Política

Rota, misiles que traen alquileres

Unos 3.400 estadounidenses llegarán con los buques del escudo de la OTAN.

Muchos vivirán en el pueblo. En la base ya no caben

Tom Brenan, veterano militar estadounidense y McLary, recién llegado a Rota le aconseja que no se quede en la base y salga a divertirse / CRISTOBAL MANUEL

Si no fuera porque sus habitantes van vestidos de verde y caqui y porque hay que pedir permiso para entrar, la base militar de Rota, en Cádiz, parecería un pueblo cualquiera... de EE UU. Con sus Kentucky Fried Chicken, sus heladerías Baskin Robbins, su autocine, sus partidos de béisbol. Con sus niños jugando al baloncesto. Con su bolera y su campo de golf. Con su hospital, su iglesia y sus chalés pareados y barbacoas. Con sus atascos a la hora de salir de trabajar —cada día entran en el recinto 18.000 personas y 9.000 vehículos— y un guardia de tráfico que es, en realidad, un militar. Y, como en cualquier otro pueblo, con locales que cierran por la apertura de un centro comercial.

Entrar en la base de Rota, con casi 60 años de historia, es entrar en un pueblo americano. Las instalaciones, de 2.300 hectáreas, con un perímetro de 26 kilómetros y un frente marítimo de 6, ocupan casi un tercio del término municipal. Tiene una población de 20.500 personas, entre marinos españoles (8.728), militares estadounidenses (2.156), sus familias (unos 3.000 españoles y casi 2.000 americanos) y unos 1.500 empleados. Su dimensión —es la única en Europa que tiene puerto y aeropuerto— y su influencia en los roteños es tan grande que cuesta decir qué pueblo engendró a cuál: si la base está dentro de Rota o Rota dentro de la base militar.

EL PAÍS ha visitado esos dos pueblos: Rota y su base, para analizar el impacto mutuo y las expectativas generadas ante el sorpresivo anuncio del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, que inauguró su mandato comunicando la retirada de tropas de Irak y lo despidió informando, a mes y medio de las elecciones generales, de que Rota acogería el componente naval (cuatro buques destructores) del escudo antimisiles de la OTAN, una medida que suponía el mayor incremento de presencia militar estadounidense en suelo español de las últimas décadas. “Lo hacemos convencidos de que este compromiso con la defensa colectiva es una garantía también para la defensa de nuestro territorio y de los españoles”, dijo en la sede de la OTAN el 5 de octubre de 2011 ante el secretario general de la Alianza Atlántica, Anders Fogh Rasmussen, y el secretario de Defensa de EE UU, Leon Panetta. “Generará un millar de puestos de trabajo directos e indirectos”, prometió.

Zapatero anunció  mil nuevos puestos de trabajo. Pero un mando militar asegura que los planes son reducir contratados

No fue Zapatero, ni nadie de su equipo, quien firmó el acuerdo con EE UU, porque mes y medio después el PSOE perdió las elecciones. Lo firmó el ministro de Defensa del Gobierno de Mariano Rajoy, Pedro Morenés, con su homólogo estadounidense el pasado 10 de octubre. Durante las negociaciones con Washington, que se prolongaron nueve meses, Zapatero ya había consultado con el líder del PP, entonces favorito en las encuestas, su apoyo a la iniciativa.

Pero los puestos de trabajo no están garantizados. Ni siquiera para los ahogados astilleros de San Fernando. España no lo ha exigido así. El mantenimiento de los cuatro buques estadounidenses saldrá a concurso. No se sabrá quién obtiene el jugoso contrato (unos 8,4 millones anuales) hasta la primavera.

Los americanos no pagan impuestos en los locales del recinto. “La base no puede ser un paraíso fiscal”, clama la alcaldesa

“No se van a crear más puestos de trabajo porque los americanos tienen 1.100 civiles contratados y hace tiempo que los quieren reducir”, asegura un mando de la base. “¿Qué gana España? Prestigio. ¿Y qué gana Rota? Que los militares que vienen no van a vivir en la base, porque ya no caben. De hecho, están haciendo obras para convertir los chalés pareados en uno solo porque quieren casas más grandes. Van a alquilar sus viviendas fuera y van a consumir”.

El capitán Scott C. Kraverath, la máxima autoridad americana en la base, el alcalde de este pueblo, tampoco habla de puestos de trabajo, ni mucho menos del “millar” que prometió Zapatero. “Aunque hay muchos factores implicados para poder facilitar una cifra exacta sobre el impacto económico que el despliegue de estos cuatro buques supondrá, la cantidad estimada de 1.300 militares [que vendrán a Rota con el escudo y que no sobrepasan el tope fijado en el convenio con España: 4.750], civiles y aproximadamente 2.100 familiares, tendrá sin lugar a dudas un impacto positivo en la economía local”, afirma diplomáticamente. Llegó a la base hace 18 meses para poner en marcha el escudo y se irá en mayo. Se ha mudado 15 veces en 20 años.

Una vista de Rota desde la playa. / CRISTOBAL MANUEL

“Se vendió como una panacea, pero no va a ser todo tan paradisiaco”, explica la alcaldesa, Eva Corrales, del PP, quien confía, eso sí, en que los americanos alquilen y consuman en el pueblo. De hecho, quiere que el Ministerio de Defensa le ayude a cofinanciar una quinta puerta en la base para que los nuevos inquilinos puedan acceder sin atascos a una zona de urbanizaciones. Rota tiene 29.125 habitantes, 14.000 viviendas de segunda residencia y 4.455 parados. La tasa de paro es ligeramente inferior a la de otros municipios de la provincia con población similar. Pero el efecto riqueza de la base, que para la alcaldesa es “la empresa más importante de Cádiz”, se ha ido diluyendo. El capitán de navío José María Caravaca, en la base desde hace 26 años, mantiene que las instalaciones “irradian 400 millones de euros al año en la zona” entre nóminas de empleados y relaciones con 700 empresas.

Los roteños esperan con ansia la llegada de esos militares que trae el escudo porque confían en recuperar así un poquito de “los buenos años”, cuando en Rota había 11.000 americanos (militares y parientes), 4.000 familias viviendo de la base —ahora son 1.000— y taxistas que trabajaban sin parar y ganaban tanto dinero que diversificaron su economía comprando casas para alquilar a los estadounidenses. Como el padre de José, que espera aburrido, sin clientes, en la parada de taxis a la puerta de la base. “No le veíamos el pelo en casa porque estaba siempre trabajando. Dormía cinco horas. Ganaba más con las propinas que por las carreras y compró una casa que luego alquiló a los americanos. Lleva cinco años vacía. Dentro de la base ahora tienen una empresa que les ayuda a buscar vivienda”. Ernesto, delante de otro taxi parado, explica: “Esto era la gallina de los huevos de oro. Ahora solo pone huevos negros. Hay muchos menos americanos y salen menos”.

Los estadounidenses llaman “rata de base” a los que nunca salen al pueblo y prefieren ir al cine, a comer o al gimnasio dentro de las instalaciones militares. No son pocos. La alcaldesa de Rota mantiene que cuando Zapatero no se levantó al paso de la bandera estadounidense en el desfile de la Fiesta Nacional de 2003, los americanos dejaron de salir a consumir al pueblo en represalia. Tom Brenan, de 58 años, llegó a la base desde Idaho en 1978. En el hospital del recinto nació su hijo en 1980. Hoy solo tiene un consejo para McLary, un estadounidense de 37 años recién llegado: “Sal de la base. Conoce gente. Aprende”.

Muchos de los que salieron se casaron. “Hubo cierta caza del americano”, cuenta un veterano militar de la base. En 1965, un 20% de los matrimonios en Rota eran enlaces entre roteña y estadounidense. En 1970, un 22%, recoge Alejandro Román en su estudio La población de Rota durante el franquismo. En 1950 tenía 10.193 habitantes. Diez años después eran 16.856, y en 1981, 25.981.

Un administrativo y un militar en una cafetería en la base militar / CRISTOBAL MANUEL

Cuando hablan de “los buenos tiempos”, muchos roteños se refieren a la época en la que en Rota había submarinos nucleares estadounidenses (1963-1978) y 5.000 americanos más, y sobre todo, a antes del euro. “Eso cambió mucho las cosas”, cuenta Antonio Franco, concejal de IU. “Hace 30 años, un militar que ganaba 1.000 dólares tenía un sueldo equivalente a unas 200.000 pesetas, que muy poca gente ganaba en España”. Brenan lo corrobora: “Rota ha cambiado mucho. Cuando llegué, la mayoría de las casas no tenían teléfono. Hoy es todo mucho más caro”.

Los estadounidenses “repartían dólares como si fueran estampitas de la Virgen. Y los roteños dejaron el campo y se fueron a trabajar para ellos”, explica Ana María Expósito, vicepresidenta de la asociación de empresarios, comerciantes e industriales de Rota. “Mi padre, albañil, se fue a trabajar a la base de camarero y ganaba un 35% más que un camarero del pueblo. Hoy tiene una pensión fabulosa. La base nos sacó adelante a los seis hermanos. Los domingos, mi padre me llevaba a comer a la pizzería que hay dentro —tiene tanto éxito que hay quien se cuela en los maleteros de los coches para comer ahí— y luego a tomar un helado al Baskin Robbins. Era un día redondo”, recuerda. “Aquí es muy difícil encontrar a gente contraria a la base. Los que se oponen son gente de fuera”.

“Todo el mundo tiene claro que es una fuente de riqueza”, insiste José Javier Ruiz, concejal socialista en el Ayuntamiento. “Aunque genera una servidumbre y hay mucha gente de fuera que piensa que Rota es solo una base. No se imaginan que aquí hay un castillo, y una iglesia...”.

Es cierto que en Rota es difícil encontrar a gente contraria a las instalaciones militares. Y mucho más a gente que cuando se le pregunta por el escudo antimisiles responda hablando de misiles, de Irán o de peligro en lugar de americanos, alquileres y restaurantes. La plataforma andaluza contra las bases militares, que agrupa a diversas asociaciones, sindicatos y grupos ecologistas, organiza todos los años una marcha para mostrar su rechazo a las instalaciones. Izquierda Unida acude, pero con una pancarta propia en la que se lee: “Menos servidumbre militar, más alternativa laboral”. El coordinador de la formación en la localidad, Manuel Carmona, explica lo difícil de su posición: “El lema de OTAN no, bases fuera aquí equivale a mandar a 1.000 familias al paro. Es el único motor económico del pueblo. Lo que pedimos es una compensación por la servidumbre militar: Si están, que paguen. Con esa compensación podríamos fomentar otras fuentes de ingresos. Porque si el día de mañana los americanos dicen que se llevan la base a Gibraltar porque allí habla todo el mundo inglés, aquí nos quedamos a dos velas”. Su padre trabajó en la base de carpintero.

“La única inversión que se plantea un roteño es comprar una casa para alquilarla a los americanos. La base ha matado el espíritu emprendedor. Nos ha acomodado y además es un tabú. Si la criticamos, somos los demonios del pueblo”, confiesa Manuel Jesús Helices, edil de IU en el Ayuntamiento. “A la gente le da miedo morder la mano que le da de comer”, concluye Carmona.

La alcaldesa está enfrascada en una ardua negociación con el Gobierno central, de su mismo partido, para recibir una compensación por los impuestos que deja de ingresar en las instalaciones militares: por obras, IBI o vehículos. “La base no puede ser un paraíso fiscal y así se lo hemos dicho al Ministerio de Hacienda. No podemos permitir que haya un pueblo dentro de otro pueblo y que uno pague impuestos y otro no”. El viernes pasado consiguió la autorización para cobrar el impuesto de vehículos.

La negociación con la Administración central es el último cartucho del Ayuntamiento después de que el Supremo fallase que el Consistorio no puede cobrar el IBI a los edificios de la base que no tienen fin militar, como las pizzerías, heladerías o viviendas, y por las que el Consistorio esperaba recaudar 1,3 millones de euros al año. La batalla por el cobro de impuestos se remonta a los ochenta y en ella han estado unidos todos los partidos de Rota frente al Gobierno central. En 2002, el mismo Tribunal Supremo dio la razón al Ayuntamiento al entender que los bienes “de carácter comercial, deportivo o las instalaciones destinadas a esparcimiento” que hay dentro de la base no estaban afectos a la defensa nacional y, por tanto, a la exención de impuestos. Pero ni el Ejecutivo de Aznar ni el de Zapatero acataron el fallo. Lo que se hizo fue cambiar la Ley de Haciendas Locales que generalizó la exención de impuestos para los suelos de interés para la defensa nacional. El Consistorio optó por dejar de abonar al Estado el equivalente a lo que ingresaría por el cobro de esos tributos. La última sentencia del Supremo, que se refiere solo al ejercicio de 2007, obliga ahora al Ayuntamiento a devolver al Estado casi 1,2 millones de euros. El alto tribunal explica su cambio de parecer en esa modificación de la Ley de Haciendas Locales.

“La base es el 60% de la economía de Rota”, explica la alcaldesa, pero “genera una servidumbre muy importante”. El pasillo aéreo impide construir en determinadas zonas y como la base no se puede cruzar —hubo un tren, pero se quitó a mediados de los ochenta—, hay que rodearla: 17,50 kilómetros para ir a Rota. Pese a todo, la base ha traído al pueblo más beneficios que inconvenientes. “Cuando se construyó, aquí no había nada. Esto era un campo de mini-minifundios, los mayetos, donde se plantaban tomates y calabazas”, cuenta un mando español. “De hecho, la base empezó a construirse con 300 burros que traían la piedra hasta aquí”.

Fue por las 2.300 hectáreas de esta instalación militar por donde empezó a cambiar España en plena dictadura franquista. De eso hace casi 60 años, los que se cumplen en 2013 de los llamados Pactos de Madrid, por los que el líder del mundo libre, EE UU, se alió con un dictador para instalar en “el país más anticomunista de Europa” y en plena guerra fría cuatro bases militares, entre ellas Rota. “Tenemos ahora que ingerir una píldora amarga: el acuerdo militar con la España de Franco. Esperemos que la medicina produzca más efectos benéficos que daños”, escribió en su editorial The New York Times. A cambio, Franco obtuvo un espaldarazo económico y político al régimen que puso fin al aislamiento internacional de España: en 1955 ingresó en la ONU, y en 1958, en el FMI. “Occidente recapacita”, proclamó el dictador en las Cortes.

Aquel acuerdo inicial era un cheque en blanco que incluía una cláusula secreta, revelada por el historiador Ángel Viñas, por la que los estadounidenses podían usar todo el suelo español a su antojo. “En caso de evidente agresión comunista que amenace la seguridad de Occidente, podrían las fuerzas estadounidenses hacer uso de las zonas e instalaciones situadas en territorio español como bases de acción contra objetivos militares en la forma en que fuera necesario para la defensa de Occidente a condición de que, cuando surja tal situación, ambos países se comuniquen, con la máxima urgencia, su información y propósitos”, decía. Dejó de tener validez a finales de los setenta.

Sesenta años después, la base de Rota se prepara para acoger en 2014 los cuatro buques destructores americanos asignados al sistema antimisiles de la OTAN, un complejo entramado de satélites y radares capaces de detectar el lanzamiento de un misil, ver su trayectoria, localizarlo en su órbita y destruirlo (con otro misil). El viejo proyecto de guerra de las galaxias de Reagan, que George W. Bush quiso retomar y que Barack Obama modificó por su desorbitado coste (20.000 millones de dólares) y por el recelo que provocaba en el Kremlin, de forma que fuera un sistema de defensa compartido para los 28 miembros de la Alianza y en lugar de derribar en vuelo misiles intercontinentales, que solo figuran en los arsenales de las grandes potencias, sirviera para neutralizar los de corto y medio alcance.

Así, Francia desplegará un radar y un sistema de alerta, Holanda adaptará sus fragatas, Turquía tendrá un radar de detección que determinará la trayectoria del, misil, Rumanía y Polonia aportarán interceptores, y Rota, escogida por su estratégica situación —puerta de entrada al Mediterráneo, a mitad de camino entre EE UU y Oriente Próximo— y benévola climatología, cuatro buques con los misiles que destruirían el que pudieran lanzar regímenes como Irán o Corea del Norte.

El compromiso con el escudo refuerza el peso de España en la OTAN y puede aumentar su potencial como objetivo terrorista. Caravaca niega que vaya a aumentar el riesgo. “El nivel de alerta de la base, lejos de aumentar, ha disminuido en los últimos años. Formar parte de un sistema defensivo como este no hace más que aumentar la seguridad colectiva. No podíamos decir que no”.

A los roteños les gusta hablar de la base, pero sobre todo de la de hace 50 años. En plena dictadura, tras una larga autarquía, la instalación americana supuso la entrada en España no solo de productos extranjeros —“Papá Noel vino a Rota antes que a ningún otro lugar en España”, asegura Antonio Franco, de IU—, sino prohibidos. Cada roteño echa mano de un ejemplo distinto: unos recuerdan que gracias a la base conseguían preservativos; otros, música rock, tabaco rubio o unos vaqueros a los que no había que ajustar el bajo porque venían en distintas medidas. “La base trajo modernidad”, resume el capitán de navío Caravaca: “Veníamos aquí y nos llamaba la atención ver en las dotaciones de los buques americanos a personal femenino”. En el pueblo atribuyen al fallecido Manuel Fraga la siguiente frase durante una visita a las instalaciones en 1986, en pleno bombardeo de EE UU a Libia: “Aquí no pasa nada. Yo solo he visto a unos americanos jugando al golf y a tres negritas monísimas”.

 

 

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