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¿QUÉ FUE DE...?

Francisco Paesa, el viejo zorro acorralado

El delator de Luis Roldán sigue, a sus 75 años, enfrentado a la justicia en su refugio de París

Francisco Paesa pasea por una calle de Madrid, en el año 1991. / Gorka Lejarcegi

A sus 75 años, Francisco Paesa Sánchez sigue fiel a su estilo, siempre en dificultades, siempre caminando desde su refugio parisiense sobre el filo de la navaja de la que nunca ha caído. Una cohorte de detectives y abogados de Reino Unido, Suiza y Luxemburgo estrechan el cerco para empujarle hacia la cárcel, un territorio que nunca ha pisado. Le acusan de haber estafado 10 millones de dólares a Alexandr Lébedev, editor de los diarios británicos The Independent y Evening Standard, un empresario peculiar que le persigue para salvar su “honor”, no su “dinero”.

Lébedev asegura que confió a Paesa 20 millones de dólares para fundar un banco en Bahréin, archipiélago de 33 islas en el Golfo Pérsico, pero la mitad del dinero ha desaparecido en una gigantesca red de sociedades, testaferros y cuentas de paraísos fiscales sin que la entidad financiera haya abierto sus puertas. Cuatro de los millones supuestamente estafados se enviaron al Overseas Union Bank de Singapur, el mismo banco en el que Paesa hizo desaparecer en 1994 los 10 millones de euros que Luis Roldán, ex director general de la Guardia Civil, escondía en sus cuentas suizas. El dinero del magnate ruso saltó como en el juego de la oca por cinco bancos distintos en idas y venidas absurdas, un calco de las maniobras que empleó para hacer desaparecer el botín de Roldán, que fue encarcelado por malversación, cohecho, fraude y estafa.

Paesa se presentó en París a Lébedev, de 51 años, y a sus abogados como Francisco Sánchez, una persona con gran experiencia bancaria y contactos en el Gobierno de Bahréin, país del que era residente. El empresario ruso picó el anzuelo y lleva años de pleitos intentando recuperar su honor y su dinero. Funcionarios de la Corte de Apelación del Gran Ducado de Luxemburgo, donde se ha presentado la denuncia, han registrado el despacho de su sobrina Beatriz García, en la céntrica calle Royal, su fiel colaboradora. El caso se encuentra bajo secreto sumarial, “pero avanza lento y sin pausa, como es la justicia aquí”, confiesa un funcionario.

El empresario ruso es un enemigo difícil. Según la revista Forbes, tiene una fortuna estimada en 2.000 millones de dólares y en conversación telefónica con este periódico muestra su determinación en cazar al único hombre que, según él, le ha engañado. “Mire, nunca me habían estafado así. Robó el dinero en cuanto llegó a Bahréin”. El día en que Lébedev y sus asesores tomaron el té con el avispado Francisco Sánchez ignoraban que estaban frente a un profesional del engaño, un tipo que había dado su primer golpe en 1971 en un diminuto pueblo suizo.

El Rolls-Royce de Paesa iba y venía en diciembre de aquel año desde su casa en Gland hasta el aeropuerto internacional de Ginebra, unos veinte minutos, cargado de invitados de toda Europa. En la puerta de su chalé A Rajada, el empresario español, embotado en un ajustado esmoquin negro, los recibía acompañado de una mujer bajita de extraordinaria belleza. El besamanos duró una hora: el príncipe Víctor Manuel de Saboya y su esposa, Marina Doria; Karim Aga Khan; los exreyes Miguel y Ana de Rumanía; Muley Abdallah, hermano del rey Hassan II de Marruecos; los barones de Rothschild; Senjun Tsumoka, embajador de Japón en la ONU; Omar Sharif, Gina Lollobrigida...

A sus 34 años, un joven de la madrileña calle de Eguiluz, junto a la glorieta de Bilbao, hijo de un funcionario de Correos y un ama de casa, ofrecía una espléndida fiesta con tablao flamenco y fuegos artificiales en la tranquila y discreta Gland, de unos 5.000 habitantes, para presentar en sociedad a su pareja: Ratna Dewi, la viuda del presidente de Indonesia Achmed Sukarno, fallecido en Yakarta un año antes. Hola y Semana recogieron el sarao del “multimillonario” español en el que se bebieron 200 botellas de champán y 100 de whisky y cenó una partida de caviar regalo del sha de Persia.

Paesa sigue fiel a su estilo. Un empresario ruso le persigue y acusa de haberle estafado 10 millones de dólares

El verdadero nombre de Ratna Dewi es Nemoto Naoko, y su origen, tan humilde como el de Paesa. Trabajaba como animadora de un club nocturno de Tokio cuando en 1959 conoció a Sukarno y este la convirtió en su cuarta esposa. La caída política de su esposo la empujó hasta París, donde se refugió con su hija y 65 millones. Dos años después de la fiesta de Glad, la pareja se presentó como matrimonio en un posado para Semana en la estación suiza de Gstaad. La unión duró lo que la exbailarina tardó en descubrir que el “multimillonario” español no era tal. El Rolls que condujo a los invitados era alquilado; la villa A Rajada y el esmoquin, también. Paco ya demostraba entonces una gran habilidad ejercitada desde niño para aparentar lo que no era: fue el primero de su pandilla en el colegio de los Maristas de San José en fumar Chester, en vestir traje cruzado con pañuelo, en apoyar los codos en las barreras de toros de Las Ventas, en casarse con una francesa rica — un enlace que fracasó y del que tuvo una hija—, en hablar de finanzas como un banquero.

Cuando se casó con la viuda de Sukarno ya utilizaba sus primeras identidades falsas, se hacía llamar Francisco Paesa Ballester y dirigía en Ginebra el Alpha Bank, una oficina donde canalizaba dinero de españoles que evadían su fortuna a Suiza. “Le apasionaban las finanzas. Se quedaba con un porcentaje y colocaba lo demás”, recuerda Juan G., compañero de la academia madrileña Cebrián Rodrigáñez, donde se preparó para ingresar en la Escuela de Ingenieros Agrónomos, una carrera que dejó a los 22 años.

El Alpha Bank quebró y Paesa prosiguió su aventura en los dos territorios que domina: los negocios turbios y los servicios secretos. Fue expulsado de Suiza, engañó al presidente Macías, al que convenció para crear un Banco Nacional de Guinea que solo estaba en su imaginación y trabajó como agente secreto para el Gobierno de Felipe González con “servicios” inconfesables: intentó comprar a las novias de Amedo y Domínguez, los policías que participaron en la organización de los GAL, colocó a ETA una partida de armas marcadas y ayudó a Roldán a salvar su botín suizo.

Ahora, El Zorro, clave que usaba en sus cuentas suizas, ha engordado, pero no pierde su swing. En octubre fue detenido y puesto en libertad en Sierra Leona (África) junto con su sobrino Alfonso cuando aterrizaba en una avioneta senegalesa sin asientos. Creían que el aparato llevaba drogas. “No parecía nervioso”, afirma un funcionario de Freetown que presenció su detención.

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Periodista de investigación de El PAÍS

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