Ciudadanos: la gran crecida

El partido de Albert Rivera ha integrado al Centro Democrático Liberal y desbordado a UPyD

El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, durante la presentación del programa económico del partido en Madrid el pasado 17 de febrero. EFE

El hundimiento de la placa tectónica del bipartidismo ha abierto una falla de dimensiones todavía desconocidas en el centro político. Es una brecha imantada a derecha e izquierda, un espacio nuevo que se expande a gran velocidad y parece llamado a constituirse en la cuarta pata del futuro tablero político. “No hay nada más fuerte que una idea a la que le ha llegado su turno”, debe de celebrar estos días el presidente de Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía, Albert Rivera. Esa máxima de Víctor Hugo permite explicar el asombroso ascenso de una formación que en solo dos meses ha ganado ocho puntos en intención de voto hasta situarse en la cota del 12% al 14%. Aunque el suelo del espectro político continúa moviéndose y todo está en el aire, hay que dar por hecho que también en el espacio del centro ha surgido una versión regeneradora y con identidad propia, capaz de sacudir y hacer temblar al Partido Popular, conquistar el voto abstencionista y atraer al votante de izquierda.

¿Ciudadanos tiene su corazón en la izquierda y su cabeza en la derecha? De la misma manera que Podemos ha arrastrado o desestabilizado a los colectivos situados a la izquierda del PSOE, Ciudadanos (C’s) ha integrado al Centro Democrático Liberal y desbordado ya a UPyD, que lleva tiempo labrando en los mismos territorios ideológicos. Podemos y Ciudadanos comparten una marcha arrolladora alimentada con los mismos combustibles de la corrupción política, los recortes en los servicios públicos y la colonización partidista de las instituciones, pero se trata de movimientos discordantes destinados a marchar en paralelo. Aunque no falten los militantes que se declaran de izquierdas —el partido sigue con su definición fundacional de centro izquierda—, Ciudadanos prefiere ser identificado por su posición en la línea divisoria que separa lo viejo de lo nuevo, lo caduco de lo innovador. Han declarado proscritas las etiquetas derecha-izquierda, rojos y azules, pero reivindican muy mucho su carácter progresista y laicista, en contraposición a la derecha tradicional española.

“Somos un partido laico, partidario de la separación clara entre Iglesia y Estado. Yo estoy a favor de que la Iglesia pague, como todo el mundo, el IBI [Impuesto de Bienes e Inmuebles] y defiendo que la religión es un asunto privado, como lo es el aborto y la eutanasia”, destaca David Lopera, 40 años, licenciado en Empresariales, administrador financiero, coordinador de C´s en Xàtiva (Valencia). “Antes que nada, soy progresista y librepensador. No creo que diga cosas muy distintas a las que pensaba en los años ochenta, cuando milité en IU”, declara Nicolás de Miguel, 51 años, licenciado en Historia y empleado de Administración de Osakidetza, (Servicio Vasco de Salud) en San Sebastián. Europeísta convencido, no admite más patria “que la de los ciudadanos libres e iguales” y cree que es hora de cerrar el Estado autonómico y de instaurar un federalismo no asimétrico, similar al estadounidense o al alemán.

Este ejército de voluntarios militantes que emerge de la falla generada en el centro tiene un marchamo identitario y un genio político diferente al de Podemos, pese a que ambos fenómenos enarbolan la bandera del cambio, pretenden modificar el estado de cosas e invertir el orden establecido. Una diferencia clave es que el militante de C´s que ahora da un paso al frente para, en la gran mayoría de los casos, estrenarse en la política activa no es, por lo general, uno de los grandes damnificados de la crisis. Ha visto mermadas sus condiciones de vida y se siente defraudado y estafado por el comportamiento del Gobierno y su gestión de la crisis, pero tiene trabajo y una situación aceptable. Su comportamiento no responde tanto a una actitud reactiva, de búsqueda del voto de castigo, como de la adhesión a un ideario que le resulta convincente. El perfil es el de una persona moderada que cree o acepta como inevitable la economía de mercado y apuesta por un cambio tranquilo por la vía del consenso y la reforma. Digamos que reserva el espíritu contestatario y los rescoldos revolucionarios, si los tuvo, a la regeneración de la vida política y de las estructuras e instituciones del país. El prototipo de votante de Ciudadanos es una persona urbana con estudios universitarios y edad comprendida entre los 25 y los 54 años.

“He hecho surf desde pequeño y he viajado con mi tabla por medio mundo: EE UU, Brasil, Indonesia, Perú, Marruecos… Comprendí que no tenemos nada que envidiar a esos países y empecé a preguntarme por qué España, con sus recursos, su cultura, su arquitectura, su historia, sus paisajes, no está entre los países de vanguardia del mundo. Llegué a la conclusión de que los actores principales de este despropósito son la nefasta clase política que tenemos, las grandes corporaciones empresariales que se sirven de la corrupción para conseguir sus objetivos a costa de degradar el sector público y nosotros mismos, los ciudadanos normales, que hemos permanecido al margen de la política”, indica Carlos Pérez González, economista, empleado del BBVA en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz). “Votaba al PP hasta que me di cuenta de que su corrupción es sistémica y que han politizado a la justicia en su provecho”, señala este hombre de 34 años, casado y con un hijo. Dice que la única forma de arreglar España es el activismo político de la mano de propuestas alternativas sensatas y regeneradoras. A su juicio, el bipartidismo puede ser representado con la imagen del tongo deportivo: “Son como dos equipos de fútbol que simulan disputar un partido, cuando en realidad se limitan a cumplir el guión de las apariencias”.

Es la misma idea que Carmen Picaza, abogada del turno de oficio en Albacete, remacha con esta frase trabajada: “PP-PSOE parecen totalmente opuestos, pero se parecen mucho más de lo que parece”. Tiene 40 años, madre de tres hijos, es antigua votante del PP y no oculta su indignación por las tasas judiciales y la política contraria a la justicia universal y gratuita que atribuye a su antiguo partido. “¿Qué nos diferencia del PP y del PSOE? Lo que más nos diferencia es que nosotros estamos sin mochila, ligeros de equipaje”, dice. En las agrupaciones de Ciudadanos, esta sería, seguramente, la elegida como mejor respuesta. La segunda mejor respuesta la proyecta David Caballero, empresario de telefonía móvil de Elche, 32 años y padre de una niña de tres: “Somos social liberales progresistas, no solo liberales como el PP. Buscamos algo distinto. Nosotros sí tenemos en cuenta a la gente que lo está pasando mal”.

¿Ciudadanos es ese Podemos de la derecha que echa en falta el presidente del Banco Sabadell, Josep Oliu? Nadie de entre los consultados para este reportaje acepta ese encasillamiento pese a que las encuestas indican que C´s crece, sobre todo, por el centro derecha. Aunque en el conjunto de España es percibido como partido de centro, gran parte de los catalanes lo clasifica en la extrema derecha. Y es que el nacionalismo catalán, como el vasco, ha conseguido que aquellos de sus compatriotas que se oponen directamente a sus designios sean marcados con el sello del radicalismo españolista. En la pesada mochila que le cargan al bipartidismo, incluyen las rocas de la corrupción —la de Bárcenas y la del ERE andaluz, a partes iguales—; el “dedazo” de Rajoy, el sectarismo partidista que se antepone sus intereses a los generales, la servidumbre obligada de la militancia por la falta de democracia interna y la mediocridad política y personal que atribuyen con enorme desenvoltura a buena parte de los actuales dirigentes.

“Si no hacéis política, otros lo harán por vosotros. Venid, pero sin mochila”, les aleccionó Albert Rivera cuando el partido, creado hace ocho años en Barcelona en contraposición al nacionalismo catalán, optó por dar el gran salto adelante y expandirse por toda la geografía española. Profesionales y técnicos de formación superior, empresarios, estudiantes, trabajadores de mediana cualificación del sector servicios, altos cargos directivos… aceptaron el mensaje y llevados por la voluntad de cambiar las cosas fundaron las primeras agrupaciones, fiados al verbo y al estilo natural de este líder joven, de aire saludable y buena planta, todavía desconocido para un tercio de los españoles. Meses después, la ilusión inicial ha dado paso al entusiasmo y ahora hay incluso un punto de euforia controlada en las reuniones que, a falta de sedes, llevan a cabo en bares o locales públicos. Desde que las encuestan apuntan insistentemente al alza, las convocatorias —“quedadas de café informativo” frecuentemente sustituidas por una ronda de cañas— se multiplican en las ciudades, al igual que el número de militantes: más de 2.200 ya en Madrid, casi tantos como en Cataluña.

Universitarios urbanitas de entre 25 y 54 años conforman su electorado

Sin dejar de mirar a la eventual unión con UPyD, siempre enunciada y nunca consumada, el “partido de los muy cafeteros” vive un momento dulce. Dicen que se sienten respetados, apreciados y hasta admirados cuando salen a la calle a repartir sus folletos. “En lugar de mirarnos mal, insultarnos o tirarnos tomates, como harían con otros partidos, disfrutamos de la simpatía y el aliento de la gente. Nosotros podemos acercarnos a todo el mundo sin producir miedo ni rechazo”, subraya Luis Miguel Rodríguez Garzón, 67 años, jubilado, antiguo responsable de Publicidad del diario Ideal de Granada y hoy militante entusiasta. “Un día me dije que ya estaba bien de protestar delante de la tele y de arreglar el mundo tomando cañas y por primera vez en mi vida decidí meterme en un partido político. Yo mismo me sorprendo de que me esté pasando esto. Ciudadanos me ha devuelto la ilusión. Estoy encantado. Por una vez que me meto en política, va y acierto”, comenta exultante.

Como le ocurrió en su momento a la propia UPyD y le ocurre también a Podemos, una de las tareas más enojosas de los responsables de las agrupaciones de Ciudadanos consiste en detectar a la pléyade de oportunistas y arribistas que buscan coger la “ola buena” política del momento para alcanzar una cota de poder, un puesto retribuido. “A algunos tengo que decirles que esto no es el Inem. Que, efectivamente, hay que coger la lejía y la fregona para retirar a los corruptos, pero que se trata de sustituirlos por gente que quiera trabajar por los demás”, apunta José Canedo, cartero en Santiago de Compostela. Formó parte en su día de UPyD y hoy milita en Ciudadanos, camino que han emprendido también otros militantes. “Estemos con las siglas que estemos, las personas que pensamos igual terminaremos por unirnos y, si no es por arriba, será por abajo”, subraya Jesús de Lózar de Grado, de 62 años, economista, asesor de empresas en Soria, padre de dos hijos.

“Este es un momento histórico, crucial, para que los que hemos estado de espectadores seamos protagonistas. En España, se está gestando un cambio histórico”, enfatiza María Luisa Alonso García, 40 años, madre de una niña de cuatro, especialista en Comunicación Social, vecina de Logroño. Al igual que la gran mayoría de militantes y simpatizantes de C’s, es la primera vez que milita y está entusiasmada. “Cada vez que Albert habla sube el pan. Solo hace seis meses que se creó la agrupación y ya somos más de 50 militantes. Todo lo que nos queda es crecer”.

De acuerdo con las encuestas, los votantes de Ciudadanos pertenecen, al igual que los de UPyD, a la clase media alta y a las nuevas clases medias urbanas que han visto que sus expectativas en calidad de vida se reducían con la crisis y no confían en los actuales dirigentes políticos. Buena parte de ellos procede del PP (hasta el 38%), y el resto de la abstención, de los nuevos votantes, del PSOE y UPyD.

La gran crecida de Ciudadanos se ha concentrado hasta ahora en las ciudades, particularmente en los núcleos urbanos de más de 400.000 habitantes, pero no parece que las aguas se hayan remansado, ni que la marea se haya detenido. Aunque los obreros y los agricultores no figuran prácticamente entre los perfiles de votantes que detectan las encuestas, poco a poco empiezan a pasar por la web de Ciudadanos —la electrónica y las redes sociales son sus auténticas sedes— gentes que se conectan desde zonas rurales. El nuevo partido y su líder cuentan con la prima de los jugadores no contaminados, la ventaja que ahora aporta la condición de novedoso o inédito entre gentes tan escandalizadas por el actual estado de cosas que abominan de todo lo conocido.

En ese terreno figurado de la pureza virginal, la ilusión y la esperanza, Ciudadanos compite directamente con Podemos. Ambos se reconocen en la crítica compartida del bipartidismo y en la misión de regenerar, refrescar, el sistema, pero les separan grandes barreras ideológicas y programáticas. “Podemos es un partido nuevo con ideas viejas. Si su modelo es Venezuela, el nuestro puede ser Dinamarca: un Estado del bienestar no asfixiante y compatible con la economía de mercado, pero lo suficientemente fuerte como para prestar los servicios básicos”, recita de corrido Jesús de Lózar. “Estamos en las antípodas de Podemos. Soy partidario de la libertad de empresa y de los medios de comunicación, del fomento del mérito y el esfuerzo, de una política fiscal justa que no descargue todo el peso en clases medias sujetas a la nomina. Conozco Venezuela y no quisiera eso para mi país. Quiero que España juegue en la Champions y la Liga de las estrellas y que nuestra educación deje de estar en los puestos bajos”, plantea Eduardo González Jiménez, ingeniero industrial, analista del Cabildo de Gran Canaria, 40 años, padre de una niña. “Mi experiencia en Latinoamérica —donde he conocido otros Podemos— me dice que estos movimientos pueden desbancar del poder a una clase social y sustituirla por otra, pero son incapaces de resolver los problemas de fondo”, abunda el doctor en Psicología y profesor en la Universidad de Valladolid, Jesús Ortego, de 47 años.

No hay nada estable, nada es seguro, tras la convulsión tectónica que sacude la política española. Las réplicas y contrarréplicas se suceden. Ahí, en el espacio de centro, residen los tres o cuatro millones de votos que hacen que la balanza de la mayoría electoral se incline hacia el PP o hacia el PSOE.

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