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Jack vuela sobre el campo de batalla

Los hijos de Edwards, brigadista inglés, esparcen sus cenizas en el valle del Jarama

Tenía solo 22 años cuendo dejó Liverpool para luchar en la Guerra Civil

La familia de Edwards, acompañada por un grupo de irlandeses, ingleses y españoles frente a la Colina del Suicidio, en el valle del Jarama.

No tenía familia ni amigos en España. Nunca había empuñado un arma. Tenía un trabajo (de mecánico), una novia (Ivy) y toda la vida por delante, pero con 22 años Jack Edwards lo arriesgó todo por luchar en una guerra que no era la suya, en un país en el que no había puesto un pie, España. Con otros jóvenes como él, algunos casi niños, abandonó Liverpool para enrolarse en las Brigadas Internacionales, el ejército de voluntarios extranjeros — 35.000, de 55 países— que apoyaron a los republicanos en la Guerra Civil. “Mi padre siempre decía que lo más importante que había hecho en su vida había sido luchar en España contra el fascismo”, explica Pete, su hijo, de 72 años, en un autobús al valle del Jarama para cumplir el último deseo de Edwards: que sus cenizas fueran esparcidas en el campo de batalla.

Le acompañan sus hermanos, Margaret y Colin, y una nieta de Edwards, Rachel, además de unos 40 ingleses e irlandeses que han venido a Madrid por los actos por el 77 aniversario de la batalla del Jarama, donde murieron muchos de sus compatriotas.

La primera parada es un modesto monumento en el valle, una placa con la bandera republicana en la que se lee: A Kit Conway y otros 200 internacionales del Batallón Británico caídos por la libertad. Danny Payne, coordinador del grupo, da algunas claves de la batalla: “Este pequeño valle se convirtió en una trampa mortal (...) Aquella es la colina que bautizaron como colina del suicidio” (...) No podían usar las metralletas porque toda la munición era equivocada, de otros calibres”....

Pete, Margaret, Colin y Rachel escuchan atentos el relato de las precarias condiciones, casi suicidas, en las que Edwards fue enviado a combatir. Después, se apartan ligeramente del grupo, extraen dos urnas, primero la de su madre, y luego la de su padre, y hacen volar las cenizas de Jack e Ivy por el valle del Jarama entre un emocionante silencio. Los Edwards extienden entonces una bandera republicana mientras Manus O’ Riordan canta su versión de The Galtee mountain boy, una canción de la Guerra de independencia de Irlanda adaptada para homenajear a los brigadistas “que lucharon por la libertad”.

Los hijos y la nieta del brigadista inglés Jack Edwards esparcen sus cenizas en el valle del Jarama, donde luchó en la Guerra Civil.

Ivy, aquella novia que Edwards había dejado en Liverpool para luchar en la Guerra Civil, recolectó dinero desde Inglaterra para los republicanos españoles y empezó a estudiar enfermería. “El plan era reunirse con mi padre en la guerra y ayudar como enfermera, pero no le dio tiempo. Franco ganó antes”, explica Pete Edwards. Su padre falleció en 2011, a los 97 años. “Ella murió antes. No pudo ver cómo en 2009 le dieron el pasaporte —la ley de memoria histórica concedió la nacionalidad a los brigadistas sin que tuvieran que renunciar a la suya— . ¡Mi padre estaba tan orgulloso de aquel pasaporte!”, recuerda Pete. “Fue una pena que mi madre se lo perdiera. Ella quería estar con él, y mi padre estar aquí, por eso les hemos traído”.

Los ojos de Pete se humedecen. “Estoy muy contento de haber venido. Ahora por fin puedo imaginarme a mi padre aquí. Había leído en libros sobre la colina del suicidio pero ahora la he pisado, sé como es, conozco el lugar donde luchó mi padre. Estoy muy orgulloso de él”, dice. Su hermano Colin, que lleva una camiseta en la que se lee No pasarán, mira alrededor, emocionado. Imaginándose a su padre en aquellas colinas, mal armado, mal preparado, pero decidido a arriesgarlo todo para defender un país que no correspondió a su gesto hasta que en 2009 le entregó un pasaporte. “El corazón de mi padre siempre ha estado aquí, en España”, explica Margaret. “Aquí, en el valle del Jarama fue herido de bala, en un pie. Lo evacuaron al hospital, pero no quiso volver a casa aún”.

Edwards había tenido mucha suerte. Sobrevivió, pero vio morir a su lado a su mejor amigo y a otros muchos compatriotas. El primer día de combate del batallón británico, el 12 de febrero de 1937, de cerca de 600 quedaron menos de 200 vivos. El segundo día se unieron a ellos jóvenes españoles. La mayoría, calzados con alpargatas. Se enfrentaban a un ejército profesional, para el que la guerra era un oficio, mejor armado y superior en número, y lo hacían con solo una taza de café bailándoles en el estómago.

Tras abandonar el hospital, Edwards perdió el rastro de los brigadistas pero se enroló en una unidad republicana en Valencia. Fue el último brigadista británico (no prisionero) en abandonar España, en marzo de 1939. “Cruzó a pie, solo, los Pirineos. Vivía de lo que iba encontrando y de lo que la gente le daba. Los españoles tenían muy poco, pero lo compartían. Muchos le daban sangre frita de oveja. ¡Decía que le encantaba!”, recuerda Pete. “En París fue a la embajada británica, pero no le recibieron precisamente con los brazos abiertos”. Después, sirvió a la RAF (Real Fuerza Aéra) británica en la II Guerra mundial. “Para él, aquello fue la continuación de la Guerra Civil. España era el primer escenario de esa gran guerra contra el fascismo”.

Pete confiesa que su padre estaba decepcionado con España. “Le entristecía lo poco que se había hecho por las víctimas [del franquismo], por buscar a los desaparecidos, y el hecho de que no se enseñara en las escuelas. Supongo que aquí todo es más difícil porque la guerra dividió a las familias y no es fácil olvidar. Todavía se ve mucha oposición y muchos monumentos a los falangistas. Pero ya es hora de que esto se hable y se solucione”, opina.

Por la colina del suicidio suben 77 años después, cuarenta irlandeses e ingleses, algunos de más de 70 años, haciendo un descomunal esfuerzo solo para ponerse en la piel de los que más admiran, sus compatriotas brigadistas. “Vienen todos los años. Son sus héroes y no quieren renunciar a ellos”, explica Óscar Rodríguez, de la Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales (AABI). “En España, lo más parecido a ese sentimiento lo encarnarían los poetas, como Miguel Hernández”. Severiano Montero, también de la AABI, les explica cómo sucedió todo. “Quedó tanta metralla en este lugar que durante 10 años alimentó a un montón de familias, que la vendían”. Y no solo metralla. Bajo las colinas yacen aún los restos de decenas de hombres que habían decidido obedecer la orden del mando: “Resistid a toda costa”.


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