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Una mujer empecinada

La infanta Cristina ha cerrado filas con su marido

De momento no se plantea ni separarse ni renunciar a sus derechos dinásticos

La infanta Cristina, llega a su trabajo el pasado abril.
La infanta Cristina, llega a su trabajo el pasado abril. EFE

La infanta Cristina (Madrid, 1965) telefoneó a su padre y le comunicó que al día siguiente acudiría a verle al hospital con su marido, Iñaki Urdangarin. Era noviembre de 2012, don Juan Carlos estaba ingresado en la clínica Quirón para ser intervenido por tercera vez de la cadera y La Zarzuela llevaba más de un año intentando evitar lo que doña Cristina estaba a punto de provocar: la aparición en público de toda la familia real, incluido el imputado duque de Palma. Finalmente, la Reina, la Infanta, Urdangarin y el mayor de sus hijos llegaron en un coche y quince minutos después, en otro, los Príncipes. Coincidieron en la habitación del Rey, pero no ante las cámaras porque los más interesados, el equipo de La Zarzuela y los propios Príncipes, lo evitaron. La anécdota, en cualquier caso, revela hasta qué punto doña Cristina ha cerrado filas con su marido.

Por la cabeza de la hija menor de los Reyes no pasa, según fuentes de su entorno, la idea del divorcio. Tampoco piensa de momento renunciar a sus derechos, pese a que sería un gesto meramente simbólico, ya que doña Cristina es la séptima en la línea de sucesión al trono, tras el Príncipe, sus dos hijas, su hermana Elena y sus dos sobrinos.

La Zarzuela no pregunta por ella en las encuestas que recibe cada quince días para pulsar el grado de popularidad de la institución y del núcleo duro de la familia real —Reyes y Príncipes—, pero decidió apartarla de la vida oficial de la Casa casi al mismo tiempo que a Urdangarin.

Durante mucho tiempo había sido la imagen de la modernidad en una institución como la Corona. Fue la primera mujer de la monarquía española con título universitario —se licenció en 1989 ciencias políticas por la Universidad Complutense —. Aquel año, doña Cristina manifestaba valorar “la sencillez, el sentido del humor y la naturalidad”. Dos años más tarde, en un desayuno con periodistas españoles en la sede de la Unesco en París, muy nerviosa ante su contacto con los medios, explicaba su deseo de tener una profesión y su intención de casarse por amor.

En 1992 se trasladó a vivir en Barcelona, donde compartió piso con una amiga del mundo de la vela, Vicki Fumadó, y en 1993 empezó a trabajar en La Caixa con un sueldo inicial de 1.200 euros mensuales.

Conoció a Urdangarin en el verano de 1996, en un acto organizado por el Comité Olímpico Español, y anunciaron su compromiso el 30 de abril del año siguiente, tras nueve meses de relación. Como regalo de boda, el Rey le concedió el título de duquesa de Palma.

Cuando se comprometieron, doña Cristina ganaba 200.000 pesetas al mes en La Caixa y Urdangarin tenía una ficha de 10 millones de pesetas al año como juzgador de balonmano del Barcelona.

Pero su tren de vida subió, como el de Urdangarin. Hasta que el matrimonio se compró, con un préstamo de La Caixa y otro del Rey, el monumental palacete de Pedralbes. Costó seis millones de euros y en su reforma aseguran haber invertido otros tres.

Mientras estuvo en nómina de La Zarzuela, es decir, mientras realizó actos oficiales y cobró por ello la asignación en concepto de gastos de representación que don Juan Carlos distribuye a su criterio entre los miembros de la familia, recibió transferencias de la Casa del Rey por valor de 79.366,32 euros en 2007 y 75.877 euros en 2008. La Zarzuela no ofrece el desglose de esa asignación que distribuye el Monarca pero los datos se hicieron públicos en el striptease de las cuentas de la Infanta que ha provocado la investigación del caso Nóos.

Desde finales del verano vive en Ginebra. El matrimonio había decidido meses antes que sus hijos no empezarían un curso escolar más en Barcelona para alejarlos del escándalo y las burlas por la imputación de su padre. Urdangarin pasa largas temporadas con ellos en el ático de lujo en el que doña Cristina vive ahora, pero él mantiene su residencia en Barcelona. La Caixa encontró acomodo para la Infanta en Suiza como antes había sido Telefónica quien había buscado un puesto para el duque de Palma lejos de España, en Washington.

 

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