¿A quién pertenece la cabalgata?

La tradición se han incorporado al acervo común y forma parte de un patrimonio occidental del que cierta progresía reniega

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San Gregorio Armeno es una calle de Nápoles donde anida la gran tradición occidental de los belenes, una herencia de los borbones —Carlos III— expuesta a criterios evolutivos, incluso a transiciones asombrosas como la sucesión de Maradona en la cuna. Tan grande fue el impacto de esta deidad pagana y futbolera a los pies del Vesubio que muchos napolitanos lo convirtieron en el niño del nacimiento. “Te Diegum”, le oraban a Diego Armando.

La anécdota relativiza la escandalera que se ha organizado estas últimas semanas en España por la iconoclasia que ha impuesto la nueva política a expensas de las grandes tradiciones navideñas, cuyo origen pagano, derivado de los Saturnales o de los fenómenos naturales, también debería hacer meditar a los rapsodas que caricaturizan a Carmena como un monstruo blasfemo.

La verdadera tradición bíblica española es el cainismo, tan arraigada y tan arraigado que cualquier debate nacional se resiente de una desmesurada sobreactuación. Y el caso de las cabalgatas es particularmente sintomático porque ha reproducido un pintoresco, extemporáneo, antagonismo entre comecuras y nacionalcatólicos, entre “camilos” y “donpepones”.

Se le tiene ganas a Podemos y se escrutan sus movimientos con el escrúpulo de quien transporta nitroglicerina, pero también favorecen los escarnios las posiciones estrafalarias de los ediles que han pretendido sustituir justicieramente una iconografía por otra, bien persiguiendo los belenes, como el alcalde de Valencia, en plan Herodes, o bien transformando las cabalgatas en ejercicios agotadores de pedagogía social, amalgamando reinas magas, buenismo y mensajes políticos, como sucedió en la kermesse de Madrid.

Escribe Oliver Sacks en sus memorables memorias que sus padres, judíos como él, eran muy practicantes y muy poco creyentes. Interesa el matiz porque define la distancia que existe entre el hábito social y las connotaciones religiosas y espirituales.

Los romanos trazaron la diferencia discriminando conciencia entre la religio y la superstitio. Concernía la primera al calendario litúrgico y a las celebraciones en comunidad. Que exigían fidelidad pero no fe y que servían de argumento integrador, identitario.

La superstitio, en cambio, se restringía a la metafísica particular, a las creencias personales. Aludía a la manera privada en que los romanos experimentaban sus convicciones espirituales.

Montar el belén en casa o en el trabajo —EL PAÍS instala uno al abrigo de las fiestas navideñas—, poner el árbol o movilizar los niños a la cabalgata no significa asumir una actitud confesional. Se trata de compartir una tradición sujeta a arbitrariedades, evoluciones y regresiones, aunque la hipersensibilidad que suscita la llegada de las mareas ha exagerado, teatralizado, el escrúpulo piadoso de quienes encuentran necesario reivindicar una ortodoxia iconográfica. Temen que Podemos nos quite la Navidad. Y que Carmena sea una bruja despiadada con los niños. Por eso los ha desconcertado, dicen, con una “parada” confusa y heterogénea. Los reyes parecían epígonos de Merlín. Y Melchor abrumó a las criaturas con un alegato sobre los refugiados.

¿Suficiente para traumatizarlos? Los términos hiperbólicos que arrojan esta polémica retratan una asombrosa confusión de símbolos e intenciones. No cabe mayor escenificación del mal para un republicano dogmático que la imagen de un rey —no digamos tres— en una peregrinación religiosa, así es que el alcalde de Valencia, Joan Ribó, incurrió en un exorcismo afrancesado para sustituir la trinidad de los magos —Melchor, Gaspar y Baltasar— por la encarnación femenina de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.

No hace falta creer en Dios para conocer a Santo Tomás. Ni saberse el catecismo para diferenciar a San Marcos de un centauro

Impresionó la iniciativa porque Ribó subordinaba las tradiciones a su arbitrio y criterio, suponiendo que esta revolución semiótica constituía una demostración inequívoca o impecable de laicismo.

Y no es laicismo. Es metalaicismo, toda vez que renegar de la religio en su acepción ceremonial, litúrgica, social, conduce al error de amalgamar como iguales los planos culturales, tradicionales, espirituales y eclesiásticos del cristianismo.

No hace falta ser un gran aficionado al esquí para asistir con entusiasmo al campeonato de saltos del 1 de enero, ni es necesario haber estudiado violín para contemplar entre la resaca y el hedonismo el concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena.

Por idénticas razones —o con mayores motivos—, la cabalgata de Reyes con tres barbudos o los belenes sobrepasan su definición “supersticiosa”. Se han incorporado al acervo común, como los renos de Papá Noel. Y pertenecen a un patrimonio occidental del que una cierta progresía reniega porque vislumbra detrás del portal no la revolución tolerante de Cristo en su undécimo mandamiento sino las zarpas de la Iglesia inquisitorial, la doctrina de los obispos retrógrados, cuando no los últimos estertores franquistas.

La custodia del laicismo no implica que tenga que degradarse el conocimiento de una civilización. No hace falta creer en Dios para conocer a Santo Tomás ni a San Agustín. Ni es necesario saberse el catecismo para diferenciar a San Marcos de un centauro.

La revancha anticlerical ha sobrepasado sus fronteras naturales. Y ha establecido una política de tierra quemada en la que se han consumido por añadidura las nociones de la mitología y de la filosofía, no digamos cuando las hermanaba el difunto latín.

Recuerdo cuando un compañero de mi hijo —siete años tenía— preguntó a su padre si Cristo y Cristiano Ronaldo eran la misma persona. Una sociedad debe secularizarse, desplazar la religión al ámbito privado, atajar cualquier intromisión de la moral, pero esta defensa del laicismo no implica fomentar la ignorancia ni la frivolidad respecto a la cultura y la idiosincrasia que constituimos, en el embrión grecolatino y en su prolongación cristiana.

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