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Fernández Villa: la mano de hierro del sindicalismo minero en Asturias

El sindicalista que ocultó 1,4 millones lideró tres décadas una legión de militantes ugetistas

Fernández Villa junto a Zapatero en Rodiezmo en 2007. Ampliar foto
Fernández Villa junto a Zapatero en Rodiezmo en 2007.

José Ángel Fernández Villa (Tuilla, Langreo, 22 de diciembre de 1944) dirigió con mano de hierro el socialismo asturiano y el poderoso e influyente sindicato minero SOMA-UGT durante tres décadas, y lo hizo como si en ello le fuese la vida. No ha habido horas ni vacaciones ni descansos que haya sustraído desde 1978, y hasta su retirada definitiva de la secretaría general del sindicato en junio de 2013, a la lucha por el poder político y sindical.

Combativo y audaz, poliédrico y astuto, Fernández Villa se forjó luchando contra todo y contra todos. Desde que en 1978 se hizo con el control del histórico Sindicato de los Obreros Mineros de Asturias (SOMA), fundado en 1910 tras la gran derrota de los mineros en la “huelgona” de 1906, impuso en la organización un modelo de dirección fundamentado en un acusadísimo dirigismo personal que impuso hasta disipar cualquier nimio esbozo de oposición interna. Y lo hizo recurriendo a su capacidad natural de liderazgo, un acusado carisma, una personalidad combativa y capaz de conjugar de forma casi simultánea la dureza implacable con la emotividad sensiblera, un talento innato para manejar de forma muy eficaz los resortes de poder y un sentido del tacticismo que le permitió no hacer jamás un solo movimiento sin tener previsto de antemano la respuesta del contrario para cercenarle en la respuesta cualquier salida.

El control absoluto e incontestado del SOMA-UGT, en el que fue reelegido con mayorías del 95% y sin votos en contra en muchos de sus congresos, le permitió disponer de la capacidad de movilización de una legión de militantes ugetistas y socialistas cuando, a comienzos de la Transición, aún había en Asturias más de 30.000 mineros, con una tasa de afiliación de casi al 100% y que se repartían de forma muy mayoritaria el SOMA y CC OO.

Condicionó las listas electorales autonómicas y los gobiernos regionales

Con este volumen de militantes, herederos de una acusada cultura de la disciplina, capacidad de resistencia, sentido de la organización y espíritu de compromiso, que se habían ido transmitiendo de generación en generación como valores distintivos de una cultura forjada en las comarcas hulleras durante siglo y medio de movimiento obrero y numerosas etapas de cruda represión, Fernández Villa dispuso de una capacidad insólita de influencia política y social en el devenir asturiano como ningún otro dirigente en ese tiempo.

Sin embargo, y a diferencia de lo que ocurría en el seno de su organización y en los territorios carboneros -que, pese al declive crónico y a la grave crisis estructural y decadencia del sector, convirtió en un feudo de poder sociopolítico-, su proyección regional y nacional no fue plácida, sino tensa. La forjó combatiendo con facciones antagónicas, tanto en el seno de la Federación Socialista Asturiana (FSA-PSOE), como en la UGT regional. Nunca logró controlar el sindicato, en poder de los metalúrgicos, pero sí fue determinante en el partido, como líder de la facción mayoritaria, la corriente guerrista, y en el que se impuso durante tres décadas a los sectores críticos, vinculados a las comarcas marítimas y a los municipios siderúrgicos.

La influencia en el partido la manejó siempre desde la segunda fila. Nunca asumió la secretaría general y se limitó a controlar de forma mayoritaria el comité regional y la comisión ejecutiva, desde cuyos órganos condicionó los liderazgos orgánicos, las listas electorales autonómicas y los gobiernos regionales. Para ello se valió del control de las nutridas agrupaciones hulleras y de su predicamento y relaciones en las esferas nacionales del PSOE, de cuya comisión ejecutiva federal fue vocal entre 1979 y 1994.

Cmbinó la conflictividad durísima con el pacto tras negociaciones agotadoras

Que nunca quisiera asumir la primera línea de la política, pudiendo haberlo hecho, explica la compleja estructura de poder que estuvo vigente en la vida política regional entre 1977 y 2011, y que también reprodujo el PP regional la única vez que gobernó. El poder en Asturias se basó en ese largo periodo en un sistema de tricefalia por el cual el presidente del Gobierno autonómico no controlaba la jefatura del partido y el dirigente nominal de la formación política tampoco era el verdadero poder fáctico de la organización. La decisión última siempre estaba en la plaza de la Salve, en Sama de Langreo, sede del SOMA.

Este modelo, que permitía a Villa manejar el PSOE desde el comité y fiscalizar desde su escaño en el parlamento autonómico (fue diputado regional entre 1983 y 2006, y senador por representación autonómica) a los Gobiernos socialistas –con todos los cuales tuvo fricciones-, reproduce la personalidad de un dirigente calculador y reservado, que siempre se movió con soltura en la administración de los tiempos, en la dosificación revisable de las alianzas tácticas y en la escenificación medida y premeditada de gestos de complicidad y de desdén hacia sus colaboradores, correligionarios e interlocutores, en una suerte de repertorio de señales que le facilitaban el control de las situaciones sin verbalizar sus posiciones.

Es capaz de conjugar de forma casi simultánea la dureza implacable con la emotividad sensiblera

Esta suerte de esgrima gestual y dialéctica la utilizó con sus “lugartenientes” –que fue dejando caer uno tras otro-, la empleó con CC OO en la tenaz lucha por el control de la mayoría sindical en el sector minero -una pugna enconada en la que ambas organizaciones pasaron de la colisión frontal y de la animadversión recíproca a los acuerdos de unidad de acción y a la amistad de sus dirigentes-, la utilizó en la negociación colectiva en la gran empresa pública minera Hunosa -combinando la conflictividad durísima con el pacto tras negociaciones agotadoras durante meses y sesiones hasta las seis de la mañana en medio de una humareda de cigarrillos y habanos- y lo empleó contra los gobiernos nacionales de uno y otro color político en los tensos acuerdos de planes sectoriales, en los que se batió en las barricadas y protagonizó encierros como el épico que se produjo en un pozo minero contra el Gobierno Felipe González para arrancarle inversiones y prejubilaciones generosas a cambio de los cierres de explotaciones.

Con su esmerado sentido del pragmatismo y del valor escénico de los gestos, su gradual pérdida de poder en el socialismo a partir de los años 90 lo compensó desplegando una sintonía recíproca con algunos dirigentes nacionales y locales del PP, que, encaramados al Gobierno nacional en 1996, pasaron de la noche a la mañana de vituperarlo a elogiarlo hasta el encomio. Villa se dejó halagar, rentabilizó ante los mineros los abrazos de la derecha como armas para la conquista de logros sociales y los usó ante sus correligionarios como factor de tensión. Y todo ello mientras mantenía al tiempo el discurso mitinero de las esencias obreristas y de izquierdas, con una retórica contundente y combativa de frases dilatadas y encabalgadas.

Fue dejando caer a sus lugartenientes uno tras otro

Casado y padre de dos hijos, aquejado de algunas dolencias de espalda y cardíacas por las que operado en 1998 y 2009, cedió todos los poderes y, como estaba previsto, se replegó al SOMA y los territorios mineros, donde finalmente también dejó sus cargos el año pasado.

Nacido en Tuilla (Langreo) en una familia minera y cuyos padres regentaban un bar, el otrora todopoderoso dirigente de la minería asturiana, con una formación académica breve, se formó de forma autodidacta a base de lecturas y con los veteranos de la minería más concienciados y comprometidos. Comenzó a trabajar en la construcción y explotaciones mineras, sufrió algunos despidos por sus acciones sindicales (tuvo algún protagonismo a partir de 1969) y se fue a Madrid a trabajar antes de regresar a Asturias, donde se empleó en las empresas públicas Ensidesa y Hunosa. Algunos testimonios lo acusaron de haber mantenido contactos con la policía franquista pero él siempre lo negó y uno de los fundadores del sindicato minero asturiano de CCOO, Marino Artos, escribió en 2004 que él fue testigo de cómo Villa sufrió, como otros activistas sindicales, incluido Artos, el “secuestro” por policías de la brigada político-social dirigida por el comisario Claudio Ramos y que, como los demás, fue sometido a “presiones”.

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