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OPINIÓN

El falso dilema de la izquierda

"Que la izquierda se haya dejado seducir por el irracionalismo postmoderno es una prueba de la necesidad de obtener votos por parte de los partidos"

Jean-Christophe Cambadélis, primer secretario del Partido Socialista francés, en declaraciones el pasado lunes en EL PAÍS, hizo un breve y penetrante análisis de la actual crisis de la izquierda europea. "Todas las izquierdas europeas —decía Cambadélis— hemos perdido el debate cultural. La igualdad era antes el punto central del debate… Ahora ha pasado a primer término el concepto de identidad: la de mi pueblo, mi región, mi país… frente a Europa, la mundialización, la nación… Cataluña o el País Vasco, por ejemplo. La gran dificultad es volver a centrarnos en el tema de la igualdad. Y eso, cuando las circunstancias hacen imposible la redistribución".

Creo que Cambadélis acierta. Efectivamente, desde inicios de los años ochenta, se produjo un intenso movimiento ideológico de raíz liberal que, al amparo de notables figuras políticas como Thatcher y Reagan, recogieron la herencia de los economistas austríacos Von Misses y Hayek, una rama liberal desde hacía años olvidada debido al predominio de las ideas, liberales pero intervencionistas, keynesianas, que, en buena medida, aceptaron tanto los democristianos como los socialdemócratas.

Frente a este serio embate liberal ortodoxo, la reacción de la izquierda fue doble: reafirmarse en sus fundamentos clásicos —en especial, el intervencionismo estatista— o escapar por una nueva vía que en los últimos años venían patrocinando los pensadores postmodernos

Frente a este serio embate liberal ortodoxo, la reacción de la izquierda fue doble: reafirmarse en sus fundamentos clásicos —en especial, el intervencionismo estatista— o escapar por una nueva vía que en los últimos años venían patrocinando los pensadores postmodernos. Ambas reacciones fueron equivocadas. La primera no respondía con realismo y eficacia al nuevo escenario que planteaban los nuevos retos de la globalización. Por tanto, se impusieron las ideas liberales, especialmente las desreguladoras y privatizadoras, que fueron adoptadas por los partidos conservadores y, con ciertos retoques de carácter social, también por los partidos socialdemócratas.

La segunda reacción de la izquierda tuvo aún peores consecuencias. El postmodernismo supone, en el fondo, un rechazo de las ideas ilustradas y la vuelta a un romanticismo nihilista con un fondo nietzcheano, irracional. De ahí, entre otras desgracias, la insólita preocupación por las identidades colectivas, sean culturales, nacionales, de género o religiosas. La abundante proliferación de cultural studies en las universidades es buena prueba de ello. Que la izquierda se haya dejado seducir por tal mercancía es una prueba de la necesidad de obtener votos por parte de los partidos políticos y de la frivolidad o el interés de ir a la moda de académicos e intelectuales.

Las declaraciones de Cambadélis aciertan en el diagnóstico, pero no dan soluciones. Éstas no pueden basarse en los viejos esquemas del pasado, socialdemócratas o comunistas, ni adoptar las soluciones de los conservadores o enloquecer con el irracionalismo postmoderno, menos aún con la demagogia y el populismo. Igualdad, sólo igualdad, no identidad, es el emblema de la izquierda.