SANIDAD PÚBLICA

Urgencias, siempre al límite

Los problemas de saturación y falta de recursos son estructurales. Los picos de gripe desbordan unos servicios mermados por la crisis

Sala de espera de Urgencias del Complexo Hospitalario Universitario de Ourense el 15 de enero pasado. efe

Lo peor de la epidemia de gripe de este año aún está por llegar y, sin embargo, los servicios de urgencias de toda España llevan semanas saturados. Un paseo por el hospital 12 de Octubre, en Madrid, permite comprobarlo: camillas en zonas de paso, ausencia de intimidad, pacientes que duermen varias noches en salas atestadas esperando que quede libre una habitación en planta, sanitarios agotados que confiesan tener miedo de cometer un error fatal... Una enfermera lo explica gráficamente: la urgencia es como un vaso que siempre está lleno; la gripe es solo la pequeña gota que lo desborda. Siempre al límite, los problemas de personal y de medios son estructurales, coinciden los expertos. También el Defensor del Pueblo, que la semana pasada hizo público un informe en el que denuncia las carencias de las urgencias españolas.

“Los episodios de saturación ocurren desde hace muchos años, antes de esta crisis, y antes de la anterior”, señala Juan Armengol, presidente de la Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias (Semes). La hemeroteca le da la razón. Han pasado 26 años de la última vez que el Defensor del Pueblo examinó el estado de las urgencias hospitalarias. Si se compara el informe actual, elaborado conjuntamente con los defensores autonómicos, muchas de las deficiencias encontradas en 1988 siguen sin corregirse: escasez de plantillas, falta de camas libres, ausencia de intimidad, trato inadecuado a los pacientes en fase terminal y a sus familiares...

El diagnóstico sobre algunas de las causas de la perenne saturación también coincide. Los episodios de colapso son periódicos y puntuales, apunta Juan Oliva, economista de la salud, pero siempre hay “un escenario de alta presión en las puertas de urgencias” que responde a “la combinación de gripe, recursos humanos menguados, posibles demoras en atención primaria y tiempos de espera quirúrgicos y de consulta ambulatoria excesivos”.

“Los servicios de urgencias se han convertido en una especie de red de seguridad del sistema”, asegura Armengol. Si un ciudadano tiene un problema de salud que considera urgente y la cita con su médico de familia es para dentro de varios días, quizá acabe presentándose en el hospital para que le visiten antes. Lo mismo sucede si está pendiente de que le llamen para operarse. Si empeora, acudirá a urgencias.

A medida que avanzaba la crisis (entre los años 2008 y 2012) los ciudadanos han tenido más dificultades para conseguir cita rápida con el médico de familia, según el último Barómetro Sanitario. Lo mismo ha ocurrido con las visitas con los especialistas. A finales de 2013 el tiempo medio de espera prácticamente doblaba el de 2010. La demora para entrar en el quirófano también se ha disparado. Ahora ronda los 90-100 días, cuando en junio de 2012 eran 76. Y más de uno de cada 10 pacientes aguardan más de seis meses para operarse, especialmente en especialidades como neurocirugía, traumatología o plástica.

Efecto disuasorio para inmigrantes

ELENA G. SEVILLANO, Madrid

El informe sobre las urgencias del Defensor del Pueblo ha dado la razón a colectivos como Médicos del Mundo y YoSíSanidadUniversal, que llevan más de dos años alertando de que en muchos casos los inmigrantes en situación irregular no están recibiendo en los hospitales la atención que les garantiza la ley. El informe destaca que tienen derecho a atención sanitaria de urgencia. Y advierte de que “ese derecho, a veces, se ve dificultado por prácticas administrativas que generan inquietud y tienen efectos disuasorios”, como obligar a los pacientes a firmar compromisos de pago antes de que les vea el médico.

“Para ofrecer mayor confianza a estos usuarios es necesario mejorar la formación del personal, evitar la emisión prematura de compromisos de pago y facturas y buscar que la constatación de la falta de residencia legal pueda realizarse de manera ágil a través de los servicios de trabajo social de los propios centros”, señala la institución. Otro de los incumplimientos de la legislación que detecta tiene que ver con la duración de la asistencia. Debe ser “hasta la situación de alta médica”, señala el real decreto de 2012 que expulsó a los inmigrantes en situación irregular de la asistencia normalizada y acabó con la universalidad del sistema. El alta médica “no debe confundirse con el alta de urgencias; de manera que la asistencia debe prolongarse más allá de la actuación de urgencias, hasta la resolución del problema de salud que dio lugar a la urgencia”, precisa el Defensor.

Y pese a todo, las urgencias están entre los servicios sanitarios mejor valorados por los ciudadanos. “La gente va a urgencias por muchas cosas. Son rápidos —pese a las colas—, en general son bastante buenos, son resolutivos y hacen muchas pruebas. En su mayor parte innecesarias, pero al público le gusta”, señala Salvador Peiró, investigador del Centro Superior de Investigación en Salud Pública de Valencia. “Actualmente, alrededor de un 10% de lo que llega se ingresa (en buena parte trauma, fracturas, accidentes y cuadros quirúrgicos), lo que da una idea de que el 90% restante era menos grave”, añade. Para un paciente, sin embargo, la gravedad es subjetiva. Si cree que necesita un médico, irá allá donde haya uno disponible. El 43% de los encuestados en el Barómetro Sanitario dijeron que fueron directamente a urgencias porque el horario no coincidía con el del médico de cabecera. Otro 36% contestó que en el hospital “hay más medios y resuelven mejor”.

“Lo esencial en una urgencia es que debe ser capaz de reconocer un paciente grave entre la multitud. Que espere un paciente de atención primaria que podría ser atendido en su centro no es un problema y no deberíamos verlo como tal. Que entre tanto paciente poco grave se te despiste un infarto, sí”, opina Peiró. El informe del Defensor del Pueblo alerta sobre ello: “Las situaciones de saturación incrementan el riesgo de error humano y el aumento de la morbimortalidad”, concluye. El riesgo es tan real que algunos profesionales se han plantado.

Las enfermeras del hospital de La Paz, en Madrid, mandan faxes al juzgado de guardia alertando de la situación de “hacinamiento” y de la dificultad para atender con rapidez a los enfermos que empeoran. Ello se traduce en “aumento del número de errores cometidos, que por su naturaleza pueden tener consecuencias fatales”, dice el texto del día 26, al que tuvo acceso EL PAÍS. La sala 1 de urgencias tenía ese día 35 pacientes, cuando su capacidad es para 12, añaden estos trabajadores. En la sala 2 había 60 pacientes, cuando está pensada para 23. El personal de enfermería “no puede asegurar una correcta atención”, le dicen al juez.

Los médicos de urgencias del hospital de Vall d'Hebron, el más grande de Cataluña, hacen sus denuncias a diario en las redes sociales. “Miércoles 28: 77 enfermos en urgencias esperan cama. Algunos ya es el quinto día que están aquí”, han escrito en Twitter. El pasado verano los facultativos de Vall d'Hebron denunciaron públicamente el colapso constante de la unidad. El jefe de urgencias fue destituido días después. Los servicios de salud catalán (Catsalut) y madrileño (Sermas) han admitido la saturación y han anunciado que abrían camas —cuando generalmente nunca admiten que las cierran— y aumentaban el personal.

El aumento de la incidencia de la gripe se puede prever. El pico de la actual epidemia, por ejemplo, llegará esta semana, según el Ministerio de Sanidad. ¿Por qué no se actúa a tiempo? Peiró hace una sugerencia a las Administraciones: “Reunir a los comités de expertos y hacer planes —antes y no después, como ha sucedido con el ébola o la hepatitis C— sobre cómo se quiere abordar la urgencia, el papel de la primaria, cómo tratar las epidemias...” Adelantarse, en definitiva, para que las urgencias, ya de por sí infradotadas y mermadas de personal, no sucumban ante el virus de todos los inviernos.

Con información de: Jessica Mouzo (Barcelona)

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