Política

El 19-J invade las calles de España

Más de 200.000 personas se manifiestan en las principales ciudades del país contra el Pacto del Euro, los recortes sociales y la corrupción política. La multitud invade las calles de Madrid, Barcelona y Valencia en un ambiente pacífico, festivo y perfectamente organizado

Miles de manifestantes en el paseo de la Castellana / SANTI BURGOS

Sin tiempo para recuperarse de la resaca del 19-J, los indignados de Valencia ya han salido rumbo a Madrid en la que han bautizado como "marcha popular indignada". Ha partido pasados cinco minutos de las nueve de la mañana. Tiene previsto completar en 34 días más de 500 kilómetros para visitar 29 poblaciones, en las que explicarán el movimiento y celebrarán asambleas para recoger las demandas de la población.El 23 de julio, en la capital, participarán en un "gran encuentro con otras marchas a nivel estatal" y expondrán las demandas que hayan surgido en las visitas a las distintas poblaciones.

Y el 19-J superó al 15-M. El movimiento de los indignados, que empezó como una reacción espontánea ante “las injusticias” del sistema socioeconómico imperante hace algo más de un mes; que siguió siendo un campamento-protesta; y que terminó diversificado en asambleas de barrio y alimentado en las redes sociales, volvió a demostrar ayer su vitalidad y, sobre todo, su gran capacidad para canalizar los sentimientos de hartazgo, desencanto, frustración e incomprensión de una parte importante de la población española.

Por lo que ocurrió en las principales ciudades de todo el país, donde se concentraron en sucesivas manifestaciones, más de 200.000 personas (entre 37.000 y 42.000 en Madrid, según el cálculo realizado para EFE por la empresa Lynce; en Barcelona 98.000, según las estimaciones de este diario, 75.000 según el Ayuntamiento y 50.000 según los Mossos; 25.000 en Valencia, 16.000 en Galicia, según los primeros datos de la policía local; 15.000 en Palma; 5.000 en Sevilla; 30.000 en Canarias...), parece que la gente ha entendido perfectamente que los incidentes violentos ocurridos en los días pasados junto al Parlamento catalán no tienen nada que ver con el movimiento 15-M, que había llamado a la movilización de los indignados de todo el país y que cobró un especial protagonismo en Barcelona por aquellos antecedentes y el multitudinario seguimiento de la protesta.

"En caso de ver a un violento, hay que intentar dialogar y, si no nos hace caso, nos sentamos pacíficamente en el suelo y le señalamos"

En las movilizaciones de Barcelona, las agresiones e insultos a los diputados catalanes desaparecieron del imaginario colectivo, tras un recorrido festivo en el que no se produjo ningún incidente. El movimiento había pedido a los violentos que no se presentasen a la cita. Y así ocurrió. El servicio de orden interno mantuvo un control estricto a lo largo de la manifestación, informa Jesús García. El único incidente de la manifestación se produjo cuando dos agentes de los Mossos d’Esquadra de paisano fueron descubiertos. Algunas personas les increparon, pero los responsables de seguridad del colectivo les pararon los pies y los policías se fueron del lugar hacia sus furgones.

Si alguien tenía dudas de cómo iba a responder el movimiento tras levantar los campamentos hace una semana, se disiparon. Riadas de personas recorrieron las calles de las ciudades y tomaron sus plazas en un masivo gesto de reafirmación de ese espíritu de combate pacífico que viene caracterizando a los bautizados como quincemayistas por el escritor José Luis Sampedro, convertido en uno de los teóricos del movimiento tras prologar el libro ¡Indignaos!, de Stéphane Hessel. El 15-M volvió a demostrar ayer que difícilmente “el sistema” puede seguir mirando hacia otro lado ante tanto insatisfecho, tanto parado (joven y viejo), ante tales dosis de hartazgo y decepción... Todo ese gigantesco sentimiento colectivo de indignación, simbolizado y proyectado al mundo desde una acampada de un mes en la Puerta del Sol, ha logrado poner en jaque a quienes mueven los hilos politicos y financieros del país y, con su sola pero ostensible presencia, les está obligando a replantearse métodos y fundamentos.

Esta misma semana los indignados ya estaban hasta en la Junta de accionistas del Banco de Santander cantándole las cuarenta a su presidente, Emilio Botín, en una muestra más de lo complicado que empieza a ser para el sistema no contar con ellos.

En Madrid, columnas humanas perfectamente organizadas y sincronizadas partieron de todos los rincones de la capital, epicentro del movimiento desde sus inicios, para confluir en el corazón de la democracia representativa, las Cortes. El grito de llegada a las inmediaciones del Congreso de los Diputados se ha convertido en otro símbolo: “¡Que no, que no, que no nos representan!”.

Muchas de las pancartas manifestaban el rechazo al llamado Pacto del Euro

Con una plusmarca nacional de casi cinco millones de parados, los indignados parecen estar o venir de todas partes, dispuestos a dinamitar pacíficamente (también usando los códigos de la sociedad de mercado) cualquier acción o reforma destinada a preservar el actual estado de cosas, ya sea en el ámbito laboral, educativo, ecológico o económico.

Precisamente ayer muchas de las pancartas manifestaban el rechazo al llamado Pacto del Euro, que se presenta desde Bruselas como una receta para paliar la crisis y fomentar la competitividad, y que propone más contención del gasto público (en prestaciones sociales y pensiones) y moderación salarial, además de una mayor flexibilidad laboral. Todo un paquete de medidas que los indignados traducen como “más recortes sociales y laborales”, señalaba Álvaro, estudiante y uno de los portadores de esa pancarta en Madrid.

Si algo ha demostrado el 15-M, más allá del perroflautismo, de la inoportuna y siempre excesiva violencia de unos pocos (manifestantes y policias) y de la resistencia campal de otros que se niegan a irse de la plaza, es que son muchos, como Amalia, una jubilada que ayer se refugiaba a la sombra de los árboles del paseo del Prado durante la la concentración, los que siguen dispuestos a decir que “ya está bien”.

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