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Cuando llamar es rebelarse

El servicio telefónico del 016 asesora cada día a más de 200 víctimas de violencia de género

Cada seis minutos de media un teléfono suena en la sala del 016 y dos desconocidas hablan de algo tan íntimo como el dolor, el miedo o el futuro. También de cómo enfrentarse a ello. Sobre todo de cómo enfrentarse a ello. Los seis minutos no siempre son seis, a veces son cuatro y otras ocho. De madrugada, cuando la mayoría de víctimas y verdugos duermen —una minoría tampoco respeta ese momento— , incluso pasa más tiempo entre llamada y llamada, pero al abrir los ojos la necesidad de dejar atrás una vida de malos tratos vuelve a emerger: las 81.992 consultas que ha registrado en 2015 el 016, el servicio de atención telefónica contra la violencia de género, han supuesto un récord desde que empezó a funcionar en 2007 y un aumento del 19,4% respecto al año anterior. En 2015 fueron asesinadas por sus parejas 57 mujeres.

Entre las cuatro paredes del 016 la conversación adquiere tono de confesionario. Todo lo que se habla es anónimo y confidencial. La llamada es gratuita, no deja rastro en la factura telefónica y la hora, la nacionalidad o la discapacidad auditiva no son un problema: hay servicio 24 horas al día, traducción a 52 idiomas y una plataforma de videointerpretación en lengua de signos. El tramo horario con más llamadas transcurre entre las diez de la mañana y la una de la tarde, y el de menos entre las tres y las seis de la madrugada.

Los cristales no dejan ver desde fuera la actividad que dentro desarrollan trabajadoras sociales, psicólogas y abogadas. Dos equipos divididos entre las 20 personas que se ocupan de informar y las cinco del servicio jurídico. Al otro lado del auricular no solo hay víctimas de malos tratos, también familiares que quieren ayudar a sus parientes, amigos que se dan cuenta de que las gafas de sol también sirven para ocultar cicatrices, o sanitarios y profesores que han visto las huellas de la violencia en sus pacientes y alumnos y no quieren mirar para otro lado.

"La mayoría de veces es la propia usuaria la que llama para preguntar qué hacer ante una situación de violencia o una orden de alejamiento que han quebrantado" cuenta Susana, coordinadora del servicio. Como el resto del personal que trabaja con víctimas de violencia de género, se identifica solo con su nombre de pila por seguridad. Cree que el récord de llamadas responde a la mayor publicidad en medios de comunicación. "Cuando hay un asesinato sale el rótulo con el teléfono en el telediario y hay un repunte de las llamadas. Lo ve más gente y más gente se ve reflejada".

Al descolgar el teléfono lo primero es detectar qué necesita la mujer que llama. La urgencia de la situación puede variar desde el aviso inmediato al 112 para que intervenga la policía, hasta la atención jurídica o el apoyo psicológico telefónico o presencial. Una vez se la ha asesorado, la decisión de denunciar no siempre sale adelante. "El miedo existe, sobre todo el miedo a lo que va a venir detrás. Ya se va a encargar el agresor de decirte que nadie te va a creer, que no vales para nada, que dependes de él", afirma Susana.

Una nueva vida

Frases parecidas oyó durante algo más de medio año la mexicana Lucía (nombre ficticio). Ese fue el tiempo que duró su matrimonio en Madrid, la ciudad a la que había llegado en busca de trabajo. Nunca marcó los tres dígitos del 016 para denunciar su caso. No tecleó ningún teléfono pese a que recuerda cada una de las seis agresiones físicas que sufrió ese año 2009, la primera un fuerte tirón del brazo el mismo día de su boda, con 23 años.

Este primer atisbo de violencia lo asoció al exceso de alcohol y pocos días después comprobó en carne propia que era algo más: un labio partido, el ojo morado, contusiones en piernas, brazos y pechos. "Me pateó. No salí en una semana. La dueña de la casa donde limpiaba me preguntaba por qué no iba a trabajar hasta que me vio. Me puse a llorar, me tomó fotografías, me dijo que lo denunciara o no me contrataría más, pero no lo hice. Teníamos un viaje planeado a Italia". Allí, en el país de origen de su exmarido, ocurrió la tercera agresión, de la que se defendió lanzando una silla contra una vitrina llena de vasos y copas. Ante el escándalo los carabinieri irrumpieron en la casa y le preguntaron si necesitaba un traductor para denunciar. Su entonces marido contó otra versión de los hechos y ella tampoco denunció esta vez: "Ha discutido con mi hermana. Peleas de cuñadas".

Al volver a España la situación no mejoró. A su condición de víctima de violencia machista se unía la falta de papeles, lo que su marido utilizaba para amedrentarla. "Voy a decir que nos hemos casado para que consigas los papeles y te echarán del país", le amenazaba. Los celos también eran un problema. "Estaba obsesionado. No me podía hablar nadie. Cuando llegaba tarde del trabajo me decía 'te quedaste follando con el jefe'. Es gente enferma".

Los acontecimientos se precipitaron cuando tras una fuerte discusión por la conversación que mantuvo en un bar con un chico interesado en saber más sobre México, su marido perdió el control por celos y un guardia de seguridad que presenció la agresión llamó a la policía. Fue la última. Denunció y comenzó una travesía que le llevó a pasar seis meses en una casa de acogida, a asistir a un juicio rápido al que él no se presentaría nunca y a recibir amenazas por redes sociales. "Tenía que haber denunciado el primer día aunque no hubiera tenido papeles para estar en España", dice arrepentida.

Ahora, a sus 29 años, ha rehecho su vida con una nueva pareja y es madre de una niña. La estabilidad laboral no ha mejorado: en el camino ha encadenado varios trabajos temporales como su actual empleo en una tienda de ropa y complementos.

Hace unas semanas regresó a la casa de acogida para saludar a las monjas que se encargaban de atenderla cuando estuvo interna y en sus planes está el gran viaje que la falta de ahorros ha ido posponiendo: la vuelta a México DF ocho años después para volver a ver a su familia. No les ha contado nada de las agresiones que sufrió. "Lo primero que haré cuando les vea será llorar. Ellos no saben cómo vives aquí. Lo que es no tener a nadie que te apoye. Sentirte sola. No te crees que esté pasando. Te dices que ojalá sea una pesadilla. No se lo podía decir. ¿Qué iban a pensar de mí? ¿Y si les da un infarto? Ahora a lo mejor se lo cuento, pero de otra forma".

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