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El barco que hundió a su capitán

Un armador gallego que consiguió regresar a casa tras ser retenido en Liberia por pesca ilegal repasa los dos años de pesadilla en los que su buque se convirtió en una prisión mortal

Santiago de Compostela 19 MAY 2013 - 00:00 CET

Alberto Suárez estaba reunido con funcionarios liberianos rematando los detalles para el fin de su cautiverio. Fue entonces cuando sonó el teléfono. Nada más responder, volvió esa sensación de derrota. Hacía 22 meses que había salido de las costas gallegas a bordo de su palangrero de 35 metros, y cuando parecía que finalmente las autoridades de Monrovia iban a dejarle regresar a casa, llegó la llamada con la noticia: en la bodega de su barco había un hombre muerto.

Como la mayoría de los nacidos en Aguiño (A Coruña), la familia Suárez siempre ha vivido del mar. Consciente de que sus costas ya daban para poco, Alberto, ahora con 34 años, dio el salto. Estudió el mercado y llegó a la conclusión de que el dinero vivía en el cangrejo, y el mejor caladero se encontraba en África occidental. En 2007 embarcó en su nave, el Eros, y navegó hasta allí. Primero fue a Gabón, y las cosas funcionaron. En seis meses podía pescar por valor de 150.000 euros. Hasta que la UE y Gabón cerraron un acuerdo sobre cuotas de atuneros y grandes pesqueros que dejaba fuera su arte, el de la nasa. Así que en 2010 se desvió a Liberia, donde se podía operar con acuerdos privados con el Estado. Liberia obligaba a gestionar los permisos con una agencia intermediaria. Suárez lo hizo con la surcoreana Inter Burgo: 40.000 dólares por seis meses de licencia. Renovó el contrato varias veces, hasta el 14 de febrero de 2012.

Ese día, el Eros estaba descargando en Freetown (Sierra Leona) cuando Suárez y sus 18 tripulantes de Senegal, Guinea Bissau, Sierra Leona y Liberia fueron interceptados y escoltados a Monrovia. Su Gobierno les acusaba de sabotaje económico por entender que su licencia estaba caducada y la habían adulterado. Suárez sostiene que la agencia la había ampliado hasta el 19 de febrero, una información que no se ha podido aclarar con Inter Burgo, que no ha respondido a las llamadas al respecto.

Un simple problema administrativo iba a transformarse en una pesadilla. Tras un año largo retenido en Liberia, Suárez logró escapar de su infierno en África hace solo tres semanas. Ahora se refugia en la bruma de la costa gallega. La entrevista con él arranca en un bar frente a la lonja de Aguiño. Es el único abierto esa mañana gris y tristona. El puerto está vacío. Solo una gaviota cruza el paso de cebra. Los marineros se protegen de la lluvia en la terraza del bar viendo las maniobras de las embarcaciones en el mar; en el interior, un grupo juega a la escoba bajo un cuadro de nudos; en la barra, un señor con bigotillo bebe vino y canta una copla cada vez que alguien le da pie.

Dos de los marineros han muerto, uno de ellos intoxicado por la carga putrefacta de cangrejo de la bodega

Sentado frente a la diminuta taza de café, el cuerpo y la mirada de Suárez son los de un gran animal abatido. Los paisanos le saludan cariñosamente. “Tirando”, contesta siempre que le preguntan cómo va. Luego aclara que el futuro de su tripulación, que sigue en Liberia, es el peso que le hace encorvar las espaldas: “Mi prioridad es arreglar eso y que vuelvan a sus casas”.

Después de su detención, Suárez pagó un aval de 100.000 euros mediante su aseguradora, pero Liberia le retiró el pasaporte. Los funcionarios le citaban una y otra vez a reuniones que luego se anulaban, y ni España ni Portugal —país donde estaba matriculado el Eros— conseguían impulsar una solución. Siendo ciudadano de un país y armador de un barco con bandera de otro, en un primer momento no quedaba claro quién debía presionar para acelerar su libertad. El Ministerio de Exteriores español asegura que el embajador de Costa de Marfil se volcó con el caso y que visitó dos veces a Suárez. Este reconoce que la ayuda española ha terminado siendo fundamental, especialmente a partir de que en junio se estableciera en el país representación diplomática.

Difícil convivencia

Monrovia obligó el primer mes al armador a vivir en un hotel, hasta que consiguió un permiso para trasladarse junto con sus marineros al barco, con cocina y aire acondicionado. Pero fondeados en las aguas estancas del puerto de Monrovia, a 38 grados de temperatura y golpeados por el abrasador viento del Harmattan, el drama echó a rodar. En mayo, uno de los tripulantes liberianos del Eros murió de un problema cardiaco mientras estaba en su casa. “No tuvo nada que ver con el barco, pero yo era su capitán”, cuenta Suárez. “Lo metí en un hospital y no salió adelante”.

Los hombres veían cómo se iban disolviendo en un pesado limbo. Acostumbrados a largas travesías, pensaron que en el barco podrían resistir unas semanas, pero cuando estas se convirtieron en meses, el Eros se transformó en una cárcel.

Cada mañana Suárez desembarcaba para comprar víveres. Mientras, los marineros pasaban los días tumbados al sol. Entre comidas, salarios y gasóleo, el patrón invertía 400 euros diarios, que iba pagando gracias a la ayuda de amigos y familiares. Las extorsiones para introducir los víveres subían su precio.

La tripulación cada vez se sentía más frustrada. Los silencios se cargaban de reproches, y las pupilas rodaban aburridas por cubierta sin más señuelos que la ropa colgada, los restos de comida y el metal crecientemente herrumbroso. Era la mirada del náufrago ante la última galletita salada. En sus países el tiempo continuaba corriendo, y les llegaban noticias de nacimientos, enfermedades y muertes en los que no podían estar presentes. Se lo echaban en cara a su capitán. “Era una presión horrible”, recuerda Suárez. “Ver cómo 15 personas se vuelven contra ti”, dice. “No llegamos a las manos, pero las discusiones eran muy violentas”.

Así que, tras tres meses, Suárez dejó el barco y se trasladó a vivir a casa de uno de los 25 españoles de Monrovia. Desesperado, su único horizonte en la ciudad eran las reuniones con el Gobierno. Los expats, la comunidad de diplomáticos y miembros de ONG, organizaban fiestas a las que cada vez le apetecía menos ir. Se desvaneció hasta el apetito por hablar con su familia por Skype, incluido su niño de tres años, al que no había visto en los dos últimos. “Tratas de tranquilizarles y no puedes, así que es mejor no verlos. Todo el día ocultando calamidades. Y ellos ocultándomelas a mí”, cuenta.

Cadena de muertes

Las negociaciones siguieron avanzando lentamente gracias a la presión de la UE y España. Hasta que Suárez firmó un acuerdo para pagarle a Liberia 90.000 euros de compensación por pesca ilegal. Cuando parecía que estaba todo arreglado, el 9 de abril llegó la llamada. “Estaba en una reunión. Eran los marineros diciendo que ocurría algo horrible. Avisé a una ambulancia”, recuerda Suárez. Cuando llegó al barco se encontró con que Sega Sow, uno de los senegaleses, había bajado a ver la carga de cangrejo de la bodega. “Al abrir una caja, se quedó inconsciente por los gases que habían salido. Cayó y la cara le quedó sobre uno de los charcos formados por el hielo. Se ahogó”.

El consulado de Liberia en España explica que no tiene la potestad para confirmar la veracidad de esta historia. El Ministerio de Exteriores tampoco se compromete. Por aquella época, Suárez no se hablaba con sus marineros. Asegura que no le habían advertido de que se había podrido la carga de cangrejo, con un valor de más de 100.000 euros. “Yo seguía hasta comprando el gasóleo para el frigorífico. Luego vimos que durante dos días hubo un corte de electricidad en la refrigeración: ahí se echó a perder”.

Suárez dejó de hablarse con sus marineros:
“Es una presión horrible ver cómo 15 personas
se vuelven contra ti”

Ahora el cadáver del senegalés espera la autopsia y la repatriación en la morgue de un hospital privado. Monrovia interpreta que el responsable civil de la muerte es Suárez. El empresario sostiene que es de Liberia porque el barco en ese momento estaba confiscado por su Gobierno.

Y mientras, en España el tiempo también había corrido. Una de las desgracias que su familia le había ocultado a Suárez era la enfermedad de su hermana. Solo le avisaron el día en que murió, pocos días después de Sega Sow. “Ya estaba acelerando el salvoconducto para venir a España a negociar los préstamos con los bancos, pero me permitieron adelantarlo”, cuenta.

Ahora el antiguo capitán pasa sus días en casa intentando conseguir el crédito con el que pagar, además del acuerdo, los salarios de la tripulación y su vuelta a casa —una cantidad que oscilará entre 50.000 y 100.000 euros, dependiendo de cómo terminen las negociaciones—. Recuperar el barco es secundario. Está valorado por su seguro en 1.600.000 euros, pero las fotos retratan un buque deteriorado como resultado de los dos años de fondeo. Suárez bebe café y espera una cita con la secretaría de pesca portuguesa para tramitar un pasavante que le permita regresar la nave, arreglarla y replantear su futuro.

Alberto Suárez es consciente de que su historia puede suscitar sospechas como consecuencia de haber optado por una bandera portuguesa, además de haber asumido ante Liberia que pescaba ilegalmente en sus aguas. Asegura que lo primero se debe a que le era mucho más barato matricular su barco en el país vecino; y aunque admite que el acuerdo le da aspecto de culpable, insiste en que no veía otra solución: “Si no, el proceso se podía alargar cinco años”.

El Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medioambiente explica que situaciones como la del Eros se han repetido con muchos barcos a los que Liberia ha acusado de pescar con licencias falsas a pesar de tener permisos de intermediarios. Los conflictos por pesca irregular en África se suelen resolver con sanciones o una amonestación. El problema con este caso es que se enquistó. El precario equilibrio de Liberia, un país salido de dos guerras civiles y con el 85% de habitantes pobres, ha lastrado las soluciones.

Mientras cruza los dedos para no recibir más malas noticias de África, la vida de Suárez sigue girando alrededor de una melancólica espera, aunque ahora en su pueblo. Si recupera el barco, lo más lógico sería regresar a Liberia con seis marineros y traerlo de vuelta “Ya veremos. A mi mujer no le hace mucha gracia. A mí tampoco”.

 

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