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OBITUARIO

Ladislao Martínez, pionero del ecologismo político

El fundador de Aedenat (actualmente Ecologistas en Acción) lideró la lucha contra la privatización del agua en la Comunidad de Madrid

Ladislao Martínez, fundador de Aedenat, en su casa de Madrid en 2006.

Ladislao Martínez, referente en el mundo ecologista, falleció ayer en Madrid y dejó muda a mucha gente: a su familia, a sus hermanos de tantas luchas verdes, a sus alumnos y colegas del instituto de Vallecas, a los compañeros con los que inició una enorme y exitosa movilización contra la privatización del Canal de Isabel II de Madrid, a los nuevos y viejos camaradas con los que se reencontró en Podemos, a los políticos de izquierda a los que asesoraba... Porque Ladis (nacido en Garcinarro, Cuenca, hace 56 años) era más que un ecologista. Ladis era un líder social. Y muy buena gente.

“Empecé con el tema de las centrales nucleares, a principios de los ochenta”, explicaba a este diario hace dos años: “Mi padre leía el periódico cuando iban a instalar Zorita, en 1968, y se maravillaba. Decía que nos darían la luz gratis”. Fundó Aedenat, hoy convertida en Ecologistas en Acción. Su muerte sorprendió a la organización en un congreso confederal en Navarra, que se interrumpió con un aplauso de minutos con el auditorio puesto en pie.

Contaba que solía emprender batallas sin muchas posibilidades de éxito, pero gracias a sus conocimientos era un adversario tenaz y consiguió alguna sonada victoria, como la de organizar en 2012 un movimiento multitudinario que hizo inviable la privatización del agua en Madrid.

Siempre militó en grupos de izquierda y aunque tuvo ofertas para pasar a la política nunca dejó su plaza de profesor de Química en un instituto en Vallecas. Allí se movía como pez en el agua y se enorgullecía cuando conseguía inculcar a sus estudiantes amor por el medio ambiente. Ayer, entre tantos amigos y personalidades de movimientos sociales, había en el tanatorio de la M-30 de Madrid grupos de alumnos suyos llorando desconsolados.

Era consecuente y si subía en tu coche y ponías el aire acondicionado sugería con una sonrisa que mejor bajases la ventanilla. Cuando lideró la exitosa marea azul contra la privatizacón del agua en Madrid algún enemigo se tomó la molestia de rastrear sus posesiones. Pese a que le encontraron 15 hectáreas de secano heredadas a medias con sus hermanos en el pueblo le tacharon de terrateniente. Ni perdió la sonrisa ni habló con inquina de quienes movieron aquello.

Entró en Podemos, donde confluían tantos movimientos en los que se había implicado. Como siempre, estaba hasta arriba de actividad cuando en junio tuvo un problema físico que le dejó tocado, jodido, enfadado y triste. “Me di cuenta de que algo me pasaba cuando leyendo un artículo sobre cambio climático me costaba seguir el hilo”, me explicó hace un mes. Le había llamado sin saber qué ocurría, solo para saber de su vida. Me explicó que la recuperación iba más lenta de lo que le habría gustado, que estaba leyendo a Álvaro Mutis y que le costaba, que se había trabado dando una charla de diez minutos sobre energía. A él, que era capaz de debatir durante horas con datos sin mirar un papel, eso le frustraba. “¿Te he dejado planchado, eh, querido amigo?”, repetía. Quienes le conocían contaban ayer que desde entonces iba a las asambleas y se sentaba detrás y hablaba poco. Aquella vez nos emplazamos para un café que ahora sí tendrá que esperar, querido amigo.