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El enterrador del Estrecho

Durante años, Martín Zamora, murciano, recogió en Cádiz a los magrebíes ahogados en patera. Ahora sepulta en Ceuta a los subsaharianos

Martín Zamora, en el cementerio ceutí, camina junto a una galería de nichos con varias tumbas sin lápida donde reposan los cuerpos de inmigrantes.
Martín Zamora, en el cementerio ceutí, camina junto a una galería de nichos con varias tumbas sin lápida donde reposan los cuerpos de inmigrantes.

Martín Zamora viste zapatos negros, pantalones negros, chaqueta negra, corbata negra y gafas de sol negras. Solo la camisa de rayas blancas y azules da respiro al luto. A sus 55 años y tras anotar hasta siete hijos en el libro de familia, camina decidido por el cementerio ceutí de Santa Catalina y se detiene frente al nicho 162 de la galería Santiago Apóstol. "Aquí yace un senegalés al que trató de repatriar su familia. Sin éxito", sentencia mientras señala el mármol blanco que recubre una tumba anónima. Sabe que allí se encuentra el cadáver de Ndigua Saw porque él mismo, hace un mes, organizó su sepultura.

Una ola volcó la patera en la que viajaba este inmigrante junto a 11 compañeros. Solo sobrevivieron diez —Saw falleció y otro aún se encuentra desaparecido—. "Recogimos el cuerpo en un muelle del puerto y lo llevamos al depósito para que le hicieran la autopsia. A los dos o tres días, lo enterramos", relata Zamora, que conoce cada recoveco perfilado a ambos lados del Estrecho. Empezó su carrera en Los Barrios (Cádiz). Desde hace un año, se ha pasado a la otra orilla del Mediterráneo.

Este murciano de nacimiento recorrió durante más de una década las playas andaluzas para recoger a los magrebíes que morían tras lanzarse hacia la Península. A muchos de ellos, los repatriaba después a Marruecos tras contactar con sus familias. Pero esa parte de la historia le queda ya muy lejos. Le parece que ha pasado un mundo desde que en 2013 vendiera todo el negocio que tenía en la localidad gaditana —unas amplias instalaciones funerarias con nueve empleados a su cargo— y se marchase con su familia a Brasil a "hacer las Américas". Al otro lado del Atlántico, fracasó en sus intentos de hacer dinero. Así que a finales de 2014, tras deshacerse de una empresa de limpieza y accesorios de automóviles que montó en Uberlândia, regresó a una de las fronteras más desiguales del planeta. "A hacer lo que sé hacer". Y a comenzar de nuevo.

Los cambios migratorios

Las ansias de Zamora y el viento que sopla en el cementerio, situado en una colina desde donde se observa el Mediterráneo, apuran cada pitillo en apenas unos segundos. Cigarrillo tras cigarrillo, la caja de Chesterfield se vacía a medida que el relato del funerario evoca muertos, naufragios y pruebas de ADN. Su vida profesional evidencia los cambios migratorios que ha experimentado El Estrecho. A lo largo de los últimos 15 años, los magrebíes han ido dejando hueco en las pateras a los subsaharianos. Como ha ocurrido en sus entierros.

El primer caso le llegó en 1999, cuando una llamada de teléfono le avisó de que debía acudir a por 16 inmigrantes marroquíes ahogados junto a Cádiz. El último, recuerda ahora en un pequeño despacho frente al paseo marítimo ceutí, fue hace apenas dos semanas: la Guardia Civil encontró el 26 de octubre el cadáver de un senegalés que había caído de la balsa en la que viajaba. Nadie lo ha reclamado. Descansa en el nicho 291 de la galería de Nuestra Señora de las Mercedes. "Desde que abrí en julio de este año en esta ciudad, ya hemos sepultado a cuatro subsaharianos muertos en patera", sentencia Zamora.

Martín Zamora, en un despacho de su funeraria.
Martín Zamora, en un despacho de su funeraria.

La Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía calcula que más de 21.000 sin papeles han muerto o desaparecido en la frontera sur entre 1998 y 2014 —incluida la ruta del Estrecho y de las Islas Canarias—. Solo el pasado año, 4.252 personas se lanzaron al Mediterráneo, según Interior. "Que chavales jóvenes se estén jugando la vida así, que estén muriendo así...", susurra Zamora con rabia, mientras conduce sin soltar el pitillo por la ciudad autónoma, minutos antes de aparca junto al cementerio y llegar a la tumba del senegalés Ndigua Saw: "Si la familia se pone en contacto con nosotros, intentaré repatriarlo".

El primo senegalés

Pero que ocurra, deberán superarse muchos trámites. Fuentes de Cruz Roja relatan que un primo de Saw viajó a principios de noviembre desde Palma de Mallorca hasta Ceuta para repatriar el cadáver, al que enterraron en un cementerio cristiano, pese a ser musulmán. Supieron que era él gracias a que uno de sus compañeros en Marruecos les facilitó una fotografía con las posesiones que llevaba. "Es difícil que se consiga porque no es familiar directo y las pruebas de ADN no sirven. La única opción pasa por identificar el cuerpo —que consta como "varón, negro, sin identificar"—. Para ello, la Guardia Civil le ha tomado las huellas al primo para cotejarlas con las autoridades senegalesas", explican las mismas fuentes. Además, un juez tendrá que autorizar la exhumación. Y una repatriación a Senegal supera los 6.000 euros, añade Zamora.

En Ceuta solo hay dos cámaras frigoríficas para guardar los cadáveres de los inmigrantes. Así que las autoridades se aprestan en ordenar su sepultura, relata Zamora: "Ese factor hace todo más complicado. Cuando trabajaba en Los Barrios llegué a tener durante meses los cuerpos en los depósitos a la espera de encontrar a las familias. Eran meses de esperanza".