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Primero yo, después, nadie

Mariano Rajoy se coloca como líder único e indispensable mientras Sánchez apura sus negociaciones con las manos atadas

El reloj no se ha movido. Permanece congelado en la medianoche del 20 de diciembre de 2015, pero resulta que Pedro Sánchez dispone de más opciones de echarlo a andar que Mariano Rajoy. Partiendo, tic, tac, de una paradoja: el líder socialista, aun frágil, ha sobrevivido al sabotaje de su partido, mientras que Rajoy no parece haber sobrevivido a la sumisión ni a la adulación del suyo, de forma que el PP va camino de consumar una tragedia endogámica en homenaje a los davidianos.

Tan ensimismado está Rajoy en la admiración de su propia estatura que no acepta otro partido que el suyo como timonel del Gobierno ni otro candidato diferente a él mismo como presidente, posiciones dogmáticas que exageran el alcance -precario- de su victoria y que emulan la arrogancia decimonónica del Guerra: primero yo, después nadie, proclamaba el torero cordobés.

Y lo ha proclamado Rajoy en la Moncloa, extasiado en la política contemplativa, esperando desde la barrera la carbonización de Pedro Sánchez. Confiaba en que iban a sepultarlo las palabras abrahámicas de Felipe González, incluso que las voces de ultratumba de Corcuera o de Solchaga avivaran los rescoldos de la pira como si estuvieran amañando un akelarre.

El problema de Pedro Sánchez no consiste en virar la nave hacia la derecha -Ciudadanos carece agua para mantenerlo a flote- o de hacerlo a la izquierda, donde Iglesias emula el canto estrangulado de las sirenas. El problema lo tiene en su espalda y en las condiciones leoninas que le han impuesto el fin de semana. No sólo porque le han colocado un temporizador que estalla el 8 de mayo abriendo en canal la cuestión sucesoria. Además porque le han urgido a subordinar la meta de la presidencia a un ejercicio de esquizofrenia política: ni Podemos, ni los nacionalistas, ni Rajoy, ni el PP.

Le corresponde ahora a Sánchez emular al gran Houdini, transformar la tentativa de investidura en un ejercicio de escapismo. Porque lo han encadenado dentro de una urna de agua. Y le han escondido la llave. Su ventaja radica en que ocupa el escenario y en que Mariano Rajoy se ha convertido, de repente, en el líder de la oposición, un espectador atolondrado, incluso constreñido a aceptar que Sánchez el “ruiz”, el miserable, el indecente haya recibido la unción del rey de España para evacuarlo de la Moncloa.

Que pueda conseguirlo representa un enigma proporcional a la inminencia de unas elecciones anticipadas, pero la trayectoria de Sánchez en su determinación, en su obstinación, en su diletantismo, desconcierta y admira hasta a los propios adversarios, casi todos ellos alojados en su partido. Descartaron que llegara a la secretaría general. Renegaron de su papel de candidato. Y les resulta inconcebible, en esta lógica progresivo- contradictoria, que se convierta en el presidente del Gobierno. O que lo haga sometiendo los pactos al criterio plebiscitario de la militancia.

Es el argumento que ha ideado Sánchez para legitimarse. Para deslucir la autoridad de las viejas glorias. Y para sobrevivir al reloj de arena con que quieren sepultarlo, naturalmente mientras Mariano Rajoy, incrédulo con su propia agonía, musita “Rosebud, Rosebud” y trata de sustraerse con ingenuidad a la avalancha de corrupción que se ha precipitado en Valencia. No es una sorpresa ni una novedad esta resaca cultural del 3%, pero ha adquirido oportunidad y oportunismo, hasta el extremo de aparecérsele al presidente del Gobierno el epitafio de Luis Bárcenas: Mariano, sé fuerte.

No se ha dado por aludido Rajoy. Dijo en la Moncloa que no es candidato y que lo es al mismo tiempo. Que carece de los números para la gran coalición y que sí espera reunirlos. Persevera así en su posición no ya política sino biológica del inmovilismo y de la especulación, esperando que se le aparezcan unas elecciones anticipadas.

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