Política

Carreras por las cloacas

Un túnel desde la enfermería de La Modelo a las alcantarillas de Barcelona propició la evasión más numerosa de una cárcel española.

La policía tardó ocho años en detener a los 45 fugados

La Modelo de Barcelona rodeada de la Policía el día de la fuga. / EFE

Ramón corrió a la celda a por su mejor traje. “El que usaba en los juicios”, cuenta. Se lo puso a trompicones y salió disparado de la tercera galería al edificio de la enfermería. Acababan de avisar. Juan Diego Redondo Puertas, conocido como Dieguito el Malo; Julián Ugal Cuenca, hermanastro de El Vaquilla, y José Antúnez Becerra “habían roto el túnel” después de un mes cavando. Tenía media hora.

Acicalado, bajó por las cuerdas del montacargas abandonado, llegó al sótano, encaró el túnel de unos 15 metros y al llegar a las cloacas echó a correr. Cabía de pie, y eso que es alto. No tardó ni un minuto en dar con una tapa del alcantarillado, la levantó y sacó la cabeza en el centro del cruce de las calles de Entença y Provença, justo delante de la garita de vigilancia de la prisión barcelonesa de La Modelo.

“El guardia civil estaba apuntándome”, imita cargando una escopeta imaginaria. Pero no reaccionó. “Paré el primer coche que venía y me piré”. Era un Chrysler blanco. El que le seguía por las alcantarillas brincó y se encaramó al techo del vehículo. En la huida le dio tiempo a mirarse la ropa. “¡El traje estaba todo lleno de mierda!”, recuerda entre risas 34 años después.

La evasión de La Modelo estaba pensada para que se escaparan más de 600 presos, recuerda Dieguito el Malo

Es una historia vieja. Ramón, que en realidad responde a las iniciales de G. C. H., tenía entonces 21 años. “Yo era muy rápido, ni fumaba ni bebía”, alardea. Todos los que lo intentaron lograron escaparse aquel día. Cuarenta y cinco presos se escaparon de La Modelo a las cuatro de la tarde del 2 de junio de 1978, en una de las fugas más numerosas de las prisiones españolas. “Y el que no se piró es porque le dio canguelo”, añade un inspector del Cuerpo Nacional de Policía, Sergio (en realidad, B. L,), que entonces formaba parte del grupo de atracos.

La mayoría de los fugados rondaba la veintena. Eran atracadores, amigos, colegas de los barrios periféricos de Hospitalet de Llobregat, Santa Coloma de Gramenet, Badalona... con la sangre caliente, delgados, fibrosos y gallardos. Algunos, muy bravos y temidos por la propia policía, que empezaron robando motos y coches y acabaron entrando pistola en mano en joyerías y bancos y matando a agentes sin despeinarse.

Aquel 2 de junio, los teléfonos empezaron a sonar enloquecidos en el entresuelo del número 43 de Via Laietana, sede de la Jefatura Superior de Policía de Cataluña. La brigada judicial daba el aviso al Grupo de Atracos: muchos de sus clientes habituales estaban de nuevo en circulación. El inspector recuerda “como si fuese ayer” el relato de la gente, que “vio cómo las alcantarillas se abrían, el tráfico se cortaba y los presos salían en estampida”. Estaban estupefactos.

“Sabías que un día te iban a coger. Aguantas todo lo que puedes. Mientras tanto, que

te quiten lo 'bailao'

Pero antes de aquella exitosa fuga multitudinaria hubo muchas horas de cavar y de sudar. De intentos frustrados (un mes antes, los funcionarios descubrieron otro túnel) y de perder el aire en una sala “donde antes hacían lo del garrote vil”. Ramón cuenta que se dividieron el trabajo entre unos 20 presos. Durante un mes iban yendo y viniendo de la enfermería, perforando el suelo para escapar de aquella cárcel. Lo tenían todo controlado. La tierra que salía del agujero se almacenaba en el sótano, una planta inutilizada en la que no entraba ningún funcionario. Cuando salían del agujero se cambiaban de ropa. Utilizaban herramientas de la misma prisión y trabajaban de día en turnos de dos horas para no ausentarse demasiado.

Eran épocas convulsas en las cárceles españolas, donde los internos se organizaron en torno a la Coordinadora de Presos Españoles en Lucha (Copel), una organización creada en 1976 en el centro madrileño de Carabanchel, para exigir la reforma de la Ley Penitenciaria, que llegaría en 1979. Cualquier protesta acababa con decenas de internos con las venas cortadas. Los brazos de Ramón dan buena cuenta de esta práctica, con una veintena de cicatrices. “Los colocábamos por orden de sangrado hasta que venía el médico”, recuerda Ricardo, de 57 años, funcionario de la cárcel catalana.

Cuatro de los 45 fugitivos que se escaparon de La Modelo, en 1978

El dramaturgo Albert Boadella, preso por aquel entonces en La Modelo por injurias al Ejército, recuerda con nitidez un “aquelarre brutal” poco antes de la fuga. Unos 200 presos, en el centro de las galerías, “dando vueltas alrededor de la garita de los funcionarios y cortándose con cristales, mientras cantaban el himno italiano Bella Ciao. Las paredes blancas se iban llenando de sangre y los presos iban cayendo por el suelo”. Boadella se adelantó a sus compañeros. Vestido de doctor, un mes antes huyó del hospital Clínico, adonde había llegado tras simular una enfermedad en la cárcel.

Dieguito el Malo (muerto en diciembre de 2011) fue miembro de la Copel y contó en su libro La fuga de los 45 que tras la huida subyacía una reivindicación de derechos. “La fuga era para escaparse, y la Copel, para conseguir permisos o que te dejasen follar con tu mujer”, le contradice Ramón.

La Modelo, con más de 2.600 presos, era una fuente de conflictos constantes (ahora cuenta con casi 1.000 reclusos menos). “Al final bromeaba con mis compañeros: quien tuviese menos pinchados [acuchillados entre ellos] pagaba el café”, recuerda Fernando, otro trabajador de la prisión que lleva más de 30 años en la cárcel.

En ese contexto, los presos buscaron negociar con el director de la prisión, Marino Manuel Camacho. “Si dejaba que nos moviésemos libremente por el interior de la cárcel, le entregábamos todas las armas”. Y accedió, según Ramón. “Cuando vio 700 u 800 cuchillos allí en medio, se puso muy contento” por haberlos quitado de la circulación. Desde entonces todo fue “una balsa de aceite”, que permitió a los internos deambular y pergeñar su fuga.

Juan Manuel López Peláez, alias El Rubi, fue el artífice de la huida. Un atracador “especialmente peligroso”, en palabras del inspector, que conserva un vivo recuerdo de sus hazañas. Ramón concede que fue él quien “más distribuyó”. “Nos dijo que saliésemos de cinco en cinco”, recuerda. Y a los presos que estaban sin blanca “les dio algo a cada uno para cuando estuviesen fuera”.

Aunque para Ramón aquello fue una fuga de todos, sin líderes claros y de dominio público. Menos para los funcionarios. O eso dice él, que raptó a uno en la huida. Vicente Gómez Tardón estaba encargado de custodiar ese día la enfermería y advirtió un trajín sospechoso. Los 45 presos que se fugaban habían pasado delante de él. Cuando quiso dar la voz de alarma ya tenía el cuchillo de Ramón marcándole el cuello. “No le hice daño; el resto quería matarlo, y yo le salvé la vida”. Otros compañeros de Gómez vieron su secuestro y cerraron la puerta de acceso a la enfermería impidiendo que salieran más reos. Según Dieguito el Malo, 600 personas tendrían que haber escapado.

Las alcantarillas de las calles de Entença, Provença, Rosselló y Nicaragua, que rodean la prisión, se levantaron aquel día acompasadamente, como en un espectáculo teatral. Dieguito el Malo, Cuenca y Antúnez traicionaron al resto. Todos debían salir a la vez, media hora después de que encontrasen la conexión del túnel con las cloacas. Eso podía pasar en cualquier momento. Pero al trío, que había dado con el agujero a la libertad, le pudo la ansiedad y se escapó 10 minutos antes que el resto.

Aun así, todo les salió bien. Ramón volvió a Hospitalet a buscar a sus amigos y ver adónde iban. Manolo Rastrojo Jaque, de 20 años, se presentó en casa de su madre, María, que se quedó de piedra al verle entrar por la puerta con otro. “Me dijo: ‘me voy a cambiar de ropa’. Luego me pidió que pusiese la televisión, se duchó, se afeitó y se fue”, recuerda la mujer, que vive también en Hospitalet. Él y Ramón eran vecinos.

Rastrojo estuvo dos meses en un “agujero” por Santander, dice su exmujer Rosa. Ramón disfrutó de unos días en Blanes (Girona) con una “amiga” y luego puso rumbo a Badajoz. Allí fue delatado por el que entonces era su suegro. Aun así opuso toda la resistencia posible. Una vez que la Guardia Civil le encontró, a Ramón no le tembló el pulso y comenzó un tiroteo con los agentes. “Recibí tres balazos, que se amortiguaron con alguna parte del coche; si no, me matan seguro”, asegura. Ramón consiguió escapar por un bosque que desconocía. Pasó toda la noche andando, y al amanecer, cuando pensaba que estaba a más de 20 kilómetros del punto de partida, comprobó que se encontraba a escasos 500 metros del lugar del tiroteo. “Allí fue fácil que me detuvieran”, reconoce. A Rastrojo le cogieron cuando regresó a Cataluña, más de un año después.

“En esos meses se dispararon los atracos a joyerías”, recuerda el inspector, que vivió “con intensidad” la caza de aquellos jóvenes. Cuenta que en una de sus diversas vigilancias tenían detectado un piso en Torrent de Olla, otrora calle de Menéndez Pelayo, donde vivían El Rubi y un par más. “Nada más salir del portal, nos vieron y vinieron corriendo hacia nosotros. Echaron mano a la mariconera, donde tenían un revólver. Nosotros disparamos, se tropezaron entre ellos y se quedaron quietos. Pero se podrían haber liado a tiros”, relata.

Vista área de la prisión de Barcelona, en 2009 / TEJEDERAS

“Muchos eran analfabetos y vivían del robo. Si era de Badalona y le sacabas de ahí, se chocaba contra la pared. Iban a atracar a Barcelona y volvían a su guarida”, recuerda el inspector. Aunque muchos se daban a la “buena vida”, vestían con ropa cara, conducían coches de lujo y veraneaban en la Costa Brava.

Los más peligrosos cruzaron la frontera. “El Rubi se marchó a Holanda. Un día nos llegó un fax de la Interpol. Había aparecido muerto en un canal. Le habían arrancado los dedos de la mano”, explica Sergio. La policía tardó ocho años en dar con el último fugado de 1978, Manuel Santín Visuña, al que detuvieron en marzo de 1986 en Barcelona al volver de Italia.

Ramón regresó a la cárcel en menos de un año. “Sabías que un día te iban a coger. Aguantas todo lo que puedes. Mientras tanto, que te quiten lo bailao. Es como cuanto te enrollas con una tía. ¿Qué va a durar? ¿Toda la vida? No, pero mientras, disfrutas”, sentencia. Y escapó de nuevo en varias ocasiones. Una vez en el hospital de la Cruz Roja de su ciudad. Ramón y José Luis Fernández Villa, otro de los fugados, tirotearon a unos policías locales. “A uno le dispararon en la cara y le destrozaron la vida”, recuerda el inspector.

Tras eso, Ramón siguió atracando. Mató a un compañero de celda porque le vaciló en el patio de la cárcel (“que le den por culo al gitano”, dice aún hoy), atracó furgones blindados, estafó… y se ha pasado más de 20 años a la sombra. Tuvo incluso ocasión de reencontrarse con aquel funcionario al que raptó en la fuga. “Me hizo la vida más fácil en la prisión de El Puerto de Santa María”, explica.

Otros, nada más salir fueron a ajustar cuentas. Como el hermanastro de El Vaquilla, que mató al chulo de su mujer. “Era su puta y el dinero se lo quedaba el otro”, justifica hoy Ramón. En su día, la prensa lo zanjó como un asunto del corazón. Muchos han muerto ya. Como Emilio Simón Blanco. “Era un señor, que hacía todo con elegancia. Llegaba trajeado y educadamente sacaba la pistola y pedía que vaciasen las arcas”, recuerda el inspector. Miguel Pintor Gimeno no pasó, sin embargo, ni una semana en libertad, ya que se entregó voluntariamente a la policía. Cinco años después, Pintor Gimeno ayudó a Rafael Bueno Latorre en una sanguinaria huida del hospital de Burgos, en la que mataron a dos policías. Bueno Latorre sigue en búsqueda y captura. “Está en Sudamérica, viviendo la vida padre”, asegura Ramón.

Al menos cinco del grupo de los 45 siguen vivos. Tres en libertad: Ramón, José María Santibáñez Jalón y Manuel Santín Visuña. En 1986, Santín fue detenido por última vez. Según el libro de Dieguito el Malo y el mismo Ramón, es representante de joyas. Santibáñez Jalón también topó con la ley ese año por última vez, y ahora reside en La Rioja, apartado, revela su hermano.

Al menos dos no han dejado la cárcel: José Antúnez Becerra y Manolo Rastrojo Jaque. Este último, de 54 años, cumple prisión preventiva. Pasó por Can Brians y después de cuatro años en libertad regresó hace seis meses a La Modelo acusado de una veintena de atracos con violencia. El pasado 11 de agosto, cuando su exmujer, su hija y su nieta de nueve meses iban a visitarle, ingresó en el hospital de Terrassa, bajo custodia policial. Su vida está en “serio compromiso”, según el médico que le atendió, ya que sufre cáncer y tiene sida. A pesar de eso, sigue encarcelado.

Coincidiendo con la última detención, la de Visuña, el grupo de policías de élite destinados a dar caza a los atracadores más peligrosos de Cataluña fue desmantelado. “La violencia aquella no se repitió jamás. Era la avaricia de atracar y enseguida llegó el atraco por la vena. En meses eran muertos andantes. La heroína fue determinante para la comisión de todo tipo de delitos”, rememora el inspector.

En 1995, el Gobierno de Felipe González indultó a 21 fuguistas. De los 45, solo quedaban 25 con vida. Cuatro de estos se declararon en rebeldía. Ramón admite que no le importó el perdón. Si no era por aquel delito, iba a entrar en prisión por otro. Lleva 14 años fuera de la cárcel. En un arranque dice que viviría de la misma forma. Pero luego rectifica: “Me arrepiento de haber estado tantos años en la cárcel. Si hubiera sabido lo que me esperaba, no lo habría hecho”.

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Periodista EL PAÍS en Barcelona

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