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Una rectificación total con un argumento: no hay libertad para elegir

Rajoy admite que está tutelado en un discurso churchilliano que esperaba el PP

Los diputados del PP aplauden la intervención de Rajoy en el Congreso.
Los diputados del PP aplauden la intervención de Rajoy en el Congreso.

Muchos de los suyos llevaban meses esperando este momento. ¿Por qué no explicamos lo que estamos haciendo? ¿Por qué no les contamos a nuestros votantes por qué hemos incumplido todo lo que prometimos?, se preguntaban una y otra vez en los pasillos del Congreso y en el Gobierno. Pero Mariano Rajoy había decidido no quemarse. Dejar que sus ministros explicaran los recortes. Buscar eufemismos para todo. Negar la evidencia. Esconderse. Hasta en eso ha tenido que hacer el presidente una rectificación completa.

“Un nuevo debate de investidura” lo ha definido Alfredo Pérez Rubalcaba. Puede que sea algo más. El resistente Rajoy, capaz de aguantar lo que haga falta, ha tragado el mayor sapo de su vida y ha anunciado una rectificación completa de su política económica sin inmutarse. Un auténtico desmentido de sí mismo, de todo lo que ha dicho en los últimos años, solo comparable al que realizó el propio Zapatero hace dos años, y que le hundió definitivamente. Rajoy, escamado de aquello, huyó de un día como hoy, pero al final aceptó la presión de los suyos y porque su imagen estaba ya por los suelos.

El presidente ha anunciado una espectacular subida del IVA de tres puntos, hasta el 21%. Algo que negó una y otra vez, hasta hace unas pocas semanas. En la oposición llegó a recoger firmas contra una subida mucho menor, al 18%. Los vídeos recopilados estos días son durísimos para él. Ante la evidencia de que estaba traicionando abiertamente a sus electores, Rajoy decidió hacer lo que le pedían los suyos: un discurso churchilliano de sangre, sudor y lágrimas, basado en una idea difícil de asumir para un presidente del Gobierno: no hay más remedio. Incluso llegó a decir que España no tiene libertad. “Los españoles no podemos elegir si hacer o no sacrificios. No tenemos esa libertad”.

El mensaje churchilliano, muy aplaudido por la bancada del PP, tenía una línea argumental: esto es durísimo, —«No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor», dijo Churchill en plena guerra— pero servirá para salir de la crisis. “No son medidas agradables, pero son imprescindibles. Necesitamos que nos presten dinero. Estamos encerrados en un círculo del que debemos salir. Estamos en un momento crucial que determinará nuestro futuro. Hacemos cosas que no nos gustan, yo el primero, pero no hay más remedio”.

Por primera vez, el propio presidente lanzó un mensaje a sus votantes muy claro admitiendo implícitamente que les mintió: “Soy el primero en tomar medidas que no me gustan. Dije que bajaría los impuestos y los he subido. No he cambiado de criterio, no renuncio a bajarlos cuando pueda. Pero han cambiado las circunstancias y hay que adaptarse a ellas. Son medidas excepcionales para circunstancias excepcionales”. Rajoy, siempre pragmático, apela ahora a él para justificar por qué hace lo contrario de lo que prometió.

Pero también llegó el momento Churchill de mirada al futuro: ¿“Servirá de algo tanta estrechez? Mi respuesta es sí, con toda rotundidad, no tengo ninguna duda. No estaría aquí si la tuviera. Al final del sacrificio nos espera la recompensa”.

Prácticamente todo lo que dijo en campaña electoral ha quedado desmentido. Prometió bajar impuestos, no tocar el seguro de desempleo, prometió no tocar el sueldo de los funcionarios… Todo ha quedado en nada. Lo único que queda libre de momento son las pensiones. Pero parece cuestión de tiempo. Un presidente que se enmienda a sí mismo solo se puede aferrar a una cuestión: el dramatismo del momento. Y eso es lo que ha hecho Rajoy, pedir a los españoles un esfuerzo enorme, que confíen en el Gobierno, y sobre todo les ha dicho que no hay ninguna otra opción, aunque los dirigentes de la oposición han empezado a desgranar esas opciones, entre ellas las de subir los impuestos a los más ricos.

Y por último, Rajoy ha tratado de bloquear las críticas de la oposición. Ha explicado que la situación es tan complicada que requiere de un ataque de responsabilidad de todos: la oposición, los medios de comunicación, la sociedad entera. A todos les ha pedido que confíen en él. El presidente es consciente de lo difícil que es eso cuando su credibilidad está por los suelos después de haberse comprometido a hacer todo lo contrario de lo que ha hecho. Pero Rajoy es un resistente nato. Y confía en que, en algún momento, con el tiempo, pueda recuperar esa imagen. Siempre que se logre salir de la crisis, claro. Él mismo ha reconocido que eso no sucederá en breve.