El precio de bajar a los infiernos
El socialista vasco Jesús Eguiguren deja la política agotado "espiritualmente"
Jesús Eguiguren. / SCIAMMARELLA
“No puedo dar razones políticas concretas. Son razones espirituales”. Con estas palabras se despide de la primera fila de la política Jesús Eguiguren (PSE), el parlamentario más veterano de la Cámara vasca, de la que formó parte desde su nacimiento (1980) y que presidió en los años de plomo. Pero Eguiguren es conocido fuera de Euskadi por haber representado al Gobierno en el diálogo con ETA de 2006, antesala del cese definitivo de la banda.
La singularidad de su retirada —que notificó en junio a Patxi López y Rubalcaba— no radica, a sus 58 años, en personificar al político más veterano del Parlamento vasco, sino porque lo hace cuando ha conseguido el sueño de su vida: el final del terrorismo de ETA. Admite que tiene un “agotamiento espiritual” —“la vida que he llevado me ha dejado vacío”, señala en el documental Memoria de un conspirador, que acaba de rodar el cineasta vasco Ángel Amigo— y lo explica así: “Cuando llegó la paz me di cuenta de que se me fueron todas las energías. Ahora empiezas a sufrir las consecuencias. Antes no lloraba. Desde que hay paz me salen las lágrimas por cualquier cosa que recuerdo. El daño lo llevo yo también. Quiero recuperarme de todo esto”.
Son muchas las vivencias cruzadas que le han pasado factura a Eguiguren. Primero, sus 35 años de militancia socialista en Euskadi en condiciones extremas de acoso del terrorismo de ETA. Es el único de los socialistas de la primera hornada democrática —Benegas, Jáuregui, Eguiagaray, Landáburu....— que ha permanecido en Euskadi desde fines de los setenta, cuando el PSE fue allí el único partido que defendió la Constitución durante la campaña de su referéndum en 1978.
Como presidente del Parlamento vasco (1987-90) asistió a decenas de entierros de víctimas de ETA e instituyó su participación para el futuro. Como dirigente del PSE ha enterrado a una docena de compañeros socialistas, de Germán González en 1979 a Isaías Carrasco en 2008. Eguiguren recuerda cómo hace unos meses, en un homenaje a las víctimas del terrorismo, se le acercó una mujer. Le dijo que era la viuda de Vicente Gajate, concejal socialista de Renteria (Gipuzkoa), asesinado por ETA en 1984. Y le contó una tragedia añadida, que él desconocía, a la del propio crimen y que habla por sí sola del drama vivido en Euskadi. Pocas semanas después del asesinato de Gajate, sus padres se suicidaron por el dolor y soledad tras la pérdida.
Eguiguren ha llevado escolta 28 años, desde que los comandos autónomos asesinaron al secretario de Organización del PSE, Enrique Casas, en su domicilio de San Sebastián, en 1984. Ha tenido que estar recluido en su casa. Ha tenido que renunciar a pasear por su propia ciudad y limitar su vida social a las Casas del Pueblo del PSE, frecuentemente atacadas por ETA durante años. Ha vivido una especie de prisión en vida.
Y, a la vez, la misma persona que ha sufrido este calvario fue la responsable de descender a los infiernos y hablar con los verdugos, con los enviados de ETA. A Eguiguren le impactó especialmente una cena con el dirigente etarra Javier López Peña, Thierry, en Oslo, en diciembre de 2006, pocos días antes de que ETA colocara la bomba en la T-4 de Barajas, que costó la vida a dos inmigrantes ecuatorianos. En aquella cena vio el infierno, personificado en un loco que hablaba de la vida de las personas con un absoluto desprecio. Aquel demente amenazaba a todo el mundo: desde Josu Jon Imaz (PNV) al propio Eguiguren. Se creía dueño de las vidas ajenas. “Como esto se rompa va a ser Vietnam”, decía en tono chulesco.
Aquel encuentro fue el preludio del final del proceso de diálogo del Gobierno con ETA y a su regreso a San Sebastián le redoblaron la escolta y tuvo que volver a cambiar de domicilio por enésima vez. La ruptura de la tregua de ETA le sumió en una depresión. Eguiguren está convencido de que el asesinato de su amigo Isaías Carrasco, en marzo de 2008, fue una venganza de ETA por las dificultades que presentaba él mismo como blanco por la protección de la que disponía. Durante todo ese tiempo vivió, además, la angustia de que pudiera sucederle algo a su hijo, ertzaina.
Roto aquel proceso, además tuvo que soportar una gran incomprensión y una dura campaña de la derecha radical y de medios conservadores no vascos —muchos de ellos ahora atacan al Gobierno del PP—, en las que le calificaban de “traidor”, “proetarra” o “nacionalista infiltrado”.
Los detractores de Eguiguren saben muy poco de él. Por ejemplo, que ha sido uno de los políticos más perseguidos por ETA; que fue uno de los principales responsables de que el PSE asumiera en 2002 la Ley de Partidos, la ilegalización de Batasuna, que defendió apasionadamente en los órganos de su partido mientras conversaba con Arnaldo Otegi. O que fue él quien planteó a Otegi, tras el atentado de ETA en la T-4 en Barajas, que era imposible retomar el proceso de 2006, mientras Mayor Oreja y sus seguidores no han hecho más que atribuirle una negociación permanente con ETA durante estos seis años.
Su partido —Patxi López, Rubalcaba, Zapatero en su momento— le ha defendido de todos esos ataques y ha pretendido que permanezca en su puesto, pese a mantener algunas diferencias con él en los ritmos de la gestión del final del terrorismo. Pero su descenso a los infiernos y la incomprensión que ha encontrado han roto el equilibrio emocional de Eguiguren, que se retira, voluntaria y discretamente, cuando el terrorismo ha cesado.