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“Fue una barbaridad pretender matarlo”

Joseba Urrusolo Sistiaga y otros cinco presos de ETA explican a EL PAÍS los talleres de convivencia en los que han participado dentro de la cárcel alavesa de Nanclares de Oca

Kepa Pikabea, en la cárcel de Nanclares. Ampliar foto
Kepa Pikabea, en la cárcel de Nanclares.

Los reclusos disidentes de la banda recluidos en Nanclares de Oca (Álava), ahora trasladados a la nueva y cercana cárcel de Zaballa, y algunos en Basauri (Bizkaia) y Martutene (Gipuzkoa), son solo una veintena entre los más de 500 presos de la banda. Pero han hecho autocrítica —a la vez que una crítica hacia los excesos del Estado—, cumplido con las exigencias de la ley y, aunque se saben minoría, quieren participar en el proceso del final de la violencia.

Una decena, entre ellos participaron en octubre y noviembre de 2011 en una serie de talleres de debate dentro de la prisión con víctimas, profesores, políticos y periodistas para hablar sobre la violencia, las víctimas y la paz en Euskadi. Fueron los internos quienes solicitaron los talleres, y la anterior secretaría general de Instituciones Penitenciarias, dirigida por Mercedes Gallizo, los organizó con la colaboración de la oficina de víctimas del Gobierno vasco.

Joseba Urrusolo Sistiaga ampliar foto
Joseba Urrusolo Sistiaga

Un grupo de estos reclusos, autodenominados Presos Comprometidos con el Irreversible Proceso de Paz, casi todos en prisión desde los años 90 por condenas de decenas o centenares de años por asesinato o pertenencia a banda armada, accedieron a contestar, colectivamente, un cuestionario —centrado en los talleres— enviado por este diario.

Carmen Gisasola. ampliar foto
Carmen Gisasola.

Joseba Urrusolo Sistiaga, Carmen Gisasola, Kepa Pikabea, Andoni Alza, Ibon Etxezarreta y Rafael Caride, en nombre de todo el grupo, hablan de su necesidad de participar en debates y de lo que supuso reunirse con víctimas de ETA. Ante el periodista Gorka Landaburu, que sobrevivió a un atentado que le dejó mutilado de por vida, aseguran que se alegraron de que siguiera vivo, “que fue una barbaridad querer matarlo”.

Pregunta. ¿En qué consisten los talleres?

Rafael Caride. ampliar foto
Rafael Caride.

Respuesta. Son charlas-debate en torno a cómo afrontar una nueva convivencia basada en la reflexión crítica del pasado, la superación de las heridas tanto personales como sociales y nuestra aportación en este sentido.

P. ¿Por qué querían hacerlos?

Andoni Alza.
Andoni Alza.

R. Es evidente que la organización en la que nosotros militábamos ha sido responsable de una parte importante del sufrimiento vivido por muchas familias en todos estos años. Asumiendo esta responsabilidad, veíamos necesario tender puentes y crear espacios de encuentro que ayudaran, en lo posible, a cerrar las heridas, y aportaran algo a favor de una convivencia en paz y normalizada para que nunca más se vuelvan a vivir situaciones tan dramáticas y dolorosas. Nos parecía fundamental el contacto con personas de sectores y sensibilidades diferentes hablándonos, escuchándonos y rompiendo así el diálogo de sordos que ha existido en nuestro país durante tantos años.

P. ¿Qué tipo de cuestiones han abordado?

R. Lo que queda por hacer para recuperar una convivencia normalizada. Hemos analizado los procesos de memoria, verdad y reconciliación en otros países, las bases éticas para la construcción de la nueva convivencia, la realidad de las víctimas a través de sus propios sentimientos.

P. ¿Cómo fue la reunión con víctimas del terrorismo?

R. Fueron dos los encuentros, y resultaron especialmente intensos, positivos y constructivos. Le damos importancia al hecho de que participaran en el taller. Hemos podido escuchar sus miedos y dudas sobre que se quiera hacer un borrón y cuenta nueva, pasar página como si aquí no hubiera pasado nada, y lo entendemos. Creemos que el nuevo período que se abre en nuestro país con el fin de ETA debe construirse desde el reconocimiento del conjunto de la sociedad vasca de todas las víctimas de tantos años de violencia.

P. ¿Qué sintieron al tener a estas personas enfrente?

R. En el primer encuentro participaron los hijos de dos personas muertas en atentados [Jaime Arrese e Iñaki García Arrizabalaga]. Ver que estábamos en la misma sala y un grupo de presos hablando con ellos, escuchando cómo lo vivieron —no solo el atentado que costó la vida a sus padres, sino además la falta de solidaridad en su entorno, la reacción de la gente que encima dejaba de saludarles y añadían aún más dolor— hace que uno cuestione aún más no solo la utilización de la lucha armada, sino también la mentalidad que la rodeaba.

P. ¿Y en la segunda reunión?

R. Participó una víctima directa de ETA [Gorka Landaburu], que resultó gravemente herido, mutilado para toda su vida. Sientes que te alegras de que siga vivo, que fue una barbaridad pretender matarlo. Compartes en serio esos sentimientos, te emocionas estrechándole la mano. No puedes reparar el daño causado, no puedes volver atrás, pero a nivel humano sientes que estás aportando lo que puedes. Eso es lo que sientes.

P. ¿Los talleres han generado debates posteriores?

R. Claro. Hemos seguido dándole vueltas a los temas que se planteaban y cómo llevarlos a la práctica, cómo dar pasos concretos, cómo plantear una revisión crítica del pasado que vaya más allá de lo personal.

P. ¿A qué conclusiones han llegado?

R. La principal es que tenemos que seguir con este tipo de encuentros porque el contacto directo ayuda a afrontar de manera positiva estos temas cuando se tiene voluntad para ello. En nuestro país, la existencia de la violencia ha hecho que viviéramos en mundos estancos, llenos de prejuicios e ideas preestablecidas sobre lo que representaba “el otro”. El fin de la violencia tiene que traer consigo, entre otras cosas, un cambio de mentalidad. También pensamos que encuentros de estos, en los pueblos y en otros foros de reflexión, facilitarían superar muchos obstáculos para la convivencia.

P. ¿Qué pueden aportar estos talleres a la convivencia?

R. Aportan mucho en el terreno de lo concreto. Es como bajar a la realidad e ir más allá de las declaraciones o escritos. Nosotros queremos aportar nuestras reflexiones y testimonios porque pensamos que, desde nuestra propia experiencia, en primera persona y como grupo, nuestras reflexiones críticas de las decisiones que tomamos y de los procesos que las acompañaron ayudan a cuestionar la mentalidad con la que los objetivos políticos se ponen por encima de la dignidad de las personas.

P. El colectivo oficial de presos de ETA es absolutamente reacio a hacer autocrítica y a permitir en sus filas gestos hacia las víctimas. ¿Hay alguna posibilidad de que esta experiencia se extienda a otras prisiones?

R. Hay otros muchos presos que también participarían en este tipo de charlas-debate si se plantearan de forma adecuada. En Irlanda ya lo hacían; también salían de permiso para participar en actividades a favor del proceso de paz. Antes de empezar con los talleres, una de las primeras visitas que tuvimos fue la de Rafa Larreina, ahora diputado de Amaiur por EA, cuando EA aún no formaba parte de Bildu-Amaiur. Nos contó su experiencia de las reuniones con víctimas cuando formaba parte del Gobierno vasco. Nos hizo ver que el diálogo directo era posible. Compartimos con él la importancia de los pasos que estábamos dando y nos animó a seguir. Le comentamos lo importante que sería que él mismo fuera a hablar con presos en otras cárceles. Estaba de acuerdo. El problema es que el tema de los presos sigue bloqueado, y no solo por parte del Gobierno. Bastaría con que en la izquierda abertzale se tomara la decisión de desbloquearlo, como han hecho para legalizarse como grupo político. Con sensatez, como corresponde al momento que vivimos. Sin retrasar más los pasos a dar.

P. Muchas víctimas no creen que la autocrítica sea sincera. La ven como algo instrumental para acceder a beneficios penitenciarios. ¿Qué les dirían?

R. Entendemos que puedan existir este tipo de recelos, pero les diríamos que en nuestro caso llevamos muchos años de crítica, autocrítica y cuestionando a nivel interno todos estos temas. Han sido años de discusiones y problemas constantes con un coste personal y para nuestro entorno familiar que no es fácil de llevar. Nos podíamos haber limitado a dejarlo, a distanciarnos discretamente y buscar nuestra salida personal dentro de las posibilidades que se establecen en la ley. Esta es la opción que hubieran querido que tomáramos los que hablan en nombre de los presos. Pero no lo hemos hecho porque pensamos que nuestra responsabilidad nos lleva al compromiso de aportar lo que podamos en este sentido. Esta es una de las conclusiones que han podido sacar los que han venido a participar en los encuentros del taller.

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