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La mayoría de los obispos quiere abrirse a gais y divorciados

El Sínodo aprueba dividido las propuestas aperturistas de Francisco

El papa Francisco, a su llegada a la Plaza de San Pedro del Vaticano para presidir la audiencia general semanal, el pasado miércoles. EFE

La Iglesia católica está que arde, y ese hecho, ya de por sí llamativo por inusual, sorprende todavía más porque ha sido el Papa el que encendió la cerilla. Dos decisiones de Francisco al inicio del Sínodo de Obispos sobre la familia –que se discutiera a calzón quitado y que se hicieran públicas las discusiones— ha provocado un terremoto del que da fe el documento final aprobado, aunque no en su totalidad, por los 191 padres sinodales. De los 62 párrafos, los tres que no reunieron los dos tercios de respaldo fueron los relativos al posible regreso a los sacramentos de los divorciados vueltos a casar y a la actitud de la Iglesia hacia los homosexuales.

La delicada naturaleza de los asuntos puestos en discusión –homosexualidad, parejas de hecho, divorciados vueltos a casar— provocó que el sector más conservador de la Curia reaccionara con beligerancia ante el temor de que el Vaticano pudiera replantearse viejos conceptos y dogmas. En su discurso final, Jorge Mario Bergoglio quiso tranquilizar a los inquietos, descartando que estuviera en entredicho la indisolubilidad del matrimonio, pero sin dejar de advertir tanto a los “tradicionalistas” como a los “progresistas” de “la tentación” de enrocarse en posturas excluyentes y equivocadas. Los primeros, por su determinación de seguir atados a las piedras de la ley “sin dejarse sorprender por Dios”, y los segundos, por enarbolar una “misericordia engañosa que lleva a vendar las heridas antes de curarlas”.

Hasta cierto punto es lógico que los príncipes de la Iglesia, tan cómodos hasta ahora en la penumbra de su poder, se hayan sentido cegados por el compromiso de absoluta transparencia asumido por el Papa. Así, todo el mundo pudo observar –unos con algarabía y otros con alarma-- que el primer documento surgido del Sínodo se abría sin lugar a dudas a los gais y a las nuevas familias, utilizando un lenguaje nuevo e inequívoco, “los homosexuales tienen dones y cualidades que ofrecer a la comunidad cristiana”, que suponía de facto el fin de las hostilidades hacia un colectivo que se ha sentido en demasiadas ocasiones perseguido por la Iglesia oficial. También a cielo abierto se tuvo noticias, apenas unos días después, de que el sector conservador se había movilizado para dejar constancia de que no todos los padres sinodales estaban de acuerdo en una apertura rápida y sin concesiones. Y, ahora, el documento final viene a confirmar los tres aspectos más interesantes del Sínodo: la transparencia, las divergencias sobre el grado de apertura y, envolviéndolo todo, un lenguaje sin duda distinto, más proclive a la tolerancia.

En cuanto a la transparencia, el Papa quiso que se publicara el resultado de las votaciones punto por punto, de manera que se supo que el párrafo que menos consenso reunió –104 votos a favor y 74 en contra—fue el que abordaba la readmisión en los sacramentos de los divorciados vueltos a casar. Sí se aprobó, aunque con bastante discusión –118 contra 62—, el párrafo que plantea la atención pastoral a los homosexuales “con respeto y delicadeza” evitando la “injusta discriminación”.

Entre el peligro de dar la impresión de una Iglesia dividida o la de seguir siendo una Iglesia oscurantista, Jorge Mario Bergoglio decidió que era menos malo lo primero y azuzó el debate y lo divulgó. Al final, se dirigió a los padres sinodales –que tendrán que seguir trabajando en el documento hasta el Sínodo de 2015—y les invitó a seguir caminando, y discutiendo, juntos. “Habría sido muy triste”, dijo, “si hubiese reinado una falsa y tranquila paz”.

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