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PERFIL

La última del clan

Andrea Fabra viene de una familia que ha copado la Diputación de Castellón desde hace 140 años

Su actitud en el Congreso hace peligrar a una estirpe acostumbrada a mandar

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Carlos Fabra posó en 1996 con los retratos de sus antepasados.

"Si ser cacique es ejercer la autoridad en mi partido y ejercer de presidente, pues sí, soy cacique”. Al ya expresidente de la Diputación de Castellón y expresidente provincial del PP Carlos Fabra, nunca le ha importado que se utilizara el despectivo “cacique” para referirse a él. Desde el siglo XIX, cuando los Fabra comenzaron a llegar a la política, cacique ha sido el término que, de forma constante, aparecía unido a su apellido. Ahora, el “que se jodan” clamado por la última de la estirpe, Andrea Fabra, en medio de los aplausos de los diputados populares cuando el Congreso recibía el anuncio de los más duros recortes de esta democracia, le está quitando puestos.

La unión del apellido con la política se remonta a hace dos siglos. Y, hasta hoy, seis Fabra han ocupado la presidencia de la Diputación de la más pequeña de las tres provincias de la Comunidad Valenciana. Actualmente, solo un miembro del clan permanece en la política activa: Andrea Fabra, la única de los cuatro hijos de Carlos Fabra que sigue los pasos del linaje.

La ahora diputada se afilió al PP apenas cumplidos los 16 y desde entonces hasta ahora, con 39, su carrera ha estado marcada por su afiliación. Y su parentesco.

Hasta en el PP admiten que la diputada ha ocupado escaños en el Senado y en el Congreso por su apellido

Estudió Derecho en Madrid e hizo un programa de liderazgo en gestión pública, en el IESE, lejos de su familia, lejos de la pequeña ciudad de la que fue reina infantil de las fiestas y lejos de la posible perturbación que pudieran suponerle los asaltos de la vida política de su padre. En Castellón apenas se la recuerda tras su paso por el colegio privado La Magdalena, con una falda escocesa de tablas como uniforme. Sus compañeros la recuerdan como una alumna brillante en clase. Después cursó un único año en un instituto de la ciudad y se fue.

Con apenas 25 años, fue nombrada asesora de un secretario de Estado, el de Hacienda, Juan Costa, diputado por Castellón, después de que su padre aprobara que fuera precisamente él quien encabezara la candidatura. Pasó por Telefónica y así, de la mano de su apellido, hasta llegar al Senado por designación de las Cortes valencianas, no por elección, y después al Congreso, tras superar dos comicios. Es decir, durante los últimos cinco años ha ocupado un escaño y hasta en el PP, siempre en privado, admiten que la meritocracia va en el apellido. Obviamente, ha cobrado por ello. Incluso, legalmente, sin renunciar a los desplazamientos por haber sido elegida por Castellón y aunque viva en Madrid. Porque, tras años afincada en la capital y metida de lleno en el ambiente, se casó con el ahora exconsejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid Juan José Güemes, lo que la unió aún más a la política.

Ese fue otro de los momentos en los que Andrea Fabra se ha hecho patente en la provincia que representa, en el de su boda, que se anunció con proclama y a la que acudieron, por ejemplo, Rodrigo Rato y el ahora condenado expresidente balear Jaume Matas.

Con 25 años fue asesora de un secretario de Estado que era cabeza de lista por Castellón gracias a su padre

Hasta ahora, el matrimonio podía compartir el “tengo un don natural para agradar a la gente” que profirió Güemes sobre sí mismo. Pero tras el “que se jodan”, y pese a la supuesta cándida contrición pública, la red, los funcionarios, los parados, y muchos de los afectados por los recortes han tomado sus palabras como un lema contra la clase política. Y no la creen.

En esta legislatura, en la que forma parte de cinco comisiones, su trabajo, al menos el visible, ha consistido en la formulación de dos preguntas orales sobre RTVE. Ha intervenido en 16 comisiones y ha firmado, junto a otros compañeros, nueve preguntas al Gobierno.

Todo el mundo sabe dónde vive, con sus tres hijos, porque Andrea Fabra fue investigada en el mismo asunto judicial que salpica a su padre desde hace casi nueve años. La investigación de sus cuentas y su patrimonio desveló la compra de una vivienda, en régimen de gananciales, en Pozuelo de Alarcón, en una destacada urbanización, de la que les queda por pagar más de 300.000 euros, según su declaración de bienes. Además posee un 20% de una de las viviendas familiares, la que los Fabra tienen en la urbanización Les Platgetes, en Oropesa, sobre la que aún pesa una hipoteca de más de un millón.

Pese a la distancia, “Andrea siempre ha estado al tanto de lo que hacía su padre y lo ha aprobado”, asegura uno de sus compañeros del PP de Castellón. Todo, menos la vida personal por la que ha optado Carlos Fabra, separado y unido ahora a una mujer de la edad de su hija que ahora ocupa una vicepresidencia de la Diputación, a la que también llegó de la mano del “presidente”. La ojeriza entre ambas es patente y conocida. Aun así, han compartido actos de partido, aunque a metros de distancia física y kilómetros de emocional.

El clan Fabra, conservador y de profesión político, nunca fue anodino. Sus maneras han destacado sobre las de la moderación. Su fascinación por el poder y su anhelo de mando les ha llevado a distinguirse. Su afán por sobresalir les ha llegado a poner en aprietos, aunque ninguno de ellos dejó el cargo por voluntad propia.

Pero el linaje podría estar próximo a su fin. O no. Los ojos están puestos ahora en el futuro de Andrea, que tras su reacción ha sido amonestada en público por el mismo presidente del Congreso. La diputada ha pedido disculpas, pero por escrito. De su boca solo se ha podido oír que fue un “reproche desafortunado e impropio de mí”. Nada más.

La casta viene de lejos. En los últimos años del siglo XIX, el abuelo Pantorrilles vestía un calzón corto que dejaba ver sus gemelos, motivo por el que se impuso el sobrenombre, y fue el primer Fabra que presidió la Diputación de Castellón. La historia lo presenta como un labrador que cambiaba votos por favores, aunque poco importara el signo político de quien pudiera facilitar los objetivos que perseguía. “Era el hombre que hacía favores y ofrecía protección, dominaba a los suyos con una mezcla de coerción y fidelidad personal”, añaden, en lo que bien podría ser la definición del último Fabra que ha ocupado el mismo puesto, uno de los más famosos de la estirpe, Carlos Fabra. No en vano “el que paga, manda” fue una de las sentencias proferidas por este último y en referencia a la pleitesía que debía guardarle la universidad por la concesión de financiación y en un claro síntoma de la inexistente raya entre el Gobierno y el mando que ha regido en sus mandatos.

Cobra legalmente por sus desplazamientos desde Castellón al Congreso, aunque vive en Madrid

En aquellos finales del XIX, las formas del abuelo Pantorrilles pronto llevaron a renombrar la Unión Liberal que lideraba como cossi, palabra valenciana que designa el barreño donde se lava la ropa sucia. Su destreza, éticamente cuestionable, fue más allá del Gobierno de turno. De tal manera, Victorino Fabra Gil, Pantorrilles, primero alternó y luego dejó en herencia la presidencia de la Diputación a dos de sus sobrinos: Victorino Fabra Adelantado e Hipólito Fabra Adelantado, que ocuparon el puesto hasta principios del siglo XX. De ellos descienden el abuelo y padre de Carlos Fabra, y por tanto, el bisabuelo y abuelo de Andrea Fabra.

Al “último” Fabra presidente tampoco le ha temblado el pulso a la hora de exigir, a quien fuera y con distinto resultado, favores. Lo hizo con su amigo “Paco”, entonces ministro de Fomento Francisco Álvarez Cascos, quien le firmó el interés general de un aeropuerto que, un año después de su inauguración, solo ha visto el avión que corona una estatua inspirada en el propio Fabra. También el expresidente José María Aznar, de quien fue vecino de veraneo, o la esposa de este y ahora alcaldesa de Madrid, Ana Botella, a la que paseó y divirtió con fiestas y chistes para después jactarse en público de que sus llamadas a La Moncloa tenían contestación.

En la primera década del siglo XX, otro Fabra, el cuarto, llegó a la presidencia de la Diputación. Fue Luis Fabra Sanz, hijo de Victorino Fabra Adelantado, abuelo de Carlos y bisabuelo de Andrea. En su historia política figura el ser fundador de la Derecha Regional Agraria y miembro de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), siempre en alianzas antirrepublicanas, de derechas y católicas.

La humildad no ha ido en los genes de esta familia, que nada tiene que ver con el actual presidente de la Generalitat Valenciana, Alberto Fabra. De hecho, ha sido ese otro Fabra el que ha ido poniendo límites a la desmesurada actitud y arrogancia de Carlos Fabra, acusado de tráfico de influencias, cohecho y fraude fiscal por beneficiarse, supuestamente, de su cargo para cobrar favores políticos que no declaró a la Hacienda Pública.

La coincidencia del apellido no es óbice para discernir entre el poder que le han dado repetidamente las urnas y la extralimitación de quien siempre ha querido que le llamaran “presidente”, aunque solo lo fuera de la Diputación.

La genética es clara entre Andrea y su padre. Ambos ganan en la distancia corta y son cautivadores

Fabra, Carlos, logró someter a un alcalde. Consiguió que la presión hiciera dimitir a un compañero y sin embargo enemigo político, José Luis Gimeno, quien, en cualquier caso, se buscó un cobijo antes de dejar la alcaldía de Castellón, una sociedad pública de la que aún hoy, después de siete años, sigue cobrando. La salida de Gimeno fue la que encumbró al actual presidente de la Generalitat, que ocupó la vacante del puesto de alcalde desde el que, por su prudencia, saltó a la presidencia de la Generalitat. “Y nos lo paga así”, debe de pensar el clan Fabra.

En 1955, la herencia corrió de nuevo y Carlos Fabra Andrés, hijo de Luis Fabra Sanz, padre de Carlos y abuelo de Andrea, fue nombrado presidente de la Diputación. Durante la dictadura, como en otros lugares, ejerció su papel de recibir a los alcaldes que se desplazaban a la capital a pedir un favor a quien se hacía llamar “don Carlos”. La reverencia era el paso necesario para solucionar problemas. Aun así, en la mayoría de los casos, “don Carlos” no se recuerda con resentimiento. Ni con la exasperación que ha provocado su hijo, Carlos Fabra Carreras, padre de Andrea, que adaptó esa fórmula clientelar al sistema democrático de partidos.

Andrea Fabra reside en una de las urbanizaciones más exclusivas de Madrid, llena de millonarios

Antes de 1995, fecha en la que el sexto Fabra llegó a la Diputación de Castellón, este ya era más que conocido. Tampoco ahora se le conoce solo por su apariencia y su personalidad. Dos han sido los hechos que le han llevado a ser portada de periódicos, protagonista en televisión y estrella en montajes informáticos cargados de burla: sus imputaciones judiciales y la inauguración de un aeropuerto peatonal. El primero de ellos le salpica desde 2003, cuando fue denunciado por quien hasta entonces era amigo suyo, un empresario que le acusó de cobrarle cantidades millonarias a cambio de favores políticos. La investigación desveló que sus declaraciones de renta, durante los años que fue investigado, le salieron a devolver y que había sido agraciado con varios premios de lotería. Según los peritos que indagaron en sus cuentas, Fabra y su entonces esposa, la madre de Andrea, defraudaron 1,2 millones de euros a las arcas públicas.

La crítica a su permanencia en el cargo pese a las imputaciones —con el beneplácito de todo el PP, incluido Mariano Rajoy, que lo calificó de “ciudadano y político ejemplar”— fue motivo de las más caldeadas broncas en el salón de plenos de la corporación provincial. “Payasos”, “hijo de puta”, “ineptos” han sido algunas de las maneras con las que se ha referido a los miembros de la oposición que han tratado, durante años, que diera alguna explicación pública más allá del “soy inocente” que siempre ha proclamado y con el que, de momento, no ha conseguido que se archive la causa. Andrea siempre ha acudido a los actos de apoyo a su padre. Siempre ha estado a su lado.

Hace más de un año, Carlos Fabra inauguró su ansiado, pese a su fobia a volar, aeropuerto de Castellón. También entonces estuvo acompañado por su hija y por sus nietos, esos a los que preguntó: ¿Os gusta el aeropuerto del abuelo? La inauguración fue justo antes de las elecciones, cuando en la placa inaugural aún podía figurar su nombre, y pese a que las instalaciones carecían, como ahora, de permiso de vuelos. “Hay quienes dicen que estamos locos por inaugurar un aeropuerto sin aviones”, proclamó para justificar aquella apertura en la idea de habilitar la torre de control y la pista de aterrizaje para que “cualquier ciudadano que lo desee pueda visitarlas y caminar por ellas, cosa que no podrían hacer si fueran a despegar aviones”, dijo, para mofa de muchos.

Esta misma semana, la vanidad le ha llevado a promover la llegada del, de momento, único avión a las instalaciones, el que corona la estatua inspirada en él mismo, ubicada en la rotonda de acceso. La misma que, con un coste de 300.000 euros, 24 metros de altura y 33 toneladas de peso, ha servido para que The New York Times la considere “símbolo de la ruina y el despilfarro” en España.

Su padre está imputado por tráfico de influencias, cohecho y por defraudar a hacienda 1,2 millones

El año 2011 fue el inicio del fin de la carrera política de Carlos Fabra porque así lo decidió él mismo y esa fue la fecha que se marcó para apearse de la presidencia de la Diputación, no sin antes designar a un sucesor. Su ilusión, en aras del nepotismo que desde siglos atrás desplegó su familia, hubiera sido ceder la vara de mando a su hija Andrea, por la que ha peleado para mantenerla en un lugar público.

La genética es clara entre ambos. Los dos ganan en la distancia corta. Pueden ser extremadamente cautivadores y seductores, cualidades con las que visten una gran dureza y frialdad. Los logros de su hija han llevado a que Carlos Fabra cuente en público algunas de sus “hazañas” políticas. “De Cospedal”, dijo, en referencia a la secretaria general del PP, “le ha puesto un despacho en Génova. Es la única castellonense con un despacho allí”, voceó en una reunión multitudinaria. No fue exactamente así, ya que el lugar que ocupa en la sede del PP nacional fue a propuesta del vicesecretario de Organización, Carlos Floriano. Y es que Andrea, la última del linaje de los Fabra, ha visto cómo su padre bajaba peldaños en la escalera del poder, mientras ella tenía que subirlos ya sola.

Quizá esa premeditada intención, o necesidad, de significarse para seguir en la política fue la que le llevó, a ella más que a otros, a confundir el Pleno del Congreso con un mitin en el que se procura la exaltación al líder, diga lo que diga. Pero las circunstancias eran otras, y el contexto, muy distinto. Su efusividad en el aplauso y, sobre todo, sus palabras la han puesto en la picota. Y quizá el “que se jodan” le haga tener que reconsiderar su escenario político. Quizá vuelva a la provincia en la que, pase lo que pase en los tribunales o en la calle, les “absuelven las urnas”, tal como dijo su padre, para que el retrato de otro Fabra cuelgue de las paredes de la Diputación de Castellón.

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