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#nimileuristas

No sin mi iPhone

Parados o con escasos ingresos no prescinden de sus aparatos de última generación

Sirven para buscar trabajo, formarse o mantenerse en contacto

Manuel Sánchez-Blanco, Encarna Galván Gómez y Pablo González Moreno con sus smartphones. / LUIS SEVILLANO

“No, no renuncio a mi iPhone”, afirma Pablo González Moreno. “Me tiene informado al momento de posibles oportunidades y castings en tiempo”, explica este actor y diseñador de 27 años. Mil euros son una frontera demasiado lejana, un horizonte inalcanzable como sueldo, pero esto no evita que se lleve en el bolsillo un aparato que equivale al salario de un mes. La tableta de Apple se ha convertido en una herramienta para unir ocio y trabajo, en caso de tenerlo. Solo en el último trimestre de 2011, Apple vendió 15 millones de iPads y 37 millones de iPhones. En Internet no faltan las comparaciones ante tan magna cifra: “Apple vende más iPhone que personas nacen al día en el mundo”. Un total de 402.000 teléfonos con la manzana frente a 300.000 nuevos habitantes del planeta. En total, la suma alcanza 180 millones de iPhone distribuidos por el mundo y 60 millones de iPads.

Con estas cifras, es lógico pensar que estos aparatos se hayan democratizado, que estén al alcance de todos, a pesar de su elevado precio. La tableta de Steve Jobs va desde 399 a 849 euros, según el modelo. En el caso del móvil, el precio oscila entre 499 y 799. No parece una oferta ajustada a las circunstancias, pero siempre hay recovecos para conseguirlos con un sensible descuento. Normalmente, el acceso al iPhone se hacía con una estrategia de negociación con la operadora. Existen auténticos expertos populares en la materia. Los que saben en qué momento es mejor pedir un cambio de compañía o renegociar el contrato de permanencia.

“Me tiene informado al momento de las oportunidades”, dice un actor y diseñador

Así es como González Moreno se hizo con su preciado móvil, al que no renuncia. Su último vicio es la descarga de aplicaciones. Ya ha llenado ocho pantallas, pero tiene una preferida: Sizer, para tomar medidas de casi cualquier cosa.

Según el Observatorio Nacional de Telecomunicaciones y la Sociedad de la Información, 16,6 millones de españoles se conectaron a Internet a diario durante 2011. Los más activos tienen entre 16 y 24 años. Los siguientes entre 24 y 34. En el estudio se observa que es el vínculo de comunicación preferido tanto por desempleados como estudiantes y trabajadores.

16,6 millones de españoles se contectan a Internet a diario

David de Ugarte, socio del Grupo Cooperativo de las Indias, lo define con rotundidad: “El smartphone es la casa de esta generación. El móvil, primero, y el Internet móvil, después, independizaron la libertad y la intimidad que Internet nos aporta del hecho de tener un espacio, una casa propia. Por eso es irrenunciable”.

Este analista pone el foco en el precio de la conexión, más que en el aparato en sí: “En la segunda mitad de los noventa Internet era escaso y carísimo. Entonces la precarización de los jóvenes estaba ya muy avanzada y, sin embargo, los que estábamos dentro de Internet preferíamos reducir gastos básicos a perder la conexión. El fondo es el mismo que hizo que los países mediterráneos —con fuertes burbujas inmobiliarias— llegaran antes a la universalización del móvil que a la de Internet, mientras que en Alemania o Estados Unidos ocurría lo contrario”.

“Tienen que ofrecer
la imagen de que están a
la última”, dice un experto

Al margen de la apariencia cool, de darse un lujo, o mantenerse al día, hay una marcada tendencia de mercado. Estos pequeños dispositivos móviles están relegando al ordenador personal a la oficina. Un reciente estudio de IDC lo corrobora: las ventas de PC cayeron un 25% en el cuarto trimestre de 2011. El total fue de un 34%. La consultora vaticina un descalabro de este sector en 2012, con una caída de un 17%. Durante el último tramo de 2011, las tabletas crecieron un 113%, los lectores de libros electrónicos un 37% y los teléfonos inteligentes un 24%.

Es decir, por un precio similar, se prefiere un aparato menos potente, casi siempre sin teclado. Lo que queda claro es que no se está dispuesto a vivir sin conexión constante a la Red. A pesar de la fiebre por los productos de Apple, no todos quieren un iPhone. También hay quien se decanta por el sistema Android, de alta gama.

“Quedo más con los amigos
que tienen WhatsApp”,
confiesa una joven

Para Manuel Sánchez-Blanco (Pontevedra, 1979), ingeniero de Minas y emprendedor, los inventos de Steve Jobs son demasiado elitistas. No se desprende de su Samsung Galaxy Nexus, el más avanzado de los móviles con el sistema operativo de Google. Sánchez-Blanco compagina trabajos esporádicos con la búsqueda de inversores para su empresa de energías renovables. Subraya que su decisión está más que meditada: “No quiero un iPhone para nada. Mi apuesta es por un mundo más abierto y compatible”.

Víctor Sampedro, catedrático de Opinión Pública de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, no encuentra motivos de sorpresa. Lo compara con el comentario generalizado cuando hace unos años se encontraba a inmigrantes con móviles: “Es el único modo de estar localizado para enterarte de dónde hay libre un piso o un puesto laboral, que es a lo que han venido, y a no perder a la familia. Quedar desconectado es privarse de la posibilidad de no conectar nunca con la sociedad de acogida”.

En ese mismo sentido, considera que los nimileuristas tienen móviles por varios motivos: “Necesitan decirle a todo el mundo que necesitan encontrar algo mejor que el trabajo basura o salir del paro, y que cuando llegue esa hipotética oferta pueda demostrar que no es ningún colgado, que contesta a las llamadas, mensajes, correos electrónicos y que tienen, gracias a su conexión, posibilidad de ser explotados laboralmente más horas al día con sus propios medios digitales. Además, tienen que ofrecer la imagen de que están a la última, al día”.

Sampedro considera que es una forma de evidenciar un estatus más allá de lo laboral: “Son marcadores también de tu valor social, algo que debiera corresponderse con un salario digno, una vida afectiva plena. Son nuestros instrumentos de hacer y querer. Los llevamos encima diciendo: ‘Esto somos nosotros’, ‘esto podemos llegar a ser’. Obviamente, cuando llevas una rutina de flujos de comunicación, es muy difícil prescindir de ello: pierdes lo que hasta entonces tenías”.

Encarna Galván Gómez (Jerez, 1978) estudió Periodismo y trabajó como gestora cultural en una pedanía de su ciudad natal. El trabajo de su marido le ha traído a Madrid, sin empleo y cansada de echar currículos, se ha apuntado a clases para perfeccionar su inglés y obtener un título oficial de Cambridge. Es el prototipo de conectada eterna. Tanto para clases como para buscar trabajo se sirve de iPhone e iPad. Una aplicación que destaca por encima del resto: WhatsApp. “Quedo y me veo más con los amigos que tengo en este servicio que con el resto”, expone. Algo propio de quien vive con un presupuesto ajustado.

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Corresponsal de EL PAÍS en Silicon Valley

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