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El PP destila euforia tras lanzar la dimisión de Camps contra Rubalcaba

Rajoy calla mientras su equipo pide la dimisión del candidato del PSOE por Faisán

González Pons, Tomé y Floriano, durante la presentación de una página web.
González Pons, Tomé y Floriano, durante la presentación de una página web. EFE

Durante dos años, cuatro meses y un día, los que pasaron desde que EL PAÍS avanzó que la fiscalía implicaba a Francisco Camps en el caso Gürtel hasta que dimitió, el PP ha ido acumulando mucha presión interna. Cuando más tiempo pasaba, más evidente era el escándalo, más declaraciones absurdas protagonizaba Camps, menos comprensible se hacía para buena parte del PP que Rajoy no hiciera nada. Esa olla a presión se destapó el miércoles, cuando Camps dimitió, y después del enorme alivio, quedó la euforia.

Todo el PP, pero en especial la dirección que arropa a Mariano Rajoy, destilaba ayer una indisimulable euforia. Había división entre los veteranos sobre la forma de gestionar la crisis del líder, algunos se avergonzaban de que hubiera llegado hasta el extremo de aceptar mantener al primer presidente autonómico con antecedentes penales de la historia —esa era la consecuencia de declararse culpable— pero la política es un juego de resultados, y todos insistían en que el resultado es inmejorable.

La mayoría de los dirigentes insisten en que el caso Gürtel y la corrupción no tienen consecuencias electorales, como se vio el 22 de mayo. Pero sí creen que Camps era una piedra en el zapato que dificultaba la estrategia de Rajoy de hablar solo de economía y le daba una baza al PSOE para atacar la debilidad del líder a la hora de tomar decisiones. Muerto el perro, se acabó la rabia; así que el PP está convencido de que el camino de Rajoy hacia La Moncloa ha quedado despejado.

El jefe de la oposición, por su parte, mantiene su estrategia ocultista. Sigue huyendo de la prensa. Ayer llegó al extremo de no acudir al Congreso a votar nada menos que la mayor reforma de las pensiones de los últimos 25 años para no cruzarse con las cámaras. La semana pasada se perdió otra votación importante, el techo de gasto y la ley de víctimas del terrorismo. La palabra “ausente” cada vez se repite más en el listado de votaciones de Rajoy.

Su afán por esquivar a los periodistas no implica que no esté encima del caso Camps. Ha seguido la evolución al minuto y habló con el presidente valenciano varias veces, aunque nunca le pidió que se fuera. Y desde que dimitió, ha diseñado una estrategia para aprovechar esa buena noticia.

La dirección del PP puso en marcha ayer mismo, por todos los canales, ese plan que implica lanzar el cadáver político de Camps contra el candidato del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba. Rajoy evita el choque con él, pero su equipo está concentrado en atacar todos los flancos posibles del que era, hasta que lo dejó, el ministro mejor valorado del Gobierno. Esteban González Pons tiró con artillería pesada: “Rubalcaba debería darle una chupadita al bote de la medicina que ayer tomó Camps”. Y Soraya Sáenz de Santamaría remató: “Si Camps ha tomado esta decisión por tres supuestos trajes, yo espero que Rubalcaba y [Antonio] Camacho [nuevo ministro del Interior] actúen en consecuencia por colaboración con banda armada”. Desde el PSOE contestaron inmediatamente que ni Rubalcaba ni Camacho están imputados en el caso Faisán, mientras Camps estaba procesado por cohecho.

González Pons tiró por extensión, y pidió la dimisión de José Antonio Griñán, el presidente andaluz, por el caso de los ERE, en el que tampoco está imputado. González Pons, Sáenz de Santamaría y Javier Arenas salieron a alabar el gesto de Camps y a insistir en su inocencia. Arenas y González Pons llegaron a decir que podrá volver a la política si es declarado inocente. Fuentes del PP explican que Rajoy podría ofrecerle algún puesto simbólico, pero en ningún caso volvería a la Generalitat ni tendría un cargo importante en un futuro Gobierno.

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