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El ministro de las mil polémicas

José Ignacio Wert entiende la política como un duelo y es un socarrón implacable

José Ignacio Wert.

Como buen cinéfilo y hombre de cuchillo afilado, es probable que José Ignacio Wert admire a Woody Allen. Si es así habrá visto Todos dicen I love you. En esa comedia musical, la familia de corte pijo demócrata donde el maestro de Manhattan pone el foco anda bastante preocupada por las reacciones de un hijo presuntamente neocon que arremete contra los inmigrantes y los subsidios. Finalmente, el enigma se resuelve: el muchacho padece un coágulo en el cerebro y cuando se lo descubren recupera automáticamente la sensatez.

No son pocos los que, conociendo al ministro de Educación, Cultura y Deporte, sospechan que le ocurre algo parecido. “No era así”, comentan. “¿O sí?”, se pregunta Carles Francino. Este dirigía en la tertulia de Hoy por Hoy (cadena SER) a un hombre bastante moderado, pero al escucharle ahora hablar, cuando menos, dice: “Me sorprende”.

En lo que sí existe consenso es en su impresionante capacidad dialéctica, sobre su vicio por la polémica y la discusión permanente, que llega hasta el paroxismo. También de su destilado sentido del humor, no apto al parecer para todos los públicos. “Es chispeante, mordaz, pero muchas veces no todos le siguen las bromas”, comenta un excolaborador.

Esa socarronería puede que esté cargando a estas alturas hasta el mismo Mariano Rajoy, que cayó rendido de su capacidad de análisis cuando le desmenuzaba tendencias de opinión apadrinado por Pedro Arriola, marido de Celia Villalobos, el gran pope oculto de todas las épocas y liderazgos del PP.

La paciencia de Rajoy debe estar al límite. Más después de estas últimas dos semanas de gloria en las que al presidente del Gobierno le ha caído un aviso del Rey por su culpa, después de haber puesto en armas a Cataluña con eso de que hay que españolizar a sus nens. Por no hablar de padres, alumnos, profesores, que casi unánimemente despotrican de su reforma educativa y han tomado el pasado jueves la calle clamando por su dimisión.

Pero ser Pepito Grillo, como muchos de sus conocidos lo definen, tiene esas cosas. Eso lo da, entre otras cosas, haberse criado en el seno de una familia numerosa y querer hacerse oír ante la marabunta que organizaban ocho hermanos en el domicilio, hijos de un ama de casa muy irónica, con gran sentido del humor, y un encargado de concesionario de coches más taciturno, como les define su hermano Carlos Wert. Tomar la palabra en ese contexto marca. Pero luego vale para la vida, incluso para conseguir convertirse en foco de atención permanente de todo un Gobierno en tiempos revueltos.

Hay consenso de su vicio por la polémica y la discusión permanente

Wert es un Pepito Grillo con carácter. No crean. Porque en tan solo nueve meses en funciones se ha cepillado la paciencia de tres altos cargos que no le siguen —primero Xavier Gisbert, el director general de Cooperación Territorial; el de Política Universitaria, Federico Morán, y la secretaria general de Universidades, Amparo Camarero— aparte de un director de gabinete, Jorge Sainz, que ha pasado de ser su tenue sombra a sustituir a Camarero para andar más alejado de su intensidad sarcástica.

Cuesta trabajar y dialogar con Wert, comentan. Aunque presuma de políglota y de dominar acentos extranjeros. No muchos siguen sus pullas, ni su hiriente, en muchos casos, desprecio intelectual. Es lo que cuentan que ocurrió con Francisco González, presidente del BBVA, que de nombrarle adjunto con poderes entre los años 2003 y 2005, pasó a defenestrarle. Dicen que porque le costaba encajar sus francas bromitas. Eso está muy bien. Pero no cuando las diriges hacia la diana de uno de los hombres más poderosos del país. Ahí, la paciencia es relativa.

Antiguos colegas suyos, como José Juan Toharia, con quien trabajó en Demoscopia, le definen como superdotado en varios aspectos. “Tiene una capacidad de análisis y comprensión de lo que se desenvuelve a su alrededor muy rápida. En cuatro meses puede dominar perfectamente el terreno donde ha llegado”.

La paciencia de Rajoy está al límite tras dos semanas de gloria del ministro

Salvo, quizás, el de un ministerio. Más dentro de un área, como el de Cultura, con arenas tan movedizas. De hecho, es difícil encontrar en ese mundo ahora quien defienda su gestión. La subida del IVA al 21% y su nulo margen para ponerse enfrente de Hacienda ante la brutalidad de la medida le avalan poco en el sector. Pero en ese mundo también Wert quiso brillar desde el primer día, eclipsando la toma de posesión del secretario de Estado, José María Lassalle. Este santanderino es un hombre obsesionado por la búsqueda de consenso y quedó un tanto sorprendido aquel día con unas cuantas declaraciones de guerra por parte de su superior. Para empezar, contra la piratería. Tampoco importaba mucho. Wert no ha nombrado sus cargos de confianza: se los han impuesto. “Entre otras cosas”, comenta alguien que fue cercano, “porque no se le conocen muchos amigos”.

Entiende la política como un duelo. Así quizás lo viera desde sus inicios en la Izquierda Democrática de Joaquín Ruiz Jiménez y su carrera sucesiva en la UCD y el PDP de Óscar Alzaga, cuyas alianzas con la Alianza Popular de Fraga ya le colmaron la paciencia. Escarmentado, pasó a la sociología y aprendió bien y rápido el oficio de las encuestas de opinión. Aunque de poco le ha servido. Ha sido en ellas el ministro menos valorado del Gobierno; y la tendencia sigue en picado.

Pero no parece importarle. Wert ha asumido, como su compañero de Gobierno Alberto Ruiz-Gallardón, el papel de jugar al despiste. Muchos vieron en aquellos nombramientos de Rajoy un guiño a la moderación. Pero ambos, en una carrera de galgos despiadada, se han empeñado en lo contrario: ser los tipos que más brillan en las cavernarias tertulias de la TDT —donde también es una especie de Juana de Arco su actual mujer, Edurne Uriarte— por su deriva hacia un nacional catolicismo posmoderno que puede venir perfectamente de ese coágulo a lo Woody Allen. Cosas del marianismo, quizás. Sí, pero no. “Un lío”, que diría el presidente, cosas que solo él entiende y atañen a su peculiar psicología. El caso es que mediante ambos, el Gobierno se está dando un auténtico banquete en recorte de derechos que se creían ya más que consolidados en varios ámbitos.

Con una gestión plagada de meteduras de pata en Educación —desde su descalificación de la asignatura de Educación para la Ciudadanía con citas falsas— y batallas que podrían evitarse en los frentes de la Cultura, el ministro, buen jugador de tenis y madridista aunque solo sea por llevar la contraria a varios de sus hermanos atléticos, asusta y deja perplejos a los de los distintos ramos que le ha tocado administrar. De hecho, por ahí, ya han acuñado un dicho personalizado para él. No dejan de exclamar: “¡Lo que hay que Wert!”.