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TRIBUNA

¿Súbditos o ciudadanos?

En una democracia madura no basta con exigir responsabilidades, hace falta también que nos hagamos cargo de cuanto esté en nuestras manos

Por valernos de una metáfora de T. Hobbes referida a la Revolución Inglesa, si los tiempos se midieran por su intensidad en términos de altura o bajura, hoy estaríamos en España en “el más alto de todos los tiempos” desde la Transición. Pocas veces nos hemos enfrentado a una coyuntura tan difícil y, lo que es peor, con tan pocos recursos para superarla. La sociedad española aborda la salida a la crisis en una clara situación de dependencia respecto a Europa, con soberanía demediada, profundamente fragmentada en su dimensión territorial, alienada respecto a su clase dirigente, y con una población desilusionada al borde de la depresión colectiva. Variables todas que, al final, es posible que sean casi más sustanciales que los propios recursos económicos.

Por todo ello es muy importante que no nos equivoquemos a la hora de formular el diagnóstico sobre cómo hemos llegado hasta aquí y sepamos ponderar con mesura la atribución de responsabilidades. Es bien sabido que hoy la sensación dominante es que la clase política ha sido la causa principal de todos nuestros males. Por muchas razones, muchas de ellas fundamentadas. Pero a este sentimiento le faltaba un relato, una narrativa en la que encajara nuestra sensación de haber sido engañados por los políticos y otras élites “extractivas”. De ahí el éxito del estupendo artículo de César Molinas publicado en estas páginas. Con independencia de su conclusión, que es discutible, es la historia que ansiábamos escuchar porque en gran medida contribuye a aliviar la sensación general de impotencia ofreciéndonos un chivo expiatorio perfecto. Y no cabe duda de que lo consiguió con gran eficacia. Ya podemos dormir tranquilos, estamos donde estamos por culpa de los políticos y otros grupos codiciosos. Ya tenemos al culpable. Descansen.

La cuestión que permanece abierta y sobre la que me gustaría llamar la atención es que esa maldita clase política parece que nos había sido impuesta, como si nosotros no la hubiéramos votado, halagado y facilitado en su afán depredador. Como si no hubiéramos sido cómplices. Sí, ya sé que esto no me va a hacer muy popular, pero lo reitero. Nos comportamos como si hubiéramos sido sus rehenes menores de edad a quienes ella manipuló como a niños, como si fuéramos súbditos en vez de ciudadanos.

¿Acaso no se eligió a destajo a candidatos imputados de corrupción? ¿Es que no prevaleció el sectarismo sobre la ética pública? ¿Qué atención merecieron las múltiples denuncias de cuanto iba pasando, porque haberlas las hubo a mares? ¿No demandábamos todos, por ejemplo, que el AVE pasara por nuestra capital de provincia? ¿Alguien se preguntó alguna vez de dónde salía el dinero para tanta obra faraónica? Siempre con las excepciones de rigor, claro.

No, no fuimos una sociedad vigilante. Fuimos ciudadanos distraídos, autosatisfechos y sectarios, poco proclives a que nos estropeara la fiesta la atención a nuestra dimensión ciudadana. Mientras los políticos nos ofrecían prebendas aquí no chistaba nadie. Ahora que nos las quitan son todos unos depravados. Nunca nos gustaron, es verdad, porque somos una sociedad apolítica, es la cultura política que heredamos del franquismo. La Encuesta Social Europea refleja que España, junto con Portugal, es el país donde menos interesa la política, solo muestra algún interés en torno a un 30% de la población, algo que ratifica el CIS. Y en las muestras de compromiso político solo puntuamos alto en la variable de las manifestaciones. O sea, que somos ciudadanos reactivos, que se movilizan puntualmente cuando se les toca algún interés específico, pero que luego se desconectan con la misma facilidad con la que se ven impelidos a salir a la calle.

El cambio de perspectiva comenzó poco antes de que se hiciera visible el Movimiento 15-M, que pareció significar un renacimiento de nuestra ansia por sentirnos ciudadanos activos. Incluso con el sorprendente efecto, detectado en las encuestas, de propiciar un acuerdo mayoritario en la población sobre su enjuiciamiento de la política. Pero casi inmediatamente votamos como siempre y a los de siempre. Ligerísima subida del voto en blanco y nulo. Eso es todo. Fantástica contradicción. Y hay que agradecerles a quienes entonces se movilizaron que al menos supieran sacarla a la luz.

¿Por qué no construir un relato también sobre nuestra incompetencia ciudadana, sobre nuestra facilidad para no asumir las responsabilidades propias? No sigamos haciéndonos trampas en el solitario. En una democracia madura no basta con exigir responsabilidades, hace falta también que nos hagamos cargo de cuanto esté en nuestras manos. Es posible que haya llegado el momento de abandonar nuestra condición de súbditos cabreados y convertirnos al fin en ciudadanos críticos y constructivos.