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OPINIÓN

Por qué se va Trini

La musa del zapaterismo ha resuelto irse cuando todavía puede decidirlo ella sin que nadie le señale amablemente dónde está la puerta

Trinidad Jiménez, el pasado lunes. Ampliar foto
Trinidad Jiménez, el pasado lunes. EFE

Ni por amor ni por desamor ni por terceras personas. Trini se va porque quiere. O eso dice ella, aunque en las relaciones largas nunca se sabe del todo qué viene primero, si el efecto o la causa. Hay un momento en una pareja, por muy política que sea, en la que una se da cuenta íntimamente de que los mejores tiempos han pasado. De que hay gente nueva que viene pisando fuerte los propios talones y todos los callos que sean precisos para situarse en primera línea del interés del otro, y una ya no tiene fuerzas, o ilusión, o ninguna de las dos cosas para competir con ellos. Trini lleva tiempo con esa sensación en su propia casa y, herida por el desafecto ciudadano hacia los políticos, una tarea que considera noble, ha resuelto irse cuando todavía puede decidirlo ella sin que nadie le señale amablemente dónde está la puerta. Se va a su manera. Sin portazos, sin despecho, sin más terremoto que uno de sus golpes de flequillo para despejar el panorama y encarar lo que venga.

Se va a su manera. Sin portazos, sin despecho, sin más terremoto que uno de sus golpes de flequillo para despejar el panorama y encarar lo que venga

Trinidad Jiménez, Trini desde el minuto uno para todo el que la conoce, da un paso atrás antes de que otros le pongan la zancadilla para adelantarla. La musa del zapaterismo. La que ofrecía el salón de su propia casa para las reuniones de aquellos jóvenes socialistas que querían relevar a la derrotada vieja guardia de Felipe González. La concejala de Madrid, la diputada por Málaga, la ministra de Sanidad que quitó a media España de fumar en los bares, la extitular de Exteriores abandona la política antes de que la política de los suyos la abandone a ella. Antes de ponerles en el compromiso de dejarle sitio en las listas por respeto a una pariente mayor muy querida en la familia, pero que ya pita como pitaba, ha preferido declinar ella la invitación de compromiso.

Inicia ahora la segunda parte de su vida. Se acaba de casar por segunda vez después de un matrimonio fallido de juventud y muchos años de soledad elegida. Acaba de enterrar a su íntimo amigo y colaborador Pedro Zerolo, fallecido en plena madurez y culpable, quizá, de ese carpe diem que le ha dado de repente. Tiene 53 años. Una edad suficiente para hacer lo que quiere y no solo lo que cree que debe, teniendo aún opciones en el mercado de segundas oportunidades. Aguantar cómodamente, quizá demasiado cómodamente, instalada en su escaño con su desahogado sueldo de diputada otra legislatura le hubiera supuesto plantarse en los 57 años, y ya se sabe a qué edades prejubilan ahí fuera no solo a las mujeres. Tiene una buena agenda de contactos de sus tiempos de ministra de Sanidad y de Exteriores. En estos cuatro meses, sopesará caer en alguna de las tentaciones laborales que ha rechazado en otros momentos en que la pasión por la política le cegaba los ojos para cualquier otra.

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