sorprendente renuncia del candidato popular a intentar formar gobierno, cambiando de opinión en apenas 24 horas, y ahorrándose una derrota parlamentaria segura. Del otro lado, por la decisión del candidato socialista de no tomar la iniciativa hasta el fracaso de Rajoy, intentando ganar tiempo para cohesionar su partido y tender puentes con otras formaciones.

La ausencia de negociaciones previas ha puesto al Rey en una situación incómoda, ya que ningún candidato tiene armada una mayoría parlamentaria. De facto, el Monarca ha designado a un formateur (formador), un candidato que debe intentar obtener los apoyos necesarios en la Cámara para ser investido. Dudo que fuera la previsión constitucional, pero por la vía de los hechos Pedro Sánchez queda asimilado a una figura propia de otras monarquías constitucionales como Bélgica o Países Bajos.

En todo caso, por fin se permitirá que un candidato pueda someterse a una investidura, activando el temporizador de dos meses hacia unas nuevas elecciones. Ya no hay excusa para que los socialistas afronten de manera transparente la discusión sobre la forma de gobierno que proponen, con quién y para qué. Ahora comienza el análisis sobre los objetivos que tienen los partidos (compromiso entre obtener cargos y sus intereses programáticos), qué implicaciones a futuro tienen los diferentes acuerdos (tanto a nivel de votantes como de organización) o qué suponen en otros niveles de gobierno (como autonomías o municipios).

Eso sí, merece la pena recordar que la formación de Gobiernos en un sistema parlamentario no es un proceso automático y se debe tener paciencia. Es incompatible que haya Gobierno rápido, fácil cuando hay mayorías absolutas, con que haya un entorno fragmentado y plural, que requiere negociaciones complejas. También lo es querer que los programas sean contratos vinculantes, luego de obligado cumplimiento, con que los partidos lleguen a acuerdos, que se basan en renuncias mutuas. Por ello conviene no tener prisa y tomárselo con filosofía. Las semanas que se vienen serán intensas.

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