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OPINIÓN

¿Aznar vuelve o devuelve?

Se puede salir de la nada y llegar a la más profunda de las miserias. Pero no sabemos cómo se da el salto de referente a desreferente

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José María Aznar vestido de Cid Campeador, en 1987.

Sabemos por Groucho Marx que se puede salir de la nada y llegar, a base de trabajar y trabajar, a la más profunda de las miserias. Pero no tenemos ni idea de cómo se da el salto de referente a desreferente. A lo mejor no se da una vez, sino a plazos, como en las carreras de obstáculos. Empieza uno disfrazándose de Cid Campeador y acaba con los pies encima de la mesa, imitando a Bush en una escena digna de Zelig, la película de Woody Allen en la que el protagonista, un tipo inseguro, se transforma literalmente en la persona que tiene al lado para pasar inadvertido. Lo que parecía sin embargo una solución a su complejo de inferioridad, multiplica el problema, ya que, en vez de confundirse con el paisaje, acaba destacando en él más que una gota de semen en una sotana.

Significa que cuando Aznar se disfraza de Cid Campeador en medio de Castilla, dejas de ver Castilla, por mucho lugar que ocupe en la foto o en la historia, pues todas tus energías mentales se desvían hacia el camaleón. No puedes dejar de observar a ese Cid de mirada mezquina, que parece sacado de una tienda de chinos, como no puedes dejar de mirar, en un terrario, al saurópsido escamoso que cambia su color natural, si lo tiene, por el del ambiente en el que se encuentra.

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Aznar hace una peineta a unos estudiantes que le increpaban en la Universidad de Oviedo, en 2010. REUTERS

¿Creen ustedes que alguien obligó a Aznar a colocarse el yelmo de Rodrigo Díaz, que le cae como a un Cristo dos pistolas? ¿Creen que recibió órdenes de poner los pies sobre la mesa con ese gesto de borrachín que en un exalcohólico yanqui, con las neuronas destrozadas, podría pasar como idiosincrásico, signifique lo que signifique idiosincrásico, pero que produce lástima en un dirigente de la vieja Europa? ¿Creen que alguien le puso una pistola en el pecho para aparecer en la fotografía de las Azores con ese rizo de superhéroe, cuando lo que se estaba fraguando era un asunto de villanos, una historia de criminales natos que ha provocado más de cien mil muertos entre la población civil de Irak? ¿Creen que alguien sugirió al expresidente que hiciera la peineta en la universidad de Oviedo para adaptarse al supuesto desenfado de una atmósfera estudiantil? ¿Creen que montó sin darse cuenta, por mero amor paterno-filial, esa boda esperpéntica, llena de gánsteres, sobre la que dentro de un siglo se continuarán escribiendo sainetes? ¿Creen que un asesor de imagen le aconsejó la utilización del acento tejano en aquella histórica rueda de prensa posterior a su reunión con Bush?

En absoluto, todo lo hizo voluntariamente, estimulado por un ardor colérico, para tapar ese agujero lleno de ruido y furia de su psique, el agujero donde en otros se halla la identidad. Si no soy capaz de ser Aznar, se dijo, seré el Cid Campeador, seré George W. Bush, incluso seré Berlusconi (lleva un tiempo intentándolo), cualquier cosa antes que soportar este vacío que ni el bigote primero, ni los abdominales después o los pectorales más tarde han logrado ocultar a los otros y a mí mismo. Un problema esto de no gustarse, se lo digo a ustedes por experiencia propia. Yo mismo daría cualquier cosa por ser otro, aunque no encuentro el interruptor del cambio. Quiere decirse que soy la primera desreferencia de mi vida al modo en que otros son alérgicos a la propia caca. Y perdón por esta incursión subjetiva, de orden personal, en un texto de carácter científico.

Referentes y desreferentes, decíamos. Desde lo de Aznar en Antena 3, donde, transformado miméticamente en su perro, cogió a Rajoy por el cuello y no lo soltó ya el resto la noche, muchos militantes del PP, no sabiendo qué opinar, por si Aznar vuelve, o qué desopinar, por si devuelve, se limitan a afirmar que el expresidente es una referencia.

— José María Aznar es una referencia en el partido.

La frase compromete poco. Se puede decir de cualquiera que haya salido tres o cuatro veces en la tele. Se puede decir de Bárcenas, de Blesa (que intenta ser el Zelig de Aznar, aunque no le llega), se puede decir hasta de Urdangarin, que hacía con su señora muchos chistes sobre el expresidente.

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José María Aznar, con las piernas encima de la mesa, igual que George W. Bush, en un descanso de una cumbre del G-8, en Canadá, en 2002.

— Urdangarin es un referente.

— Referente de qué.

— Ahí es donde usted me ha pillado, solo pretendía ser amable.

Quiere decirse que cuando se afirma de alguien que es una referencia conviene añadir un complemento, de otro modo podría interpretarse como que en realidad se ha querido expresar lo contrario. En efecto, Urdangarin, de ser una referencia, sería de carácter negativo, en otras palabras, una desreferencia. Si lo único que son capaces de predicar de Aznar en el PP es que es una referencia, así, a secas, mal asunto. Significaría que, a lo largo de la carrera de obstáculos que ha constituido su vida, reflejada en un álbum de fotos que da vergüenza ver, ha devenido de referente en desreferente. Por no decir que, habiendo salido de la nada, ha llegado, a base de trabajar y trabajar, a la más profunda de las miserias.